Burocracia, lacra prescindible 1




Ayer, cuando terminé de trabajar, me llamó mi amigo el Rúas. Necesitaba el hombre, que tenía su segundo día libre de la semana, comentarme los detalles de su nuevo reportaje que saldrá en las páginas centrales del periódico en los próximos días. Lo difundirá en varios capítulos. El asunto, la burocracia y sus tentáculos. La visión del Rúas, como sabéis, es profunda, serena, llena de sensibilidad y experiencia de la vida. Nos citamos en el Rick´s Café. Él se pidió una copa de vino de Oporto, es su contribución personal al avance de la economía y del pueblo portugués. Y yo opté por un zumo de tomate de la huerta andaluza. Venía Rúas lleno de fuerza tras haber estado pasando el día en la costa onubense. Le gusta irse allí donde se funden los terrenos de España y Portugal en las lindes entre Ayamonte y Villa Real de San Antonio.
        Y comienza Rúas a ponerme al día sobre el tema analizado. Mira niño, comencé la indagación yéndome a la sede de una Delegación de una Consejería. En España, como en otras partes, los delegados comenzaron a ponerse en boga en tiempos del antiguo régimen. Por lo visto la gobernaba un muchacho militar golpista nacido en la terra galega. Desde entonces, ya en plena transición democrática, esa que está tan en tránsito que parece que aún no ha llegado de verdad al pueblo español, o que éste se ausentó en demasía desde el año 1978, los delegados se han reproducido como los gusanos de seda en pleno proceso biológico. Y con ellos la patulea de carguitos públicos, funcionariales o privados que genera la corte burocrática. El Rúas se metió en la sede de la Delegación con la excusa de ir a registrar una serie de composiciones musicales. No os había dicho hasta hoy que el Rúas es un magnífico compositor y arreglista de jazz, flamenco y bosanova. En su niñez y adolescencia se sacó los títulos de grado medio y superior en el Conservatorio.
        Nada más entrar en la Delegación, echó una primera visual al grupo de personas que allí había: el guarda jurado de empresa privada que le tomó los datos. A su diestra un conserje de edad más cercana a los sesenta que a los cincuenta. Y en el centro del mostrador más amplio, de unos cinco metros de longitud, otro conserje. Tras acreditarse, se dirigió al Departamento de Registros de la Propiedad Intelectual. Allí estaban los dos técnicos. Le atendió con amabilidad y profesionalidad uno de ellos. Rúas realizó las tareas básicas de inscripción de su nuevo disco y recibió el impreso administrativo para pagar la tasa correspondiente. Era su manera de contribuir a poner a España nuevamente en el grupo de cabeza de la Liga de Campeones, para que aquel clon español, desgraciadamente solo físico de Mister Bean con hijas góticas, pudiera decir años después, ¡veis que los brotes verdes que os anuncié no eran fruto de mi talante, sino de mis reformas!
Y con acento gallego balbuceante, que parece que el señor presidente no fue a las primeras lecciones de dicción, le corrigiese a aquel a posteriori: ¡para reformas las de mi gobierno! Que no sabía si pedir o no pedir la ayuda ya visada a las antiguas cajas de ahorro. ¿O es que ahora sí, hay contubernio entre Partitocracia y medios afines para vender periódicos opiáceos del espíritu?
        Miré al Rúas y le apunté: ­-me recuerdan esos dos a Cánovas y Sagasta, a Miau de Galdós y a los trabajadores pasándolas canutas mientras la oligarquía sumaba y sumaba dineros y posesiones.
        Así es, querido amigo, -afirmó Rúas. Aquí mucho figurón de adorno y poco espacio se da a los técnicos que hacen ciencia, ya sea en la agricultura o ganadería, ya sea en la medicina o en la ingeniería.
        Antes de emprender el camino de vuelta Rúas a casa, regresó a la Delegación, entregó la copia de haber pagado sus tasas y se quedó con su ejemplar de la misma. Al salir del edificio palaciego, comprobó que en la recepción donde había antes tres personas, ahora ya eran cinco. Pensó en la parábola de la multiplicación de los panes y los peces. Mientras lo hacía, aún le quedaba el soniquete del técnico que le había atendido cortés y profesionalmente, diciéndole que tenían hasta un año para notificarle el plácet. En alguna ocasión anterior, con un arreglo de unas partituras que le había encargado el Director del Teatro Maestranza, ese plazo había superado los dos establecidos: primero el de los seis meses, de la norma antigua. Segundo, el de los doce meses, de la norma nueva. Esto de los cambios de plazos y normas, como sabes, querida lectora, es para darle alpiste a los pájaros que hacen las leyes en los Parlamentos. Esos que participan de la Santa Hermandad de la Partitocracia andante.
        Aquel mediodía se sentía el Rúas torero, aunque solo fuese por el hecho de estar pisando el barrio del Arenal, que desde al menos los tiempos de Cervantes había conocido la lidia de la fauna humana y no humana más variopinta. Y tomó por el tramo de la Avenida de la Constitución, en otras calendas llamada de José Antonio, por la costumbre inteligente de los burócratas que acompañan a la vasca política de meterse el dedo en el ojo cuando llegan a la poltrona, y desviar lo que están tramando y haciendo con los cambios de nombres de ciertas calles y avenidas. Cuando eso ocurre, y es costumbre antigua como el pavés en los cascos de la Vieja Europa, el Rúas que hasta lleva en su nombre su hidalguía, ya intuye el olor a podrido en el reino de Hamlet o de Juan Carlos. Tanto Monta, Monta Tanto.
        Por cierto, mientras yo le daba un sorbo al delicioso jugo de tomate, y sonaba de fondo As time goes bye, meditaba si las nuevas generaciones de estudiantes españoles y europeos del Derecho, estudiarán en su primer curso las constituciones vigentes. En el caso español, la de 1978. Posiblemente, me apunta el Rúas, documentado como pocos en estos quehaceres del periodismo, como su aplicación queda ya tan lejana, se les dará unas nociones básicas en el último curso de carrera, eso sí, visado por Bolonia, dentro de la nueva materia optativa conocida con el nombre de Sueños de Atapuerca, la España y la Europa que pudieron ser y no fueron.
        Si te ha gustado bella lectora, si lo has disfrutado caballero lector, mañana seguiremos con las andanzas del Rúas y el Dr. Perenne visitando la burocracia mercantil de los autos sacramentales. 

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