"Con poco me conformo, aunque deseo mucho"



Esta frase de Miguel de Cervantes para radiografiar su realidad personal y la de buena parte del pueblo español de aquella época, no es ajena ni entonces ni ahora al resto de personas y sociedades del Mundo. El hombre y la mujer, los pueblos, generación tras generación, han tenido que bregar con sus circunstancias para sacar adelante sus existencias en condiciones realmente difíciles. Y a pesar de ello ser capaces de ir mejorando sus condiciones de vida y de hallar eso tan complicado que es vivir con alegría. Ésta junto a las ilusiones vitales conforman la fuente de energía cotidiana de cualquier persona y sociedad. Cada mañana y conforme el día avanza, podemos analizar y cotejar la calidad de tu ánimo, de nuestra sonrisa y del placer con el que se va afrontado la jornada. 
En nuestro tiempo, ahora que el otoño está a la vuelta de la esquina, cuando aquellos que han tenido vacaciones las han disfrutado, nos detenemos a observar los rostros de hombres y mujeres de cualquier generación en diversas ciudades en el último tramo del día, ese en el que se produce el tránsito de la tarde a la noche, entre las veinte y las veintidós horas. Y apreciamos primeramente una obviedad, la persona y la gente están vivas y deseando vivir. Y, por supuesto, no de cualquier manera. Ellos y ellas quieren vivir con alegría y con los recursos imprescindibles para hacer posible eso que llamamos vivir dignamente.
En sus caras, comprobamos que hay personas que disfrutan dándose un paseo consigo misma o en compañía. Gente que va corriendo en la libre soledad elegida o al calor de un grupo con el que se practica esa actividad. Miramos como en un sencillo banco de piedra de un hermoso parque padre e hijo charlan cordialmente sobre cualquier asunto de sus trayectorias. A la lontananza, en mitad de una amplia pradera de césped, hombres y mujeres se distraen conversando mientras sus perros lo hacen yendo y viniendo en sus correrías y jugando con otros canes. Adolescentes transitan con sus bicicletas de un punto a otro del parque, mientras un colectivo de deportistas femeninas amateur junto a su entrenador realiza su trabajo físico de pretemporada. En la zona de aparatos que podemos denominar gimnasio al aire libre, varias personas se intercambian aquellos para ir tonificando su cuerpo. Y, por supuesto, la zona de huertos personales y colectivos está allí recibiendo el cuidado de sus vocacionales y aficionados hortelanos. Esos que ya de adultos o de licenciados de la carga laboral por haber cumplido con los requisitos de la Seguridad Social, hace años que decidieron traer la sana y virtuosa agricultura a la ciudad.
En todos esos grupos humanos, que podemos encontrar en la mayoría de municipios de nuestro país, y posiblemente de otros de Occidente, hay jubilados, amas de casa, profesionales en activo, pequeños autónomos, desempleados buscando empleo, estudiantes... Por tanto, estamos ante una semblanza bastante real que representa a una ciudad, a una región, a un país. Y entonces fruto de nuestra mirada, aparecen nuestras amigas las preguntas. ¿Por qué esas personas, a pesar de estar haciendo distintos esfuerzos, los hacen con alegría y buena voluntad? ¿Por qué irradian sus miradas ilusiones y un buen estado de salud emocional? ¿Por qué sacan a diario un rato de sus veinticuatro horas para practicar esos hábitos cotidianos?
Verles actuar y vivir así de manera frecuente nos tiene que hacer meditar. A través de este artículo lo estamos haciendo. Seguro que si nos detenemos, y en más de una ocasión lo hemos hecho, a hablar con cualquiera de aquellos, ellos y ellas tendrán problemas propios o de sus semejantes más cercanos. Formarán parte de sus realidades cotidianas las estrecheces para llegar a fin de mes, las duras condiciones laborales, la cortedad de las becas de estudios, las fatigas para sacar adelante su pequeño negocio, alguna preocupante cuestión de salud. Y, sin embargo, asumen esa serie de circunstancias, y practican un lema vital del filósofo Ortega y Gasset: cuando se ha estado corriendo todo el día y, se es capaz de llegar a la tarde, hay que estar contento.
En nuestro tiempo, este que compartimos, es necesario darle un sensible muletazo a la afirmación de Ortega: dejemos de correr sin sentido. Dejemos a un lado esas prisas malas consejeras que nos impiden tener el alma, la mente y los sentidos despiertos, sanos y lúcidos para tomar decisiones. Para con la vida que otros pretenden diseñarte y opta a vivir por tu libre y personal elección. Y si lees la prensa en papel, o escuchas la radio, o ves la televisión, pregúntate si toda la realidad que esos periodistas y medios te ofrecen es toda la realidad. ¿Dónde están sus matices? Parece que a pesar de las dificultades e injusticias de nuestro tiempo, que sin duda tenemos que analizar, denunciar y erradicar, no existen para esos altavoces mediáticos esas alegres e ilusionantes vidas cotidianas.

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