Un pequeño detalle, ¡cuánta vida!




Martes de semana laboral. Las manos van cayendo sobre el teclado con suavidad. Hay agujetas al teclear. No hay prisas, las ideas y las emociones irán fluyendo. Para qué correr, si cada segundo del día no va a volver, pero sí lo podemos disfrutar. Darse cuenta de que en cualquier momento vamos a terminar esa tarea que nos habíamos encomendado, o que un rato después nos encontraremos con la persona querida para compartir un grato sendero. La fuerza volcánica de la tierra marinera hace de ungüento al cansancio acumulado. Vivir es también cansarse. Pero eso es síntoma de que el cuerpo, el alma y la mente viven, y se sienten llenos de ilusiones cotidianas.
        Miro alrededor y os observo con unas pupilas llenas de curiosidad sana y noble. Dejo al margen el estrés que percibo en unos futbolistas que después de encajar un gol en los dos primeros minutos del sábado pasado, entran presa de una maraña de acciones mecánicas que les ha transmitido su equipo de técnicos en los dos últimos años. Esa reacción, que ya es reiterativa, muestra las consecuencias a medio y largo plazo de una filosofía para el deporte, el negocio y la vida, en que lo único importante y trascendente es ganar cómo sea. Son autómatas. Por el contrario, desde otra formación balompédica, con menos recursos de todo tipo, se aprecia un cambio de actitud y de comportamiento sin salir del mismo escenario. Se llama talante ante la vida, lleno de ilusión y de mesura ante las propias circunstancias de ese grupo de deportistas.
Excelentes ejemplos con esa condición los tenemos presentes durante estos años en las selecciones de fútbol de España, en el grupo de la Masía, en los chicos y en las chicas de baloncesto y balonmano, o en las sirenas de la natación española. Esos hombres y mujeres son realidades que han salido al frente con mucho tesón, esfuerzo, constancia, inteligencia y sensibilidad. Sus vocaciones tienen en la ilusión su fuente diaria de energía. Sus capacidades para entender la vida como un camino en el que se convive con relaciones interpersonales y de grupo, nos ayudan a entender sus logros y sus actitudes para lidiar los momentos duros que se les presentan como a cualquier hijo de vecina.
Estoy sentado en la playa. El majestuoso Teide nos emociona con su presencia desde la otra isla. Esa montaña desde cuya cumbre se ven las Siete Islas en los días de cielo despejado. El Teide es diferente porque su cuerpo descansa pacífico y asentado sobre su cordillera. Desde la isla de Gran Canaria, su hermana, la Cumbre de Santa María de Guía le sirve como compañera geográfica de viaje. Miramos a la montaña grancanaria y, a continuación, a la máxima cumbre tinerfeña y española, y sentimos una sensación similar a cuando contemplamos el dúo de la Torre del Oro y de la Giralda. Y de por medio, aguas del Atlántico, aguas del Guadalquivir. Aguas dulces que se funden con las saladas para unir mundos y, sobre todo, personas.
En apenas unos minutos, una serie de escenas dignas de la literatura de Blasco Ibáñez o de la paleta de Sorolla se desencadenan frente a nuestros ojos. Primero, un chiquillo contento de unos cuatro años sale corriendo con un móvil en la mano. Su actitud es desenfadada, juguetona. Con ese espíritu propio de quien quiere mezclarse con su padre y su madre, y hacerles cómplices de sus juegos. Recordarles que él y ella también tuvieron su edad. Y, sin embargo, primero su progenitor le quita el móvil con actitud severa. Segundo, cuando el chiquillo ya está sentado meditabundo en la arena, su progenitora le reprocha su juego. Coge ella el celular y comienza a hablar pispa mente con su amiga.
Él, en actitud propia de un pequeño filósofo, no grita, no llora, no se queja. Se queda en silencio y mira a los ojos a su pequeña hermana, una nena de unos dos años, que se encuentra a unos cinco metros. Con su mirada le dice todo, le comunica cuánto está sintiendo, cuánto está pensando, cuánto está viviendo.
        Y como la vida, la tuya, la nuestra, es una sucesión de escenas y escenarios, aparece el maestro Azorín con su pluma de manera pausada, haciendo la transición e introduciendo un nuevo cuadro. Lo interpreta un quinteto. Lo integran personas de tres generaciones; los abuelos, los padres y el niño de unos tres años. El chiquillo hace de locomotora del tren. Es el maquinista del AVE improvisado. Los coches o vagones del tren, su padre y su madre que le siguen cómplices. Su abuela y su abuelo les siguen de cerca saboreando la escena. Eso es la magia para la vida. No hay trampas ni cartón.
        Y para cerrar este artículo, en el que mis dedos sienten la torpeza al teclear tras una semana de ganado descanso, una imagen digna del Bosco. ¡Cómo es la vida! La tuya, la nuestra, la de todos. Los artistas pasando con su literatura para narrarnos la existencia diaria. Si antes eran los españoles del Mediterráneo valenciano, ahora es el europeo flamenco del Bosco. Niños y niñas de nueve a cinco años jugando. El mayor, un rubio de metro cincuenta, piel bronceada, ojos claros, es el flanco del ataque juguetón del resto del grupo. Él también contra ataca. Son ocho, como los de aquella serie televisiva de finales de los setenta, ¡Con ocho basta!, los que le tiran bolas de arena humedecidas en agua. Es un ejército que no busca hacerse daño, sino divertirse, de Ochos con Uno. No hay lesionados, ni lisiados, ni lloriqueos ni quejas. A lo máximo a lo que llegan es que a uno de los más peques le entre arena en la boca, y con espontaneidad vaya a su madre para que se la limpie. Terminada la limpieza, se reintegra con normalidad al grupo. El Bosco termina el trazo del cuadro uniendo a los Nueve junto a sus padres y madres en la orilla de la mar dándose un baño. De fondo, se escucha a una de esas madres decirle a otra que ha ido a compartir esa fiesta cotidiana, ¡qué bien se lo pasan!

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