Diferencias intergeneracionales, cuestión decisiva



Lectora, lector, como sabes, para afrontar las circunstancias de la vida personal y colectiva es necesario e imprescindible que centremos la atención, la observación, el estudio y la toma de decisiones sobre aquellos temas que resultan decisivos. Sin lugar a dudas, las diferencias intergeneracionales lo son desde hace años, desde hace décadas. No es la primera vez que lo abordamos en este blog. Y en estos tiempos que compartimos, en los que vivimos varias generaciones, como en cualquier otro, se ha convertido en una disyuntiva que tenemos que asumir y afrontar desde la claridad, el rigor, la coherencia y la honestidad. No hacerlo supondrá no coger por los cuernos problemas, lagunas y necesidades a los que la vida propia y ciudadana exige a diario plantearse, desarrollar un debate comprometido y adoptar planes de acción con los que dar respuestas.
        En la Alemania del verano de 2002, se estaba empezando a desarrollar la precampaña electoral para los comicios estatales. En las conversaciones de los hombres y de las mujeres de mi generación, la que va de 1967 a 1981, con sus padres y madres, pertenecientes a la generación de 1940 a 1954, pude apreciar en la mayoría de los casos observados, unos puntos de vista muy diferentes entre progenitores y vástagos a la hora de las opciones políticas a elegir cuando llegara el día electoral. Evidentemente también había casos de familias cuyos miembros iban a dar el voto al mismo candidato y partido. Esta realidad segunda era menos habitual. Era interesante escucharles a unos y a otros, sus opciones, sus planteamientos. La voz de la opinión pública, la libertad de pensamiento, de expresión, de acción, estaban vivas. Otra cuestión era que estuvieran acertadas. Errar es de humanos. En España entonces, antes y ahora, en cambio apreciaba que las coincidencias entre padres e hijos no estaban tan marcadas. Por supuesto, había y hay posiciones muy distintas, incluso algunas casi opuestas. Al menos en la teoría, porque en la realidad práctica del día a día, hemos comprobado que los extremos se abrazan. Ese detalle español también me llamaba la atención desde principios de los años noventa. Era como una especie de lealtad de la hija a la madre el dar el voto al mismo partido.
Por entonces, dada mi actividad periodística e investigadora incipiente, y lo que iba aprendiendo en libros serios sobre lo ocurrido apenas sesenta o setenta años antes, tanto en España como en el resto de Europa o América, desconfiaba tanto de las tomas de posiciones de unos como de los otros. Eso me hizo tomar la opción del votante en blanco. Lo ocurrido desde hace años y lo que estamos viviendo, me ha corroborado lo que intuía, lo que iba aprendiendo por el camino, las luces que me mostraban personas con más vivencias.
Y, sin embargo, las cuestiones de las polis, de los pueblos, de los países, las cuestiones internacionales, tenían entonces como ahora que ser afrontadas. Por tanto, no valía ni vale dejarlas a un margen y no asumir decisiones personales. En eso como en otros quehaceres nuestra gratitud hacia nuestros tatarabuelos, los griegos clásicos.
La vida ha continuado para todos desde aquel verano de 2002. Y hace unos días, mientras disfrutaba de unas vistas a pie de la Giralda tomando algo, aprecié la llegada de un grupo de profesores y estudiosos sobre la figura de Carlos I de España y V de Alemania. Me percaté por la carpeta de cuero negra con letras grabadas en oro que indicaba aquel hecho, aquel congreso. Conforme fueron pasando hombres y mujeres, percibí que ninguno de ellos tenía menos de cuarenta y cinco años. Es más, estaban los más cercanos a esa edad a los cincuenta que a los cuarenta. Pero es que la mayoría de los participantes que deambularon por allí superaban los cincuenta años de largo y alguno era ya era emérito. Al verles, me pregunté ¿dónde están las otras generaciones, los de treinta y algo, y los que están entre la década de los veinte y los dieciocho? Con ellos no había ninguno.
A raíz de aquella visión de la realidad, pensé en la gerontocracia que se gestó alrededor de los Soviets en la antigua URSS y en sus países satélites. Que también hemos visto ya las consecuencias que han tenido para sus Estados y los restantes. Si los maestros Ortega y Marías ya alertaban de la peligrosidad del juvenalismo, qué podemos decir de la misma afección, pero llevada a la opción del senectismo. Precisamente, Ortega y Marías fueron jóvenes, y sobre todo, se rodearon ya de adultos tanto de jóvenes como de personas de su generación y de otras mayores para hacer sus vidas. Contaban con unos y con otros, con las diversas generaciones para hacer sus vidas. Esta contemplación de esas realidades que os acabo de narrar, que os he presentado, me lleva a hacernos una serie de cuestiones: ¿es posible construir otro tipo de relaciones intergeneracionales? ¿Qué se está dispuesto a compartir? ¿Qué no? Por qué.
Al final, si la vida se completa en la totalidad de su estructura empírica, cada mujer y hombre va a transitar por las diferentes edades, por las diferentes etapas de la vida. Por tanto, la vida y la convivencia nos va a obligar a saber pedir y a saber dar. A atender a los enfermos y a ser atendidos. A superar la soberbia y el orgullo desmedido, y a dar cabida a la humildad. Tal vez si intentamos con honestidad seguir esos senderos, el mundo cotidiano y el mundo global serán más cercanos a lo que proyectamos de lo que nos encontramos posteriormente. 

Comentarios

  1. Manuel, tu inquietud se transmite no sólo en lo que dices, sino en cómo lo dices, a ráfagas, sin desalentarte.

    Un abrazo.

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  2. Rafael toca decir lo que estamos viviendo y por qué. Las torpezas o injusticias que están presentes para intentar remediarlas. Que las personas y los colectivos generen una conciencia comprometida capaz de con sus actos cambiar nuestra realidad cotidiana. Un abrazo.

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