Experiencias con Orión



Estaba allí sentada como otras veces. Con la tranquilidad que le aportaba haber alcanzado la sabiduría para la vida. Su pelo gris cayendo sobre sus hombros con la raya en medio. Habían pasado las décadas, los años y, sin embargo, conservaba la personalidad en el vestir y en el peinado que había atesorado desde su adolescencia. Su hablar era pausado vibrante. El temple de su voz nacía de la capacidad con la que había aprendido a lidiar los avatares de la existencia. Su ritmo intenso de la pasión con que vivía y narraba las vivencias que venía acumulando desde hacia setenta años. Su verbo claro y sencillo transmitiendo a cualquiera que tuviera la sensibilidad e inteligencia de pararse a escucharla.
Aquella mañana, había reanudado aquel trío de tertulianos la conversación que habían dejado pendiente antes de que el Sol se dejara sentir con especial vigor por toda la Península Ibérica. Ahora que la lluvia de estrellas de San Lorenzo había pasado; ahora que la Ascensión de la Virgen había quedado atrás en el calendario; se sentaron entorno a la bella mesa de madera colonial con una taza de café para desentrañar nuevos entresijos acerca del Mundo de las Múltiples Dimensiones.
Ella con su habitual tranquilidad comenzó a hablar acerca de un bello pueblo costero del Atlántico gaditano. Allí había pasado un hermoso descanso veraniego cuando el dúo de irónicos y juguetones hermanos estaba alcanzando la adolescencia para alegría de sus padres. Fue en aquel retiro para el espíritu y el gozo donde por vez primera alguien fue capaz de llamarle extraterrestre. Y como si se tratara de un espectro valleinclanesco del Callejón del Gato, ella convirtió en chascarrillo la anécdota cuando quien así le llamó le reconoció abiertamente que él formaba parte de un equipo de personas entusiastas por el Mundo de los Ovnis y la Ufología. Y para rematar el cuadro, por el que Goya hubiera dado algunos cuartos por pintarlo, aparecía el espíritu de la esposa de aquel entusiasta ufólogo reconociéndole que desde el primer día que arribaron a la Hospedería le había comentado a su marido que aquella clienta era una extraterrestre.
Ella, en otro rasgo de complicidad, les reconocería que se había percatado de esa reacción del matrimonio a los pocos días de haberse hospedado en su establecimiento. Sobre todo, a raíz de un episodio en el que ella se había ofrecido a quedarse un rato con la hija de ambos para que pudieran dedicarse aquella mañana a despedir con tranquilidad a los huéspedes que concluían sus vacaciones, y a hacer el registro a las familias y grupos que iban llegando para los siguientes días. Aquel episodio de complicidades a medias concluiría con un rato de risas entregadas.
Pero, cuando desde tierras gaditanas alcanzó el asfalto de una de las Islas Afortunadas y desembarcó con su equipaje en la estación de autobuses, donde le esperaba su sobrina África, comenzó un nuevo episodio de tipo intergaláctico espiritual. Tras saludarse ambas con efusividad, salieron buscando la parada de taxis de la estación. Se percataron de que el primer taxista de la fila les miraba fijamente. Aquel detalle preocupó a África. Ambas se subieron al coche y comenzaron a hablar acerca del estado del tiempo con el conductor. Éste no dejaba de mirar por el espejo retrovisor a Orión. Y, de pronto, cuando estaban a medio camino entre la estación y el hogar de ella, Fausto, que así se llamaba aquel profesional, la miró a los ojos y le dijo: -tú eres una Orión como yo.
Ella no pudo más que soltar una carcajada que le salió de lo más profundo de su estómago, mientras que su sobrina África se quedaba pálida. La joven estaba acostumbrada a las vivencias paranormales con su tía, pero siempre lo habían tratado en la intimidad de la familia o de los amigos con quienes compartían esa complicidad. Y ahora, en cambio, estaba viviendo un nuevo episodio de ficción real, de vida auténtica, en el platillo volante de un taxi y el piloto de la nave era un taxista. Si al menos aquel tipo conservara el sombrero de plato de hacía cincuenta años, el uniforme le hubiera hecho dudar de que no estaba ella alucinando ni soñando, sino viviendo un episodio propio del Gran Teatro del Mundo en el que la vida cotidiana era la mejor fuente de ficción literaria. África decidió quedarse muda y limitarse a contemplar aquella escena propia de una película de Poltergeist.
Orión siguiéndole el juego al otro extraterrestre, el taxista, le cuestionó: -¿y cómo usted lo ha sentido?
A lo que aquel hombre respondió cargado de convicción y energía: -mire amiga Orión cuando usted ha apretado el tirador de la puerta del coche para abrirla y entrar, he sentido una corriente de electricidad en mis manos que me ha impedido separarlas del volante.
Ante aquellas palabras, Orión le respondió: -ahora que nos van a subir el IVA de la luz, de la gasolina y de la electricidad, voy a hablar con el Ministro de Industria y con el Consejero Delegado de Endesa para convertirme en subestación eléctrica.
Y ante aquella salida propia de una fabulista del Planeta Tierra o de la Constelación Orión, nuestra protagonista con la duda te deja a vos… Si quieres saber como termina este cuento, no dudes en escribir a Rick´s. Tal vez Pérez te traiga de regalo el final cuando se te caiga un diente. ¿Por cierto, ha subido también el IVA a los ratones?

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