Transformemos nuestra realidad y nuestro tiempo



La lectura del ensayo de Enrique González, Pensar España con Julián Marías, nos lleva a replantearnos cuestiones de enorme trascendencia de nuestro tiempo. Vamos a dedicar hoy el análisis al tema de las relaciones con otros pueblos. España desde su reconquista territorial y desde su configuración como Primer Estado de Occidente a finales del siglo XV, ha ido más allá y se ha mezclado con otras gentes, otros pueblos y países. He ahí, como señalan Marías y González, uno de los principales descubrimientos, una de las más valiosas aportaciones, uno de los injertos decisivos por incorporación, que han hecho España y, por tanto, los españoles, a la convivencia con el resto de sociedades. Pero aquella manera de interpretar y de ejercer las relaciones con el otro, con los otros, se convirtió en una filosofía de vida a largo de los siglos posteriores.
Y nuevamente una fecha aparece como decisiva, por su carga simbólica, 1812. Este año, doscientos años después, aquellos que pervierten la noble dedicación política –que como cualquier quehacer humano implica nobleza para ser auténtico y valioso– y la partitocracia sufragista se vanaglorian de la celebración de las Cortes de Cádiz frente a la invasión napoleónica. Es verdad que el voto es un recurso necesario, pero es evidente que no garantizó ni garantiza una vida en democracia. De eso ya saben en Alemania y en el Mundo desde los años treinta del siglo pasado, y las consecuencias trágicas de aquello. Para vivir en democracia hay que formarse con actitudes, comportamientos y valores propios, ajenos y colectivos que los promuevan. No los tenemos incorporados en nuestro ADN y, sin embargo, con voluntad, esfuerzo, honradez y generosidad, podemos llegar a tenerlos, a vivirlos. Si no es así se incurre en una sucesión de leyes que vienen y que van (ya las evidencias nos han mostrado la facilidad trivial que tienen unos y otros de la mayoría de los grupos políticos para hacer y deshacer normativas cuando acceden a la poltrona –su anhelada y real meta–). Desde la realidad personal e institucional se dejan al margen esas leyes, son papeles mojados como los del periódico que envuelve al pescado.
En 1812, durante la celebración de las Cortes de Cádiz, los auténticos liberales –en el sentido original y noble del término–, lucharon por lograr que se otorgara los mismos derechos a indios y mestizos. Así se recoge en la página 131 del ensayo Pensar España con Julián Marías, fruto de una serie de investigaciones veraces de años desde que el filósofo español Marías se ocupara de la indagación de nuestra historia. Labor que González y otros continuamos.
Paradoja tras paradoja, nos topamos con los globos sondas y ciertas primeras ejecuciones de nueva normativa que desde hace tiempo se lanzan sobre la cuestión de los inmigrantes tanto en España como en el resto de Europa y los Estados Unidos. Celebrar con pompa la Constitución de Cádiz resulta penoso e ir contra su espíritu, si luego se actúa o se pretende como se vocifera. Frente a esos fastos efímeros que promueven aquellos que lo único que saben es medrar y trepar, hacerse la foto o el reportaje televisivo, y buscar la división de la sociedad, implica realmente ir en contra de la excelencia de la historia auténtica y valiosa que hicieron españoles y españolas de ambos lados del Atlántico. Un ejemplo para el resto de pueblos occidentales y de otros continentes. Apreciar en la diferencia un camino de doble búsqueda: primero, el de valorar, asumir y enriquecerse con la diversidad. Segundo, a partir de la diferencia, darse cuenta de las circunstancias comunes y trabajar codo con codo para hallar soluciones a los problemas o a las ilusiones que se compartían a través de proyectos necesarios.
Actuar de esa manera, con la connivencia de quienes tienen competencias administrativas, judiciales y de seguridad, contraviene lo más excelso de la construcción Iberoamericana, Occidental y de la cultura proclive a la defensa de los Derechos Humanos. Implica caer en posturas reduccionistas, egoístas y miopes propias de los nacionalismos rancios. Precisamente un error y vicio en el que incurrieron los ilustrados franceses contra la España de principios del siglo diecinueve, y que azuzaron a Napoleón y a su corte de aduladores y propulsores para sus campañas.
España, la de hoy, no puede dar la espalda a descendientes criollos, mestizos o indianos, a los que abrió sus brazos y dio su respaldo desde el descubrimiento de América. Pueblos que desde sus naciones rechazaron la invasión francesa. Gentes y países que abrieron sus puertas a niños, adultos y abuelas que llegaron a sus tierras tras la barbarie del trienio 1936-1939.
Europa no puede permitir que la burocracia partidista de la Unión Europea sonroje la lucha y conquista civil de siglos y siglos europeos desde el Cabo de San Vicente hasta los Urales. Porque además la Unión Europea se va a quedar, si lo permite, con sus vergüenzas al aire: habrá legislado y actuado en contra de uno de sus avances, los Acuerdos de Schengen.
América, que simboliza siglos de esfuerzo por conquistar y defender las libertades y oportunidades para cualquier persona, tiene que impedir que el vaivén de las urnas imposibilite el reconocimiento de sus derechos sanitarios y civiles a decenas de millones de personas llegadas de otros países y continentes. Hombres y mujeres que han participado y participan de su construcción pacífica y honradamente.
Tenemos la posibilidad de cambiar para bien el curso de nuestro tiempo. Tenemos el ejemplo de generaciones pasadas. Recordemos estas antiguas palabras, y como todo mensaje clásico, convirtámoslo en una realidad que podamos vivir y compartir:
“Y para España, el hombre ha sido siempre persona; su relación con el Otro (moro o judío en la Edad Media, indio americano después) ha sido personal; ha entendido que la vida es misión, y por eso la ha puesto al servicio de una empresas transpersonal; ha evitado, quizá hasta el exceso, el utilitarismo que suele llevar a una visión del hombre como cosa; ha tenido un sentido de la convivencia interpersonal y no gregaria, se ha resistido a subordinar el hombre a la maquinaria del Estado; ha sentido la vida como inseguridad, no ha creído que su justificación fuera el éxito; por eso la ha vivido como aventura y ha sentido simpatía por los vencidos. La obra en que lo español se ha expresado con mayor intensidad y pereza, la de Cervantes, respira esta manera de ver las cosas.”  Pensar España con Julián Marías, págs.195-196. 

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