Literatura de la historia, ¿nos apuntamos?




En un reciente artículo, el hispanista Gaspar Garrote nos proponía la creación de una materia de investigación y docencia que se denomine Literatura de la historia. Se trata de una legítima e inteligente revisión de cómo la materia de Literatura ha sido trabajada en las facultades españolas e internacionales, mayoritariamente desde la corriente escolástica de la Historia de la Literatura. Esta nueva forma de mirar la Literatura como fuente fundamental para reinterpretar qué ha pasado a lo largo de la historia de la humanidad en sus diversas épocas y en los siglos desde los tiempos de la Grecia clásica, como expone el filólogo Garrote Bernal tiene una clara inspiración orteguiana. Resulta curiosa la suma de causalidades que se dan en este episodio, ya que se hace desde una persona radicada en la Facultad de Filología de Málaga. Y he aquí un paralelismo que podemos aplicar entre el filósofo Ortega y el filólogo Garrote. Ortega estudió el Bachillerato en el colegio de los jesuitas de El Palo de Málaga. Años después, en sus ya aquí citadas Cartas de un joven español, en una de ellas dirá Ortega fui emperador en una gota de luz. Esa maravillosa manera literaria y filosófica de interpretar y sintetizar su adolescencia disfrutando de la belleza de las aguas y de los contrastes de luces del Mediterráneo malagueño. Pero los puntos de conexión prosiguen. Años después, el propio Ortega, ya en plena navegación de su Filosofía para la Vida, dirá que la claridad es la cortesía del filósofo. Precisamente porque cuando el filósofo es capaz de comunicarse con el otro, con los demás, cuando muestra la veracidad de su pensamiento y de su emoción transmite a sus semejantes la autenticidad de lo que nos está presentando. Por tanto, la validez para la vida de cualquier persona de la realidad abordada.
Y esto último resulta decisivo, ya que si aplicamos la mirada en perspectiva de Ortega y de sus discípulos (Marías, Zambrano, Zubiri, …) sobre las obras literarias de cualquier época, descubrimos que aquellas que realmente se han convertido en clásicas lo son porque pasadas las décadas y centurias son referentes fundamentales para entender aquel tiempo, a aquel hombre o aquella mujer retratada en sus páginas; a las relaciones interpersonales que se establecían; a aquella sociedad, país o mundo descritos.
La Literatura, como sabemos todos los entusiastas de esta disciplina del conocimiento humano, permite desvelar los entresijos del vivir a través de sus tramas y personajes. Y nuevamente, hallamos un nuevo matiz sugerente: Ortega en su primera obra, aquella con la que se dará de alta entre los pensadores y, sobre todo, entre los adultos de su tiempo (mujeres y hombres), Meditaciones del Quijote (1914), aplicará un método que se había abandonado prácticamente desde Platón y Aristóteles. Y dará un paso más, el clave: usará el término Aletheia (griego) que quiere decir desvelar, quitar el velo, a la manera de hacer filosofía. Y su inteligencia y sensibilidad extraordinaria se paran desde el mismo título en una obra literaria: El Quijote. Para cualquiera de vosotros que se anime a leer ese libro capital del pensamiento, le recomiendo la edición comentada de Julián Marías línea a línea. A través de esa edición analizada descubrirás precisamente eso que el profesor Garrote nos propone: mirar la historia humana a partir de las fuentes literarias. Por eso, tanto Ortega como Marías, y el resto de miembros ya apuntados de la Escuela de Madrid (aunque afortunadamente es internacional: Raley, De Nigris, entre otros) harán su vida y su obra para las personas y su tiempo. Eso explica la muy citada frase de Ortega nada moderno, muy siglo XX.
En un artículo reciente, otro orteguiano, Rafael Hidalgo, traía a colación la pobre realidad universitaria española, con sus excelentes excepciones minoritarias. Además la contrastaba en su escrito Hidalgo con las palabras de Marías acerca de lo que fue la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid del periodo que va de 1914 a 1936. En concreto, traía a colación Hidalgo la relación que hace Marías de los docentes e investigadores de los que disfrutaron en el lustro de 1931 a 1936. Ya en más de una ocasión, en este blog hemos mostrado que esa fue la mejor Facultad de Humanidades que se ha desarrollado en Occidente hasta la fecha. Precisamente porque se dejaba a sus estudiantes, mozuelos y mozuelas, descubrir libremente sus vocaciones. Porque se les permitía hablar y debatir de cerca con sus maestros. Porque las clases eran abiertas, se hacía filosofía, historia, filología, etc. a la vez que se daban las materias. Los textos de profesores y estudiantes estaban vivos y tenían el propósito de ponerlos al servicio de las sociedades de su tiempo.

Para ir concluyendo con este episodio que traerá más capítulos, diré que Doctor en Ciencias de la Comunicación, libre de esa virtud tan propia de la universidad española posterior al 1939 y 1978, la endogamia, se ofrece para formar parte de ese grupo de mujeres y hombres que hagan camino machadiano en Literatura de la historia. Se ofrece en un doble campo: primero, el de la investigación y docencia. Segundo, el de la escritura de novelas y ensayos. Quien esté interesado en contar con él, ofrézcale a través de entidad seria y solvente unas buenas condiciones laborales y ambiente sano de trabajo en equipo. Seguro que se lo pasarán bien… 

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