Sábanas rotas, una novela llena de humanidad



Esta obra de la escritora y poetisa Lola González, sustentada en la historia de vida de una mujer, Violeta, nos transporta a las circunstancias y a los motivos que llevan a esa persona a vivir ejerciendo la prostitución durante parte de su existencia. El origen de todo está en un erróneo noviazgo, motivado por la falta de experiencia ante la vida y de las consecuencias de los actos propios en su devenir vital. Y en el fondo laten otras circunstancias decisivas: un entorno familiar y vecinal en el que la lucha por la supervivencia se convierte en la dinámica diaria de las familias y de sus miembros. Esa realidad vivencial de muchos hombres y mujeres de varias generaciones en Iberoamérica, sobre todo, en barrios en los que el nivel educativo y profesional es deficiente, propiciara esa salida extrema tanto de la protagonista de esta obra literaria como de otros personajes femeninos que van apareciendo a lo largo de la narración.
La joven Violeta, nombre literario de la protagonista real en la que está sustentada la historia novelada, mira a su alrededor y percibe erróneamente que sus razones vitales han de ser convertirse en esposa y madre. Al observar las circunstancias de su mundo, aprecia que esos son los proyectos que su entorno vecinal y social le tienen reservado. A pesar de los toscos intentos de su madre porque ella estudie y se emancipe profesional y humanamente, la ignorancia juvenil le lleva a tomar el camino erróneo. La adolescente Violenta toma unas opciones muy alejadas y enfrentadas a lo que implica ser auténticamente libre y aprender a elegir qué proyecto de vida se quiere desarrollar.
Violeta se ve inmersa y se deja arrastrar por un bucle de miseria en el que el machismo de su primer novio y futuro padre de sus hijos le provoca salir huyendo y desembocar en el mundo de la prostitución clandestina. El espíritu sensible de Lola González ha sabido captar las emociones de Violeta, y refleja con una prosa sencilla y transparente la sucesión de vivencias que aquella va teniendo. Así con la expresión “sudor de mi frente” reflejará el sentimiento de autoculpa de Violeta en la primera etapa de incursión en el círculo de los prostíbulos. Irá aprendiendo a distinguir a las personas a través de un triple trato recibido. El primero, el de los clientes, desde aquellos que recurrirán a ella y a sus compañeras con el único propósito de colmar sus deseos sexuales. Hasta otros dos, el viejo Marc, y el joven Ernesto, que simbolizan respectivamente un segundo padre, y el amor de pareja auténtico.
El segundo, el de los quilombos en los que trabaja a lo largo de su trayectoria, distinguiendo desde el trato inhumano recibido por ella y sus compañeras en algunos de los barcos en los que trabaja; hasta otro “menos inhumano”, propiciado por la Madame que conocía por su propio ejercicio previo de la dureza del oficio.
El tercero, queda representado en las personas que forman parte del mundo cotidiano y emocional de Violeta; su amor auténtico –Ernesto-, su familia de origen y sus amigos de verdad –aquellos que nunca le abandonarán a pesar de las dificultades de su trayectoria-.
El mundo de la prostitución a través de los barcos de mercancías también sirve a la escritora Lola González para mostrarnos a los lectores esa otra realidad delictiva que desempeñan los barcos con banderas de países que son paraísos fiscales. El juego de las banderas muestra cómo se recurre a ondearlas con el único propósito de ahorrarse impuestos, con lo que ello conlleva de estafa tanto para el resto de la población de esos países –normalmente naciones en vías de desarrollo como de otros Estados que sí tienen una legislación fiscal donde la evasión de impuestos no está permitida. Lo curioso es que más de uno y de dos de esos países que se presentan como enemigos de los paraísos fiscales permiten a esos barcos que naveguen, distribuyan, embarquen y desembarquen mercancías y personas en sus puertos. ¡Viva la doble moral! Y a través de ese tráfico de mercancías de esos buques, Lola González denuncia el tráfico de personas para salir de Colombia –de donde procede Violeta- o de otros países de la zona en dirección a los Estados Unidos, a Europa y Asia.
Lola González refleja con sensibilidad y ágil capacidad descriptiva ese ambiente sórdido, duro, desagradable en el que la bebida es un recurso habitual de clientes y prostitutas para evadirse de sus circunstancias. Y es que los marineros tampoco están libres de duras e injusticias condiciones laborales, ya que es moneda común recibir parte del sueldo en negro o B; o verse obligados a aceptar ciertas injustas condiciones laborales si no quieren saborear el yugo del desempleo, una medida coercitiva que el Mundo empresarial laboral se ha dado a sí mismo en el último siglo y medio. Ambos mundos se desarrollan de la mano de otro aún más áspero y sangriento como es el del tráfico y consumo de drogas. Nuevamente, recurre la escritora a jugar con la simbología ultraconservadora e intransigente para manifestar el sentimiento de autoculpa de Violeta ante una serie de acontecimientos calamitosos que a ella y a algún miembro de su familia les sucederán a lo largo de la trama. En este sentido, resulta llamativo ese recurso porque pone de manifiesto el peso que aún mantienen los sectores más intolerables de ciertas entidades religiosas que promueven una visión de Dios como castigador. Cuando precisamente, si Dios es alguien, es un ser llamado al fomento del amor, del perdón, a la superación de los errores propios y colectivos. Alguien llamado a sanar. Esa sensación de desesperación, de pérdida de la autoestima, de descontrol sobre su vida, lleva en un momento de la novela a Violeta a plantearse el suicidio. Y es precisamente a partir de ese momento, de la intervención divina y salvadora de su amiga Noelia, cuando se produce un proceso de inflexión tanto en la vida de Violeta y sus allegados como en el desarrollo y desenlace de Sábanas rotas.
Desde el punto de vista editorial, hemos de valorar el hecho de que Círculo Rojo promueva la obra de Lola González y otros escritores. Ahora bien, como toda obra literaria en la que la coedición está presente, este camino editorial ha de plantearse seriamente cómo pretende seguir. Y la cuestión no es baladí ni trivial. Evidentemente para las personas que están detrás de la figura empresarial de la edición es un camino abierto para desarrollar su trayectoria profesional y empresarial. Para quienes tienen vocación literaria es una puerta a abrir. Pero, en ambos casos, para que se produzca el salto de calidad que autores como Lola González u otros merecen, es necesario que esas pequeñísimas tiradas se conviertan en ediciones que al menos cuenten con una primera edición de dos mil ejemplares con una buena distribución por el espectro distribuidor y librero nacional e internacional. El mundo editorial, como el resto de orbes profesionales, requieren de un profundo proceso catártico, tanto en España como en el resto de Occidente. ¿A dónde quedaron esos editores como el filósofo José Ortega y Gasset que en 1941, en plena posguerra española y en el meollo de la Segunda Guerra Mundial, se atrevió de la mano de su hijo y de su editorial Revista de Occidente a lanzar una primera edición de 3000 ejemplares de la obra de un autor nuevo –se trataba de Historia de la Filosofía de Julián Marías?  Por cierto, ese autor y esa obra se acabaron convirtiendo en un clásico, reeditados en muchas lenguas. Es lo que distingue y diferencia a los clásicos de la escritura, de la edición y de cualquier quehacer humano. Si en los años cincuenta, Julián Marías ya nos avisaba de la sobre producción en cualquier área de las ciencias o de las humanidades, es evidente que esa realidad se ha terminado de constatar en los últimos sesenta años. Es imprescindible que desde las multinacionales de la edición a las PYMES editoriales, se produzca un fenómeno catártico para separar el trigo de la paja. Y que los lectores y las lectoras contribuyan también a ello. 

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