La necesaria ayuda cotidiana



Enjaretar una reflexión escrita lleva su tiempo. A veces, los días literalmente se convierten en meses y años. Por poner dos ejemplos concretos, Gabriel García Márquez comenzó con 18 años a escribir La casa, que más de dos décadas después verá la luz con el eterno título Cien años de soledad. Ortega y Gasset, como recordaba Julián Marías, hizo su vida y obra teniendo que faenar con sus circunstancias y las de su tiempo. Por eso fue habitual en su caminar vital que tuviera que salir como los toreros cuando hacen los quites a sus compañeros de cartel, a dejar una obra que estaba elaborando, para tener que afrontar otra. Así, lo que iba a ser un prólogo para el libro del Conde de Yepes Veinte años de caza mayor, se convertirá en uno de sus ensayos de referencia: La caza y los toros.
Elegir el tema ya es un esfuerzo notable porque supone decantarse por un asunto concreto central y determinar también los que de manera complementaria se van a abordar. Echamos la vista a la vida propia y a la de las personas de alrededor y va el escritor planteándose posibilidades. Cuando se da un paso más, y se mira a la gente, a lo que es el fenómeno social, los horizontes temáticos se amplían. Es entonces cuando lo uno, lo concreto, el hecho de escribir para la vida, se puede diversificar hacia lo múltiple e incluso hasta eso que matemática y socialmente se presenta como lo infinito.
Hemos decidido ya el asunto de escritura tras mirar al interior propio y ajeno (lo interpersonal) y al mundo exterior (lo social). Dadas las circunstancias de nuestro tiempo, se impone decantarse por los problemas de la vida cotidiana. Y comienza una nueva etapa en el viaje de la escritura: ya tenemos una primera escala que alcanzar. Por cierto, una pregunta dado que ya hemos tomado el billete de vuelo, ¿hasta qué punto es real el abaratamiento de los pasajes de avión desde la entrada en el mercado de las denominadas low cost? Ese hacer humano que es la publicidad y el marketing, que como todo lo humano puede ser divino, maravilloso, bueno, regular, malo y hasta peor, incide en captar la atención de cualquier persona con esos precios. Y una cosa son los anuncios de captación y otra la realidad tarifaria cuando se termina de sacar el pasaje. Una especie de caverna platónica en la que hay que distinguir una vez más qué es la realidad, qué son las sombras y qué la oscuridad.
En nuestro tiempo, los cambios de tiempo parecen ser cada día muy significativos. Y no nos estamos refiriendo ahora a los climáticos, que también están siendo notables. Las declaraciones intencionadas desde el principio de determinadas instituciones y personas tienen sus consecuencias sobre miles de millones de hombres y mujeres de cualquier edad, país y continente. Las especulaciones son excesivas desde hace demasiadas décadas y en ellas los periodistas y los medios de comunicación desempeñan un papel decisivo: el de darle bola, negársela o poner en sensata cuarentena la suma de intereses que se difunden a través de los medios de propaganda. Por ello navegar entre las páginas de cualquier periódico, emisora de radio, cadena de televisión y las redes sociales, desde hace años se ha convertido en un puro ejercicio de equilibrismo. Hecho este último del que por cierto es complicadísimo salir airoso y no caer en la trama de intereses creados de unos y otros. Pero no es imposible. Constatar con coherencia, compromiso, honradez y en aras de la veracidad, lo que ellos dicen y difunden, con lo que tú, ella, nosotros o ellos viven en cualquier circunstancia de la vida diaria, nos puede ayudar sensiblemente a distinguir lo real, de lo ilusorio y de la mentira. Para separar las erróneas ilusiones y lo que es aún más grave, la mentira promulgada y fomentada, es indispensable quedarse cada jornada en silencio con uno mismo y, a continuación, practicar esos diez minutos orteguianos de meditación. Apagar los medios de incomunicación y quedarse con el escenario de la vida propia, de la vida interpersonal y de la vida mundana.
Y nuestro viaje, ya en pleno vuelo, se topa con la realidad laboral. Todo el mundo labora, hasta quienes están desempleados o aún peor impedidos por una grave enfermedad. Como puedes comprobar en el DRAE, el verbo laborar implica tener que gestionar con algún designio propio, ajeno o social. El desempleado se cuestiona día a día qué hacer o dejar de hacer para hallar un puesto de trabajo. Quien está enferma se plantea cómo y cuando superará su dolencia. Y, quién está trabajando, se hace múltiples cuestiones mientras está en su puesto o cuando sale de él. ¿Qué está pasando en nuestro mundo, desde un punto de América hasta otro de Oceanía, para que se den escenas cotidianas como las que os he seleccionado en este artículo? ¿Realmente cómo quieres vivir o, al menos, intentarlo? Dice una frase antigua, que rectificar es de sabios, ¿estamos dispuestos a hacerlo? ¿Con qué grado de autenticidad?
El trabajo laboral, el trabajo en el hogar, están absorbiendo a miles de millones de personas desde hace décadas. ¿Qué consecuencias están teniendo para la vida personal, interpersonal y colectiva? Ayer, en la retransmisión del espectáculo de masas que supone la Ceremonia de inauguración de unos Juegos Olímpicos, lo pudimos ver una vez más. Mr. Bean lo radiografió con su capacidad humorística a través de su papel. Tras esa trama escénica que desarrollaron todas las personas participantes, dentro de la tradición majestuosa de los musicales británicos y estadounidenses, sobrevoló al menos para quien os escribe ese sentido valioso de la palabra juego: hacer algo por que gusta hacerlo, porque te aporta una vivencia, unas emociones, unos retos, valiosos. Y de manera consciente o inconsciente –cuando se tiene menos experiencia de la vida– también aceptamos buena parte de sus dificultades. Descubrimos ahí una vez más el sentido más humanamente enriquecedor de la palabra vocación. Y nos surgen tres nuevas disyuntivas: ¿te has parado alguna vez a preguntarte cuál es tu vocación laboral y el resto de tus vocaciones circunstanciales –las de las otras circunstancias de tu vida–? ¿Te has detenido alguna vez a observar cuántas personas de tu trabajo están en él por auténtica vocación? ¿Has mirado en sus rostros y has escuchado sus palabras para percatarse de si viven como quieren? Creo que en el honrado intento de contestar a esas cuestiones radica parte de la solución a muchos de los obstáculos cotidianos que a diario cualquiera nos enfrentamos. Por cierto, el uniforme de los atletas estadounidenses me recordó a la película Tal como éramos. Al ver a Pau Gasol me recordó al abanderado español de Barcelona 92. Y la puesta en escena del equipo olímpico británico con su equipación deportiva blanca con cuellos y detalles en llamativo color oro, el ansia del Reino Unido por recuperar viejos laureles. Mucho antes salieron otras delegaciones deportivas, ¡qué merito tienen esos que se esfuerzan sabiendo que será muy difícil lograr los metales, un diploma olímpico o la sencilla y sensible mirada de cualquier medio o espectador. Pues ellos y ellas son personas, como tú, como yo, como cualquiera.  
Pero este avión en el que viajamos tiene más metros y kilómetros que afrontar. Detengámonos ahora en la segunda imagen seleccionada. Niñas y niños abrazos con alegría contemplando un cielo, un paisaje. Hermosa imagen estética y humanamente. Y nuestro sendero de preguntas otra vez se amplía. ¿Por qué están ellos contentos? ¿Qué han hecho o les han ayudado a hacer para que estén alegres? Desconectar, dedicarse a descansar, o a actividades de ocio, son también necesarias e imprescindibles en cualquier jornada. Da igual que sea día entre semana, de fin de semana o época del año. Da igual que seas un jubilado o un bebé. No estamos descubriendo nada nuevo y, sin embargo, parece en nuestro tiempo que no está presente como tendría que estarlo: en las conversaciones entre personas –lo más importante–, pero también en los contaminados espacios de los medios de comunicación. Se está produciendo como las evidencias muestran un empeoramiento de ese inmenso medio ambiente que es la Tierra. Pero también un enquistado y contaminado ambiente de la comunicación mediática social a nivel mundial (desde lo local a lo regional pasando por lo nacional e internacional). Compañero periodista, medio de comunicación hermano, lector o telespectadora –camaradas del viaje de vivir– ¿es esa realidad cotidiana en la que quieres seguir viviendo? ¿Es la que quieres compartir con tu pareja, tu amigo, tu vecindario, tu ciudad o tu mundo?
Si no te gusta, ¿qué estás dispuesto a hacer para cambiarla por una mejor? ¿Estamos dispuestos a hacer algo de verdad por modificarla para hacer más humana?
Y ahora el azafato del vuelo amablemente se nos acerca hasta nosotros y nos trae una imagen. Disculpe caballero, mire esta foto. 
Y aparece una abuela cuidada profesional y humanamente por otra mujer adulta de rasgos andinos. Una nacional y la otra de otra nación pero en otro país. Las personas inmigrantes una realidad de nuestro tiempo y de otros. Viajes porque las circunstancias vitales nos obligan a viajar intentando descubrir ese sencillo paraíso mundano en el que poder vivir. Nunca sabemos a priori si lo seremos algún día. Eso supone alejarse de la familia de origen, de los barrios donde nos criamos, de la ciudad en la que tal vez imaginamos hacer nuestra vida, del país al que intentamos mejorar con nuestro esfuerzo cotidiano.
El vuelo llega a un punto en el que parece haberse equilibrado tras el despegue inicial y antes de que llegue a su destino. No hay turbulencias significativas, azafatas y azafatos han dejado de pasar con los carritos ofreciendo comida, bebida y otros objetos… Los mercados desde hace tiempo no son solo financieros, ni tampoco los más que centenarios de abasto. Están desde unos trenes de metro hasta los aviones transoceánicos. Si los pájaros se tienen que buscar el sustento diario desde hace milenios, las personas que soñábamos con volar desde hace siglos tampoco íbamos a ser menos.
Miro a esa abuela, a esa mujer cuidadora inmigrante, y pregunto en voz alta, ¿qué hacemos a diario para hacernos la vida y la convivencia más llevaderas?
Estamos a punto de llegar a nuestro destino de hoy, y observo esta otra escena. 
Unas jóvenes adolescentes en pleno proceso de estudio, su responsabilidad laboral cotidiana. Porque estudiar para quienes lo hacen es como arreglar una cañería para el fontanero, o el diseño de un plano de una vivienda para una arquitecta que ha recibido el encargo de un cliente. Se les paga con el dinero de los contribuyentes, de las entidades que sufragan becas… Es normal que haya empresas privadas, entidades funcionariales públicas y otras organizaciones sociales que demanden trabajadores para desarrollar sus actividades y ganarse la vida dignamente. Ahora bien, cuando este avión está aterrizando las preguntas se tornan otra vez decisivas y convergen con todas las anteriores: ¿solamente habrá trabajo para esas ocupaciones ya creadas y consolidadas, o en vías de hacerlo? ¿Realmente estás dispuesto a trabajar en algo por la necesidad del pan diario y del cobijo de un techo? Existen otros escenarios posibles, el de quienes desde hace años y algunas décadas intentar vivir digna e ilusionadamente de aquellas vocaciones profesionales sentidas y elegidas. Dudo sinceramente que seamos capaces de mejorar el mundo y dejarlo una mijita mejor de lo que nos lo legaron, si no se permite que ello sea posible. Pero tampoco será factible si no somos capaces de desarrollar buenas amistades, una relación de pareja que merezca la pena. Ni tampoco será humanamente realizable si decidimos formar una familia y no somos capaces de poner de nuestra parte cada miembro para darle fundamento cotidiano. Y la convivencia con la familia de procedencia se verá afectada si no hay capacidad de entenderse con abuelos y hermanos. Si el vecindario no es capaz de ponerse de acuerdo en cuáles son las necesidades comunes del bloque o de la comunidad. Y al llegar a la ciudad o al país, al que este vuelo sabatino nos llevaba, queda claro que ni los errores ni las malacias de unos pocos o de unos cuantos que tanto han contaminado a la mayoría, son permisibles. Tampoco son nuevas, para eso está el escudriñar la Historia.  

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