La magia de la sonrisa


Eso es lo que se siente cuando ves a la gente saborear un rato del día. Se detiene uno a mirar los gestos de la cara y los movimientos corporales de las personas con el propósito de interpretar qué está pasando en sus vidas. De pronto, un hombre jubilado llega a la altura de uno de los puntos limítrofes de la playa, y se siente gozoso porque ha alcanzado el objetivo que se había propuesto: caminar hasta ese lugar y decir lo he conseguido. ¿Cuántos avatares habrá vivido ese hombre a lo largo de su vida, y ahora, después del esfuerzo cotidiano de años y décadas, goza de ese paseo? Es su reto posiblemente cotidiano, pero también esa fuente mágica que le impulsa a sentir que algo maravilloso le ocurre cada veinticuatro horas: sigue vivo y con la ilusión de caminar por un lugar que le reporta salud física y mental, y el goce de estar en pleno punto de encuentro entre el ecosistema urbano y la naturaleza. Dice Julián Marías, el filósofo que contempla las zonas fronterizas como puntos de encuentro, de intercambio humano, que la belleza de las fronteras es que permiten precisamente los injertos entre las personas y los pueblos. En ellas, la gente intercambia sus puntos de vista sobre cualquier asunto humano. Cuando escuchábamos a Marías hablar sobre Europa, sobre Occidente, desde su realidad española e iberoamericana, sus puntos álgidos los marcaba hablando, pensando y sintiendo en voz alta. Pero también a través de sus momentos de pausa, unos segundos de silencio para hacernos constar que algo importante nos estaba presentando, que en ello teníamos que detener la atención y seguir mirando, preguntándonos, intercambiando puntos de vista.
Sigo mirando alrededor, y observo a personas en pareja jugando a las palas. Desde matrimonios a dúos de padre e hijo. Parece que me he puesto las lentes del maestro Sorolla esta tarde. ¡Cómo es el mundo! A escasos metros de la Casa Museo Sorolla en Madrid, y eso que las distancias en la urbe madrileña suelen ser kilométricas, en la acera de enfrente, la Fundación Ortega Marañón. La Filosofía y la Medicina para la persona y desde las personas, al servicio de sus estudiantes, de sus equipos de investigación, de edición, de sus tertulianos. La Filosofía y la Medicina al servicio de la ciudadanía. Por eso, cuando una tarde buscando ser noche, me conecté a la web del diario palmero –de la Isla de Santa Cruz de La Palma- Elapuron.com, y visualicé una noticia de su margen izquierdo en la que el Movimiento 15 M de esta isla solicitaba a su alcaldesa que cumpla con el requerimiento de no conceder la licencia a la empresa de producción de asfalto hasta que no se pronuncie el tribunal competente, pensé que una parte cada vez más significativa de la ciudadanía está ojo avizor. Esos hombres y esas mujeres de varias generaciones están pendiente de lo que ocurre a su alrededor y les puede influir de manera decisiva en su devenir diario de hoy y del mañana (a largo plazo). Entonces, me pregunto lanzando mi mirada como hicieron los miembros de la Generación del 98, ¿qué de positivo tiene lo que estamos viviendo? A diferencia de lo que aquellos hombres y mujeres visualizaron entonces, seguimos la senda de Ortega y Marañón (pertenecientes a la generación de 1914), de Marías (miembro de la generación de 1944), entre otros, en el sentido de destacar lo positivo que hay a nuestra alrededor. Eso no nos impide como sabéis reconocer la parte negativa, los errores; o lo que es peor, la malicia. La diferencia de sacar a la luz las equivocaciones tiene un sentido: mostrarlas para reconocerlas y que se rectifique por aquellos sujetos o aquellas instituciones a quienes les competa. Ya se sabe que a todo error le tiene que suceder un acierto. Y, en el caso de las malicias o de las corrupciones, para denunciarlas y que se tomen las medidas competentes y oportunas para erradicarlas.
Ya sabemos la mayoría lo que ocurrió el pasado viernes 20 con la prima de riesgo española e italiana. Ya percibimos las primeras impresiones de diferentes medios y analistas, cada uno con su particular punto de vista y con su toma de posición. Ahora bien, desde hace años me llama la atención un fenómeno que denominé con la figura del periodista altavoz. Fue a raíz de un pequeño trabajo de investigación de corte ensayístico –su estilo- para la materia de Estructura de la información, que nos impartía en cuarto de carrera la inteligente y sensible Dra. María Antonio Iglesias. Una persona dotada de una humanidad extraordinaria. En aquel trabajo universitario percibí una realidad que desde los años noventa del pasado siglo se ha venido expandiendo hasta enquitarse. La mayoría de los profesionales y medios de comunicación han optado por hacer de la cobertura de las ruedas de prensa o de actos análogos un vehículo para transmitir supuesta información. Y, ¿por qué empleo esa expresión: supuesta información? Nuevamente la realidad nos ha mostrado a lo largo de los últimos veinte años a los que estamos haciendo referencia, que ya sea en el ámbito político, sindical, empresarial, cultural, deportivo, etc., lo que realmente se ha estado transmitiendo han sido posicionamientos individuales o de grupos de interés determinados. Eso ayuda a entender de un tiempo a esta parte fenómenos personales, grupales y sociales como el 15 M en España, la Ocupación Pacífica de Wall Street en Estados Unidos, las respuestas sociales en Grecia ante la situación socioeconómica y política, las movilizaciones ciudadanas en Rusia frente al régimen establecido, …
El mundo político, desde finales de los años setenta, comenzó a quebrarse su valor e importancia a raíz de cierto binomio a ambos lados del Océano Atlántico occidental, como consecuencia de que valores decisivos como la libertad, la coherencia, el respeto mutuo, la honradez y los proyectos sociales o estatales, se dejaron a un lado por esos gabinetes ejecutivos. Y a ellos poco a poco le siguieron el resto de cúpulas gobernantes en la mayoría de las sociedades occidentales en los años y en las décadas posteriores. Pero como nos muestran fuentes solventes, contaron con el apoyo desde tribunas periodísticas hasta cátedras universitarias. Desde entramados sindicales a equipos burocráticos. Desde Papás y Mamás que siguieron ese estilo de vida hasta niños y niñas de papá y mamá que querían tener el último modelo de coche como el del vecino, o no sé cuantos vestidos en el armario como Srta. Pepi.
En su nuevo artículo, Ortega Klein termina con esta doble pregunta que usted puede leer. Evidentemente las palabras del politólogo español están cargadas de profundo sentido. Ahora bien, siguiendo a otro Ortega, su abuelo, el filósofo, hemos de contestar a Ortega Klein con otra serie de preguntas. ¿Podemos fiarnos de la troika Berlín, Bruselas y Frankfurt? Parece que son las recetas que dictan desde este trío las únicas capaces de arreglar el problema español, europeo y mundial. Perdonen sus señorías berlinesas, bruselenses y frankfurtianas, pero para fiarse de algo y, sobre todo, de alguien, es necesario que haya coherencia y honestidad en sus actitudes, comportamientos y proyectos. ¿Son coherentes los proyectos que esa troika nos presenta y exige? Realmente, ¿queremos vivir como esa troika nos quiere obligar? Coincidimos y coincidiremos con Ortega Klein en que esto se arregla paso a paso con más Europa y más Occidente. Ahora bien, no con cualquier Europa ni cualquier Occidente. Como bien conoce Ortega Klein por sus competencias profesionales españolas y europeas, en junio de 2010, cuando la Presidencia Española de la UE llegaba a su fin, e iba a ceder el testigo, se celebraba un Consejo de Europa. Lo presidió el Presidente del Consejo, Van Rompuy. Éste, al iniciar aquel Consejo, con gran ceremonial inició el acto tocando una pequeña campana metálica. Aquel día, después de tocar la campana, Van Rompuy dijo literalmente: la crisis en Europa ya ha terminado. Hoy no hay crisis en Europa.
Queridos lectores y lectoras, dos años y un mes después, ya vemos cómo va la crisis en Europa. Convendrán conmigo que el Sr. Van Rompuy desde luego para profeta no alcanza, tampoco es su rol. Ahora bien, dada su alta misión diplomática, política, burocrática y social, de la mano de otro colega suyo, el presidente de la Comisión, el portugués Durao Barroso, sí tienen la obligación profesional, legal, ética y moral de estar bien informados. A la luz de aquellas palabras, las preguntas son obvias, ¿lo estaban, lo están, lo estarán? Van Rompuy como Barroso, Catherine Asthon, Mario Draghi, Christine Lagardé, cuentan o debieran contar con equipos de supuestos excelentes profesionales para desarrollar su trabajo. Unos y otros cobran cantidades salariales y extras tremendas. ¿Qué está pasando desde junio de 2010 que la crisis sigue vigente?
Más Europa sí, pero no cualquier Europa. Y menos esa Europa que se dio un Tratado de Lisboa a modo de Constitución, que se comprometió a una agenda, la Agenda 2020, y que sistemáticamente los vienen incumpliendo. ¿Para qué tantas palabras, para qué tantos tratados y una supuesta Constitución, si luego se incumplen? Si las palabras se quedan en papel mojados...
Para ir concluyendo, traemos a colación unas palabras escritas de Julián Marías incluidas en su genial y decisiva obra España inteligible: razón histórica de las Españas (Cap. XVII, págs. 201-203). Son de una actualidad y vigencia extraordinaria. Yo no sé lo que tú, apreciada persona lectora pensarás o sentirás, tras leerlas y escucharlas. Yo no sé qué sentirá tu amigo o tu familiar cuando las compartas, si decides hacerlo, con ellos, pero un servidor tiene claro el camino europeo y occidental a tomar y va en línea con estas palabras de Julián Marías que os reproduzco ahora:
“Demos por supuesto que los hechos negativos imputados a un país sean verídicos. Normalmente, quiero decir cuando no hay esa leyenda, no se sigue de ellos ninguna consecuencia que vaya más allá de esos hechos. La historia de toda Europa –y no digamos de los demás continentes–, lo mismo en la Edad Media que en el Renacimiento o ya entrada la Edad Moderna, está llena de inauditas ferocidades, de ejemplos de opresión, de persecuciones, de crueldad en la administración de la justicia, de consideración como delitos de actos y conductas que en modo algunos nos parecen merecer esa calificación. Las luchas entre las ciudades italianas han sido de espeluznante violencia y encarnizamiento; pero esto no ha empañado nunca la imagen de Italia como un país de altísima cultura, de refinamiento sin par en el arte y en la vida. Las guerras de religión en Francia, que llenan todo el siglo XVI y culminan en la noche de San Bartolomé fueron larguísimas, despiadadas, costaron torrentes de sangre; puede leerse a Blaise de Monluc, cuyos Commentaires son más que suficientes, y eso que no cubren la totalidad de las luchas; y no se olvide la terrible dureza de la justicia durante todo el siglo XVIII[1], el Terror de la Revolución, la insurrección de la Commune y su terrible represión; explosiones todas de tremenda violencia, que no han mancillado el prestigio de Francia, siglo tras siglo, no han impedido que sea considerada como una nación admirable, creadora de una espléndida civilización. Lo mismo podría decirse de Inglaterra, que tiene una de las historias más violentas y crueles desde la Edad Media hasta el siglo XVII, con una cima en el reinado de Enrique VIII, muy difícil de superar; y luego una legislación penal increíblemente dura, hasta muy entrado el siglo XIX, y una historia colonial cuyos méritos no estoy dispuesto a desconocer, pero que ha estado acompañada de elementos negativos, de volumen enorme, y hasta muy cerca de nuestros días. Todo esto es conocido, se toma nota de ello, pero la interpretación histórica se guarda mucho de extender la partida de defunción a la civilización británica; al contrario, ha valido durante mucho tiempo como el gran modelo ofrecido a la imitación de los demás. Y, para terminar con los países que han estado más presentes en la historiografía occidental, Alemania, en cuya historia hay tanta violencia como en las otras, con momentos como las guerras de los aldeanos en tiempos de Lutero, la Guerra de los Treinta Años, los procesos de brujería, hasta fines del siglo XVIII y, en nuestros días, el episodio, casi inimaginable, del nacionalsocialismo. A pesar de lo cual se ha hablado con reverencia –justificada– de la docta Alemania, creadora de lo más valioso de la cultura europea entre 1780 y 1930, y ni siquiera la execración del hitlerismo ha hecho que se pierda el respeto y la estimación a Alemania como tal, que hoy merece y goza de ambas cosas. No ha existido ninguna leyenda negra referida a ninguno de estos países.
La Leyenda Negra consiste en que, partiendo de un punto concreto, que podemos suponer cierto, se extiende la condenación y descalificación a todo el país a lo largo de toda su historia, incluida la futura. En eso consiste la peculiaridad original de la Leyenda Negra. En el caso de España, se inicia a comienzos del siglo XVI, se hace más densa en el siglo XVII, rebrota con mucho ímpetu en el XVIII –será menester preguntarse por qué–, y reverdece con cualquier pretexto, sin prescribirse jamás.
¿Por qué este carácter excepcional, esta extraña unicidad dentro del conjunto de los países europeos? Para que se produzca la Leyenda Negra hace falta que se cumplan de modo coincidente tres condiciones. Primera, que se trata de un país muy importante, que esté de tal modo presente en el horizonte de los demás, que haya que contar con él. Segunda, que exista una secreta admiración, envidiosa y no confesada, por ese país. Tercera, la existencia de una organización (pueden ser varias, que se combinan o se turnan). Si no se dan estas tres condiciones, la Leyenda Negra no prospera: o no llega a iniciarse, o no se consolida, o decae pronto. El ejemplo de Alemania en nuestro siglo es particularmente iluminador.”



[1] Véase el libro de John McManners, Death and the Enlightenment, Clarendon Press, Oxford 1981. 

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