El Guadalquivir, cuestión de todos




Miércoles, la semana avanza, y tú en ella, vosotros en ella. Fluimos como el agua, como el aire. Ayer, como sabes y sabéis, me cité con el Rúas, que se encontró con Sancho Panza, Don Quijote y Cervantes. Pues esta mañana, aún de madrugada, cuando el sol comenzaba a dar luz y calor al rocío matutino, me he citado con el Dr. Perenne. Acababa el hombre, como tantas veces, de salir del hospital, de esas guardias que parecen que no se acaban. Y tenía él la necesidad de respirar aire puro, de sentir la paz de la naturaleza. Así que decidimos vernos en la ribera del Guadalquivir. Nos citamos en el Arpa, ese puente que hace música para los espíritus sensibles que son capaces de que les hable y les regale partituras aquella estructura arquitectónica y civil. Bajamos la escalerilla y nos pusimos a caminar.
        El Guadalquivir, el río Betis en tiempos de la Roma clásica porque nace y transcurre por la Bética. El Río Grande de los árabes. Y me pregunto, siguiendo la teoría de los injertos de Marías, si aquellos árabes que le pusieron aquel nombre, al hacerlo, pensaron y sintieron en otro río. Y al meditar y sentir en aquella otra corriente enorme, aún más grande, que es el Nilo, evocaron en las características y aguas del Guadalquivir la magia de su hermano africano. Quede ahí la disyuntiva, la hipótesis de trabajo, la pregunta, para que cualquier buen historiador de esos dos ríos y de aquella decisión árabe nos ayude a salir de la misma.
        El Guadalquivir, que como cualquier otro río, vas a parar a la mar, ¿verdad Rafael?, el niño marinero al que su padre le arrancó del Atlántico y de las aguas dulces del Guadalquivir, y se nos puso a soñar palomas y gaviotas de paz. La paz de su espíritu y de su gente. Miramos el Dr. Perenne y yo el margen del río que tenemos más cercano. Vemos juncos y otra flora propia de él. Y observamos la dejadez en que las autoridades políticas, administrativas y empresariales que tienen las competencias sobre su cuidado y mantenimiento han caído en el último año y medio.
Y surge el ánimo y el talante de cirujano del amigo Dr. Perenne. Le pega un pellizco el estómago. Se retuerce él, que viene de atender a pacientes de la Unidad de Cuidados Intensivos o que acaban de pasar a planta, cuando ve el estado en que está ese margen derecho, paralelo a la Avenida de Torneo, del Guadalquivir.
No se han podado los juncos ni la flora restante en mucho tiempo. Se ha dejado pasar el tiempo, el de hacer las tareas que exigen el río, su flora y su fauna. Hay restos de desperdicios humanos también flotando y acumulado entre aquella flora hoy con salud, pero en peligro de caer enferma. Y si la flora del Guadalquivir enferma, lo hace el río, su ecosistema. Y la población que tiene la suerte, por lo visto no lo suficientemente bien amada, de que el Guadalquivir bañe sus tierras. Esa gente que luego cuando llegan la primavera y el verano se van a las costas de Cádiz y Huelva para disfrutar de su veraneo. Pues hombres y mujeres de aquí y allá, cuida tu río, y tu río te cuidará. Eso también es tu responsabilidad, cuando menos como la de cualquier hijo de vecina de cuidar sus recursos.
        Tienen en ti, Guadalquivir, la ciudadanía del 15 M y del 25 S, por ser río de todas las personas, motivo para manifestarse, para ejercer la libertad de pensamiento, expresión y acción por exigir a las autoridades competentes el buen mantenimiento de sus recursos hidrográficos. Si miramos para otro lado, el Guadalquivir hablará por nosotros. Lo hará, como lo hicieron los mares y océanos con sus tsunamis. Ya lo hizo el Guadalquivir durante los otoños e inviernos de lluvias intensísimas de 2009 y 2010, cuando a su paso por localidades como Lora inundó casas que nunca debieron de ser construidas donde fueron.
        Limpiar, adecentar los márgenes del Guadalquivir, fuente donde crear empleo necesario. Labor donde pueden participar desde expertos en la materia hasta personal con una cualificación básica, pasando por técnicos. Y su labor tiene que mostrar que son competentes en sus tareas porque se hará con dinero de todos y hay que dejar el legado a los que vienen por detrás. Y a éstos habrá que enseñarles la importancia de cuidar y preservar sus ríos y sus recursos naturales. Hacer con esos niños y niñas como hacía la gente de la Institución Libre de Enseñanza y de la Residencia de Estudiantes, como nos evocaba la magnífica película La lengua de las mariposas. Esos mozalbetes llevados a la propia naturaleza para que sepan de su importancia, para que aprendan sobre el propio laboratorio del terreno, cómo se producen los fenómenos biológicos, naturales. Y cómo incide o no la intervención de la persona sobre ellos.

        Ahora que el miércoles sigue avanzando, como lo hacen mis dedos mientras escribo este artículo, es momento de armarse con el espíritu del artesano y ponerse a la tarea de cuidar tu río, nuestro río. Es tarea de todos. Vivas donde vivas, mira a tu alrededor, y tú, vosotros, pondrás y pondréis nombre al río, al mar, a la sierra, al campo. 

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