Envidias que acarrean injusticias




Miércoles víspera de puente. En España y otros lugares denominado de Todos los Santos; en Estados Unidos de Halloween. El significado, el contenido, el mismo, el homenaje a los muertos, a los que pueden estar viviendo la otra vida desde entonces. Se atisba marcado por las lluvias en buena parte de la Península Ibérica, así que paraguas, chubasqueros, gabardinas y botas serán compañeros de viajes en los próximos días.
Ayer, por la tarde, se presentaron en casa Sofía y Rúas para ir preparando la visita del próximo sábado a la Sierra de Aracena. Tierra de gran belleza por sus cordilleras, sus encinas, alcornoques, romeros, oréganos, y tantos arbustos y especies. Tierra hermosa por sus rutas de senderismo en las que cualquiera podemos comprobar el dicho popular más a gusto que un cochino en el barro, cuando contemplamos la presencia de los cerdos ibéricos literalmente acostados sobre la sombra de la copa de una acogedora encina. Tierra digna de visita por la cercanía de sus gentes. Perenne nos estará esperando con su familia en la casa que tiene allí para regalarnos su hospitalidad. Por eso, aplicándome las enseñanzas de Perenne y de mis mayores, recibí a Sofía y Rúas con un buen té rojo y unos pestiños. La lluviosa y húmeda tarde invitaba a la conversación regada por la infusión y el sabor a miel y pasta artesanal de aquellos.
Nos sentamos alrededor de la recién inaugurada mesa de camilla, ubicada en el despacho de trabajo y rodeada de parte de la librería y de mi particular servicio de documentación, y tomó la palabra la elegante Sofía. Venía con un vestido de lana fina de color verde musgo y su gabardina de azul oscuro. Llevaba puestas unas botas negras sin tacón. Dada su altura y las copiosas lluvias, era un calzado de lo más apropiado.
–Me he encontrado con una amiga, periodista, y le he preguntado cómo le va. Antes era la encargada de hacer las entrevistas en un programa que estaba funcionando muy bien por su calidad y agilidad. Hace tiempo que me llamó la atención, primero, que ella dejase de salir en pantalla durante las interviús. Y segundo, algo menos, dados los recortes, que el programa desapareciese de la parrilla aunque tenía muy buena audiencia.
        Rúas, que venía con su habitual conjunto otoñal, esto es, sus pantalones marrones de pana fina, su camisa de cuadros y zapatos de piel abotinados, intuyó el motivo de la primera decisión: que la figura de la joven periodista no apareciese en pantalla, aunque sí su voz mientras preguntaba a los invitados que ella misma buscaba.
–Tiene toda la pinta de que alguien del equipo de producción se puso celoso porque esa mujer está haciendo muy bien el trabajo.
Ante la aguda y coherente respuesta de Rúas, Sofía y yo lanzamos una sonrisa de complicidad. Rúas conocía los entresijos de la profesión y de los mundos periodísticos, pero también desde sus reportajes se había convertido en las tres últimas décadas en un leal defensor de los trabajadores de cualquier ámbito que hacían bien y honestamente su trabajo. Esa manera de proceder de Rúas, que en ocasiones le había provocado graves discusiones y enfrentamientos con algún ejecutivo de los medios en los que había trabajado, o con carguitos a dedo de empresas y entidades públicas, sin embargo, le había hecho ganarse el respeto y aprecio de lectores, oyentes, compañeros comprometidos de cualquier mundo laboral y de las personas que le tratamos a diario. Él con esa manera de ir por la vida, sí que estaba contribuyendo a hacer las relaciones laborales y, por tanto, humanas, más justas y democráticas. Frente a aquellos compulsivos legalistas y diputados que se iban quitando o dando el turno, que solamente hacían leyes que quedaban en aguas de borraja; Rúas con su ejemplo iba marcando el sendero a recorrer cuando se producían casos como el citado.
Tras darle un nuevo sorbo al rico te, vimos Sofía y yo como Rúas respiraba el incienso a lavanda que había colocado un servidor un rato antes de que ellos llegaran. Sonrió transmitiéndonos una amplia y sentida sonrisa, y retomó el verbo para contarnos algo similar entre un grupo de artistas que él conocía. La narración y los detalles que comenzó a aportarnos mostraban que si desde la incorporación masiva de las mujeres a los quehaceres profesionales, normalmente aquellas recibían la envidia y, por tanto, la injusticia, causada por algún jefe varón; de un tiempo a esta parte, las situaciones se estaban dando no solo en el sentido contrario sino también entre mujeres. El supuesto que nos contaba no podía ser más mezquino, absurdo e ignorante. En el fondo, toda envidia e injusticia, lleva acarreada una importante dosis de ignorancia, porque la persona envidiosa con su comportamiento y actitud deja de recibir toda la energía positiva, la sensibilidad, la inteligencia y el espíritu del sujeto envidiado. Se queda en el reproche vacuo, en la desconsideración demagógica, por consiguiente, se aleja de recibir el influjo valioso de quien puede dárselo. Y al final, antes o después, y de eso sabía mucho el bueno y sabio de Miguel de Cervantes, que recibió la actitud injusta y envidiosa de demasiados coetáneos y contemporáneos, entre ellos el insigne Lope de Vega o el patético Avellaneda, la vida acaba poniendo a cada uno en su sitio.
Entre aquel grupo de artistas al que se refería Rúas había una mujer que estaba en los cuarenta años, que se dedicaba a intentar sabotear las actividades que otra compañera organizaba. Lo curioso es que la menospreciada con su bondad y generosidad participaba y fomentaba cada acto o convocatoria que hacía la saboteadora. Y, sin embargo, la ruin de aquella cuyos pinceles solo llevaban la proclama de eslóganes con altos valores que después no aplicaba con sus semejantes o con sus compañeros –dicho esto tanto con lenguajes espirituales o sindicales, para gusto de creyentes, agnósticos y ateos–, los vaciaba de contenido con su manera de proceder en la vida.
        Ya sabéis mujeres y hombres que nos alegráis con vuestra visita y lectura el Rick´s Café, ojo avizor cuando os topéis con ruines de ambos géneros que vayan así por este camino que es la vida. Dadle un capotazo y colorín colorado esta aventura por hoy a su estación ha llegado. 

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