Cuidar nuestra Tierra, cuestión de todos




Hace casi cuatro años, me dirigía a Roquetas de Mar desde Almería por asuntos laborales. En el trayecto en bus, en el margen derecho de la autovía me llamaba la atención la sucesión de meandros que bajaban desde las montañas. Era toda una cascada de meandros formados en esa cordillera. Torné mi vista hacia el lado izquierdo y divisé la belleza del Mediterráneo. De manera intuitiva, pensé en los bosques que habrían estado allí siglos atrás. Antes de comenzar la grata reunión, pregunté a las tres personas allí congregadas por los citados meandros. Ellos me comentaron que efectivamente habían estado rodeados de hermosos bosques hasta que por orden gubernativa de la época se mandó talarlos, primero, para sacar de ellos maderas para hacer los barcos de la Armada invencible. Segundo, para construir los nuevos barcos que conformaron la armada naviera que reemplazó a la Invencible, que tenía más recursos que aquella y ganó la guerra a Inglaterra y sus aliados. Este segundo detalle, como Julián Marías nos mostraba y recordaba en obras como España inteligible o Cervantes, clave española, había sido obviado concientemente por el resto de pueblos europeos, incluyendo a sus denominados intelectuales y hombres de pensamiento hasta que Marías entre otros hicieron sus veraces, honestas y comprometidas investigaciones a finales de los años ochenta del pasado siglo. Estamos hablando de más de tres siglos de mentiras, zafiedades e ignorancias.
        El pasado fin de semana, cuando nos dirigíamos al Sur de Gran Canaria, divisaba el paisaje. Sucesión de milenarias montañas y cordilleras con vegetación baja y algunas arboledas. En algún punto del paisaje, del campo, los restos de maderas de algún invernadero. La pregunta saltó de inmediato, ¿cuándo limpiarán esos restos y regenerarán esas tierras? A mayor distancia que la que hay entre los meandros almerienses y el mar ­–que es menor de unos trescientos metros–, podíamos ver el Océano Atlántico. Tierras de por medio con el paisaje complementario suponen la transición entre aquel escenario de montañas, tierras y más tierras. Y las cuestiones se van sucediendo hilvanando ambas experiencias, ¿por qué no se recuperan esos hermosos paisajes? Hay ingenieros, peritos, técnicos en medio ambiente. Se cuenta con historiadores que conocen la trayectoria de esos lugares de la naturaleza peninsular e insular.
        Estas dos realidades paisajísticas las podemos encontrar en cualquier otro punto de España. Por tanto, hemos de pedir responsabilidades a los partidos políticos que han estado gobernando durante estas cuasi cuatro décadas en que esos acontecimientos hayan sucedido. Y a las formaciones políticas que con coaliciones les han permitido esas irresponsabilidades sobre las tierras comunitarias, estatales. Pero también el resto de la ciudadanía tiene que hacer un ejercicio de meditación profunda preguntándose ¿por qué lo hemos permitido? No permitirlo, no tolerarlo, supone ejercer nuestros derechos como ciudadanos –hombres y mujeres–. Implica tener conciencia y acción coherente sobre nuestro país, sobre sus recursos, sobre los legados que vamos a dejarles a las futuras generaciones. Pero también desde el plano de la salud de esas tierras y de nuestra salud como personas, conlleva cooperar solidariamente para evitar que nuestra salud sufra infecciones, alergias o nuevas patologías provocadas por la degradación de nuestro ecosistema.
        La falta de flora autóctona o injertada de otros lares, que estuvo allí durante siglos, repercute negativamente también en la labor de limpieza emocional que la naturaleza realiza sobre las personas. Precisamente, Marías en Cervantes, clave española nos avisaba de ese poder regenerador de la naturaleza porque precisamente ella no tiene prejuicios éticos ni morales sobre las personas. Por tanto, como hombres y mujeres de nuestro tiempo, tenemos que aprender y practicar una cultural real, diaria y coherente hacia nuestros paisajes. La naturaleza nos lo devolverá con sus frutos, con su belleza, con la limpieza de nuestras sensibilidades. Permitirá que profesiones que de un tiempo a esta parte están semi- abandonadas –como la ganadera, o los vigilantes y cuidadores de montes y bosques– vuelvan a practicarse. Y ello ayudará a una redistribución inteligente de la población, excesivamente acumulada en los núcleos urbanos, principalmente o bien en macro ciudades; o bien en los otrora pueblos y hoy ciudades mancomunadas. Estas últimas son poblaciones como el Aljarafe en la provincia de Sevilla, cuya suma de 31 municipios acoge a más de 800 000 vecinos. Esa realidad humana supone casi 100 000 vecinos más que la ciudad de Sevilla. Este último fenómeno demográfico lo podemos hallar en la mayoría de las regiones españolas, en mayor o menor medida. Pero también, en la mayoría de los países de Europa, América y Asia.
        Hay trabajo por delante, es hora de actuar. 

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