Elogio a las personas sencillas



Ellas son capaces de hacernos sentir que la vida merece la pena vivirla y compartirla. Van de su casa a la tuya para acercarte los frutos que con paciencia, tesón y conocimientos de toda la vida, han cultivado con esmero y de manera ejemplar. A diario, esas personas nos dan muestras de cómo vivir la vida y hacerla. Salen muy de tarde en tarde en los medios de comunicación, para desgracia de la sociedad, de los propios medios de información y de los periodistas. Los tenemos tan cerca que hay demasiada gente a un lado y a otro de las pantallas del televisor, de las ondas radiofónicas, o de las prensas de los diarios, que no reparan en su día a día. Ellos y ellas, hombres y mujeres de varias generaciones, nos muestran el camino cotidiano. Se levantan y echan a andar en sus rutinas cotidianas. Donde antes habían campos casi desérticos, abandonados, esas personas han removido tierras, han cultivado siguiendo patrones de hace siglos, y hoy en día hay frutos de primera calidad que poner a la venta y cocinar en cualquier casa. 

Son capaces de acordarse de otras personas que están pasando dificultades en este tiempo, y de acercarse a las viviendas de esas familias para llevarles los frutos que han cultivado. Cebollas, patatas, tomates, coliflores o berenjenas que dan alegría nada más verlos. Frutas y verduras cuyos colores, olores y cuerpos transmiten frescura y riqueza. 
Esos seres humanos no se han olvidado de aquellos que en otra época les brindaron su generosa ayuda. Supieron escuchar en el camino del vivir, y aplican con magisterio ese lema que el filósofo Julián Marías acuñó con esta frase para referirse al amor: la capacidad de dar y recibir. Cuando el pensador español la acuñó, después de mucho pensar sobre esa realidad y, sobre todo, de vivirla, evidentemente estaba pensando en personas como esas a las que hoy nos referimos en este artículo.

Son hombres y mujeres que merecen nuestra atención porque son fuente de sabiduría para la vida. Ellos enaltecen con su ejemplo diario realidades humanas tan decisivas como son la pareja, la amistad, la familia o el vecindario. Ellos sí que son capaces de hacer ciudad, provincia, región, país, continente o mundo. Frente a quienes en los últimos años salen en los medios de comunicación precisamente por carecer de valores ejemplares, por haber hecho de la corrupción y la injusticia sus modus vivendi; estas personas sí que hacen barrio en el que poder vivir, economía sostenible de la que poder vivir, o una naturaleza mimada como merece cualquier campo, cordillera, río o mar. 


La naturaleza bien cuidada, ya sea un bosque, una playa o un río rodeado de montañas, nos transmite vitalidad y vida. Vitalidad porque su hermosura, su vida, su grandiosidad, se nos cuela por nuestros sentidos. Sencillamente, solo hemos dejarnos llevar por esos mensajes que nos transmite. Tener los poros de la piel abiertos, las emociones de los sentimientos dispuestas a expandirse, la mente despejada. Vida porque cualquier persona de cualquier generación que observe uno de esos paisajes o camine por ellos, sentirá dentro de su alma y de su cuerpo como ella se libera de los cansancios y de las preocupaciones que haya acumulado. La naturaleza como fuente de vida que es, también nos auxilia en nuestra cura psicosomática. Si en un artículo reciente, ya hablábamos de la atención que Aristóteles le prestó en su momento, ahora insistimos en ellos y lanzamos un mensaje a los doctores y a los equipos especializados en estas cuestiones, porque sinceramente creemos en el poder curativo que un paisaje hermoso atesora. Pintores de enorme relevancia les han dedicado su mirada y su pincel a lo largo de la historia de la humanidad. Mientras os escribo se me vienen a la memoria, los Goya, Van Gogh, Gaugin, ... A cada uno de vosotros se os vendrán otros. 

Cuando un escritor, una pintora, un ingeniero, o una agricultora, detienen siglo tras siglo, sus pupilas, sus atenciones, sus sentimientos, sobre esas realidades, es que no solamente son dignas de atención sino que además son fuente inagotable de inspiración y cuidado. Por eso ahora que pronto pondré punto y final a este escrito, os propongo que dediquemos a diario un ratito, esos diez minutos que Ortega decía que habíamos dedicar a pensar para vivir, a que lancemos nuestra visión hacia las personas que merecen la pena y los asuntos decisivos de la vida. Aunque hayan deportistas ejemplares dignos de ser admirados, también hay abuelos y abuelas que dedicaron sus vidas a sacar sus existencias y la de sus familias adelante. Y ellos y ellas tienen que ser faros de vida. 

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