El ocaso de las supuestas elites 1



Esto de volver a escribir o seguir escribiendo es como cuando tú vuelves a ocuparte de la cocina, si eres jefa de ésa en un restaurante; o eres maestro de escuela y retomas las clases diarias con tu nuevo grupo de chiquillos. Lleva un proceso. Coges aire, miras alrededor, tiras de conocimiento, observas la realidad cotidiana para seguir aprendiendo, y tomas decisiones propias e interpersonales.
Has apuntado en tu agenda de trabajo sobre lo que quieres escribir y decides uno de esos temas que ves que es importante porque afecta a millones de personas. Por supuesto, a hombres y mujeres a los que no tienes el gusto de conocer, pero que aprecias en el devenir cotidiano de sus actos y conversaciones, por lo que dejan de hacer, que tienen una gran incidencia en sus trayectorias diarias. Es el Jardín del Bosco, que apuntábamos ayer. O como decía otro de nuestros clásicos, Calderón de la Barca, El gran teatro del mundo.
        He mirado al mar, ¡bendita la naturaleza!, si la sabemos cuidar. Y éste con sus aguas, con sus olas, con sus montañas y algas, me ha soplado con su brisa que dedicase este artículo de hoy a este asunto. Un tema, que tú, generoso lector –en el sentido neutro de nuestra lengua y que es inclusivo en cuestión de género–, sabes que venimos tratando en este blog desde sus inicios. Es otro de esos acontecimientos humanos que tiene literatura antigua y clásica, recordemos el debate inteligente en su día de nuestro maestro Ortega con sus obras La rebelión de las masas y Una interpretación de la Historia, con La decadencia de Occidente de Oswald Spengler, y con Un estudio de la historia de Arnold Toynbee.
        Y ahora después de este entremés, porque al pueblo español como a otros del Mediterráneo y del Atlántico nos encanta comer bien, vamos a meternos a degustar el almuerzo. Hablaba el politólogo Andrés Ortega de la necesidad de un debate en España sobre el devenir presente y futuro de Europa y de la Unión Europea. Como bien sabe nuestro estimado catedrático, una realidad es esa Europa y otra el club de los 27, próximo a ser de 28. Aunque ambas supuestamente se desarrollan en territorios comunes, hay asimetrías y problemas de fundamento y ejecución que imposibilitan su convergencia real. La primera es más antigua, y eso conlleva energías positivas, negativas y otras indefinidas. La segunda, que nació para acabar con las energías negativas de la primera, todo un logro, evitar que Alemania y Francia dejaran de enfrentarse bélicamente, sin embargo, por sus intereses creados miopes y plutocráticos ha desembocado en algo así como lo radiografiado por Coppola en su magistral cinematografía.
        Desde luego, y vaya por delante como he mostrado en otros escritos del blog, mi admiración por todo lo admirable de Alemania, y tengo buenos amigos alemanes, no se puede aplicar la doble moral o la doble regla cívica legal si se quiere seguir construyendo una Europa desde las personas y para éstas. Es antiguo el lema alemán empresarial hablar es plata, callar es oro. Como bien sabe Andrés Ortega, por su profundo estudio de las relaciones internacionales y por haber desempeñado tareas de responsabilidad durante las Presidencias de España en la Unión Europea, por ejemplo, en el semestre de enero a julio de 2010, tras la firma del Tratado de Lisboa y de la Agenda 2020, esa manera de actuar de elites económicas, empresariales, sindicales, funcionariales o mediáticas alemanas, o de cualquier otro país, no procede si, realmente, lo que se quiere hacer es construir una Europa para las personas y desde éstas, contando con sus instituciones. Seguir haciéndolo implica el más rancio nacionalismo lo aplique quien lo aplique. Y como señaló su abuelo Ortega y Gasset en la España invertebrada, la invertebración radica en la absurdez de los nacionalismos, que a su vez son consecuencias de los egoísmos. Dicho en castellano digno de Sancho Panza, qué yo, qué tú, que todos, solamente nos miremos nuestro ombligo.
        Es hora, mientras escribo esto, de tomarse el café en la Península Ibérica, o el té en las Islas Británicas. O de cualquier otra bebida en cualquier parte del mundo, si es que apetece ingerir líquido. Estamos en 2012, pero estamos navegando cervantinamente por los días de la Historia. Hace poco, un diario que se proclama europeísta en su Libro de Estilo, dedicaba un reportaje a los años de juventud y fiesta de la Sra. Merkel. Entonces era la juvenil o estudiantil Angela, divertida y admiradora de la vida libertaria del Berlín de entonces. Y como esto de escribir tiene un poco del Juego de la Oca, sobre todo, si vamos hilvanando hilos como Ariadna, con espíritu artesanal y de aprendiz de los clásicos, se nos vienen a la memoria documental las clases sobre la Europa del siglo XX impartidas por Juan Pablo Fusi, José Varela Ortega y Charles Powell allá por los años 1998 y 1999 en el Instituto Universitario Ortega y Gasset. Recordaban aquellos a los estudiantes de maestrías y doctorado cómo actuó la diplomacia estadounidense entre finales de los años veinte y finales de la Segunda Guerra Mundial respecto a la figura de Stalin. La mercadotecnia al servicio del supuesto aliado geopolítico para que el buen pueblo estadounidense legitimase con su voto o con su opinión pública favorable el apoyo al régimen soviético. Sin embargo, el mismo equipo diplomático de la embajada estadounidense, en lo que se conoce como El telegrama largo de Kennan, radiografió el auténtico espíritu totalizador de Stalin y sus soviets. Por cierto, Stalin, como sus antecesores a los que derrocó junto a Lenin y sus soviets, los zares absolutistas, tenían la sana costumbre de invadir a otros países ante el miedo ruso a ser invadido.
        Y para ir concluyendo, Europa sí, más Europa sí, pero no cualquier Europa. Nunca la Europa que solamente audita las cuentas públicas o privadas de unos socios y no las de todos. ¿No recordamos cuando a principios de la década pasada Francia y Alemania incumplieron los déficits públicos? ¿Y qué pasó? ¿Qué hicieron las instituciones comunitarias entonces –BCE, Comisión, Parlamento, ..? ¿Qué hicieron el tan laudado FMI y sus colegas los mercaderes financieros? ¿Qué pasa con las cajas de ahorro alemanas y con ciertos bancos de allí? Tampoco una Europa, cuyos súper conglomerados mediáticos aplican una filosofía comunicativa de doble uso, según sea nacional o internacional su difusión. No se puede invocar el europeísmo en la línea editorial y luego, como pasa en los Estados Unidos desde los años setenta del siglo veinte, estar a diario minando las decisiones o no decisiones de sus adversarios tanto en el gobierno como en la oposición, o de las fuerzas sociales sin representación política.
Continuaremos…

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