Compradores compulsivos




El sábado por la noche tuvimos una cena tertulia en casa del Dr. Perenne. La chova al horno que cocinó exquisita. El vino blanco, uno de la cosecha de Rueda, magnífico para tal bocado. El queso semicurado delicioso. Los mojitos que saboreamos durante la tertulia que se prolongó hasta bien entrada la madrugada, dignos de un coctelero con solera. La verdad es que a Perenne además de la cirugía y la medicina, siempre le ha encantado la cocina. Es lo que se dice un sibarita a quien le gusta compartir la cultura de los fogones.
        En su terraza, la temperatura era agradabilísima, corriendo una ligera brisa que traía los olores húmedos del otoño. ¡Qué placer sentir la tierra húmeda! Atrapar los aromas que los árboles y las plantas nos transmitían. Y la continuación de la tertulia, con mojitos de cachaza entre nuestras manos, vino de la mano de otro tema de nuestro tiempo: los compradores compulsivos.
        Perenne es un enamorado de los buenos mercados de abasto. Le encanta entrar por cualquiera de los cuatro puntos cardinales de los mercados, y deleitarse con los sabores, los colores y los aromas de frutas, verduras, carnes, pescados, pasteles artesanales, chacinas, inciensos y plantas, que cualquiera de nosotros podemos encontrar en cualquiera de los excelentes mercados de abasto que hay por la Geografía española. Es el gremio de los placeros españoles de los que tienen más sabiduría y encanto de los que hay por el Mundo, ya que sus orígenes se remontan a la Edad Media, y se han transmitido sus conocimientos y vivencias de espíritu artesanal de generación en generación. Sobre todo si el legado intergeneracional se ha comunicado y legado con sensibilidad. Con esa capacidad de saber irradiar a las nuevas generaciones lo valioso adquirido en el trato con proveedores y clientes, y darle un toque personal al negocio. Si se ha tenido el espíritu y la mente abiertos para aceptar las nuevas aportaciones de la nueva generación que recogía el testigo. Ese otro tema que abordaremos nuevamente en un próximo artículo de este blog, mientras tanto solo lo dejamos apuntado y sugerido. Es cuestión importante y que nos obliga a un tratamiento delicado y detenido.
        Pues Perenne nos contaba a sus invitados que tras rematar la compra para la cena y para los primeros días de esta semana que comenzamos hoy, se acercó hasta el supermercado más cercano para comprar unos refrescos para los mojitos. Por más seña se trata de una cadena de alimentación al por mayor de origen alemán. Cuando Perenne se hizo con las latas de refrescos, en apenas un par de minutos porque conoce su ubicación, observó la situación en aquel momento del mediodía de las cajas del supermercado y eligió una de ellas. Era el tercero de la fila. El primero era un hombre con pinta de estar recién jubilado y llevaba un carrito de mano. Aquel sesentero, abuelo, comenzó a sacar cajas y cajas de leche. Perenne con su ánimo observador contó hasta 24 tetra brik. La cajera comenzó a impacientarse.
        Pero es que mientras Perenne esperaba con tranquilidad en la cola, la mujer que tenía delante, también de la misma generación que aquel, iba y venía de la fila a las calles más cercanas del supermercado, cogiendo cosas. En el primero de sus viajes de ida y vuelta, se trajo dos bolsas más de mantillo. Y es que Perenne se percató de que ya tenía una anteriormente en su cesta de la compra. Sin embargo, aquel volcán femenino en pleno fragor de explosión compradora, en un segundo trayecto se fue hasta el lugar donde se hallan los frutos secos y se trajo varios paquetes de pipas y variados. A eso que un chico veinteañero, que iba justo detrás de Perenne en la fila del cajero, le miró mostrando su disconformidad e impaciencia con las situaciones que estaba viviendo. Perenne, con ese talante sabio para la vida que ha adquirido con su camino vital, le miró y le dijo, muchacho no te preocupes y sonríe ante lo que estás viendo. Éste con su acento de francés le contestó agradecido e intentando calmar la ansiedad que le estaban transmitiendo aquel hombre y mujer que podían ser sus progenitores.
        Cuando el comprador de leches compulsivo y la disparadora de compras terminaron de rematar su faena, le llegó el turno a Perenne. Sacó una de las doce latas de refresco que llevaba, se la mostró a la cajera y le abrió la bolsa que llevaba para que aquella comprobara que le había dicho la verdad. La mujer, de unos cuarenta y tantos, que reflejaba el cansancio por las horas del día que ya llevaba trabajados y por los dos últimos clientes, suspiró eliminando parte de los nervios y de las prisas acumulados. A Perenne también le llegó el suspiro espontáneo del estudiante Erasmus que venía a su espalda. Cuando Perenne pagó y salió del supermercado, se dijo a sí mismo, si la gente se comportara como el tacto y el sentido común marcan, menos personas nos llegarían a las consultas u a otras áreas más graves de los centros médicos y de los hospitales. Si la gente viviera como hay que vivir, dando tiempo al tiempo, viviría saboreando la alegría cotidiana. Cuestión de aprender a vivir, asignatura básica a impartir desde el hogar familiar a las escuelas, desde el vecindario y las plazuelas públicas a las universidades. ¿Será posible que podamos impartirla y aprender por el camino? Eso ya es cuestión tuya, nuestra. 

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