Entre sus sombras y con su papel



Estaba cómodamente sentado en un banco de hierro forjado contemplando el rodaje de la película. Portaba en su mano diestra un bastón de madera sobre el que dejaba caer su siniestra. El sombrero de rafia le daba el porte propio de los abuelos agricultores y ganaderos. La camisa blanca, limpia y bien planchada, era un guiño a los sastres que habían hecho clásica la cubanera. El pantalón de algodón en tonos azulados.
En su niñez y adolescencia, el derecho personal de recibir una educación desde la Básica o Primaria hasta la universitaria desgraciadamente fue una oportunidad que tuvieron pocos desde aquel fatídico cuatrienio civil. ¡Qué paradójica era la existencia humana y de los pueblos! Cuando en las tierras españolas llevaban un par de décadas emergiendo algunas de las más brillantes instituciones educativas de la Historia nacional y mundial, niños y adolescentes se vieron privados de esa vía. Y, sin embargo, aquel abuelo transmitía en su voz amable y cercana, en su mirada limpia y noble pese a los avatares de la vida, su amor hacia la tierra que había cultivado y hacia el ganado que había cuidado. Con las frutas y verduras, con las reses, había alcanzado la alegría de sacar adelante su vida y la de los suyos junto a su leal e inteligente compañera.   
Su piel tostada y sus angulados perfiles faciales junto a su cuidado bigote mostraban su nacimiento en tierras canarias, aunque esos rasgos también fueran propios de hermanos nacidos al otro lado del Atlántico, en Iberoamérica. No había emigrado a las tierras de las antiguas colonias y, sin embargo, contaba entre sus amigos, familiares y conocidos a muchos que habían hecho el viaje de ida y vuelta desde su Agaete natal o desde los países hispanoamericanos. Como persona que conocía los sinsabores de las épocas de estreches y calamidades, sabía qué era lo imprescindible para la vida: la buena alimentación, una vivienda que tuviera ambiente de hogar y una sana convivencia con sus semejantes. Por eso aquella jornada que para el equipo del rodaje cinematográfico había comenzado cuando el sol comenzaba a asomar por la costa montañosa de Agaete, y no concluiría hasta que todo el material de trabajo se recogiese cuando el atardecer caminaba hasta la noche; él se sentía gozoso. La agricultura qué él había practicado como oficio, aquella cultura entorno a la tierra que cambió el devenir de la Humanidad, tenía muchos guiños y complicidades con la cultura del Séptimo Arte que allí se estaba desplegando. Paciencia, capacidad de superación, recursos compartidos, vocación, ilusiones de ganarse así la vida. Veía que jóvenes, adultos y abuelos con almas de adolescentes atrapados por la sana vocación de la interpretación, estaban bregando con las circunstancias vitales para hacer realidad su sueño cinematográfico. Él también desde hacía tiempo podía permitirse la paz y el gusto de contemplar las sombras de su pasado para escribir en hojas de papel las luces de su trayectoria personal. Estaba libre de cualquier censor y censura. En sus capítulos libres de los yugos de cualquier Inquisición, sociedad secreta adversa o resentido, se podía sentir y contemplar la dignidad y el compromiso que irradiaba el resplandor de su trayectoria personal. Como cualquier hombre o mujer había cometido sus errores, pero ninguno contenía la preocupación de la maldad ni de la envidia.
Había casi alcanzado la octava década y allí estaba regalando su hospitalidad a lugareños y visitantes. Ese gracejo, ese talante próximo, había hecho rebrotar el tembleque de las emociones sentimentales tras quedarse viudo. De un tiempo a esta parte, compartía ratos de conversación, asientos de bancos y otras vivencias con una abuela de su generación. Revivir el amor, resucitar el proyecto sentimental, en plena vida, cuando se ha vivido con él durante años y décadas, hasta tenerlo que ver partir hacia el otro viaje, reteniéndolo en el arca sagrada de la memoria biográfica.
En su verbo, en sus ademanes y en sus gestos, la templanza era su amiga y rubricaba la cordialidad de su trato. Él sin muchos libros de lectura ni de biblioteca, sin embargo, había sabido leer en la Biblioteca de la vida y la convivencia para regalar esa cultura cívica entre la gente de la comarca de Agaete y de otros lugares.
En plena plaza de nombre constitucional vigente, que dos siglos antes había visto amanecer allí también otra Carta Magna muy celebrada ahora con mucha pompa y poco jabón, aunque bien hace falta en España y en el Mundo la limpieza legal y social de tunantes y avaros tan presentes en las últimas tres décadas; él tenía el áurea de la nobleza de la dignidad humana. Esa que no conoce de título nobiliario oficial, ni tampoco de ningún flash político mediático del que se abusa por estos tiempos. Esa que no es prima de ningún espacio de papel propio de la sociedad cuché. A diferencia de aquella, su nobleza era digna y humana porque era real desde hacía muchos amaneceres que hasta las memorias cervantinas recordaban…  

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