La falta de sensibilidad



Estaba en la oficina cuando de pronto sonó el timbre. Salí y eran el Rúas y Perenne. No venían solos, venían con una bolsa de rafia en la que traían una botella de buen vino de Ribera del Duero, y tres papeles de estraza con jamón, queso viejo y salchichón ibérico. Y pan de pueblo porque Perenne había ido a atender a una paciente a la Sierra de Aracena y se trajo una buena hogaza. Apagué el ordenador, puse un poco de incienso y nos sentamos en la mesa de las viandas. Veíamos llover a través de la cristalera de la terraza. Comencé a escucharles, el primero en hablar fue Rúas, que venía ataviado con un pantalón vaquero, una camisa de cuadros verdes con líneas verticales rojas de franela y una cazadora de cuero.
        Fijaros lo que me pasó ayer por la tarde. Estaba leyendo un poemario que me ha hecho llegar un compañero desde Madrid. Me hallaba metido en plena tarea tomando notas para la entrevista al poeta. La tranquilidad en la cafetería era maravillosa. Llegaron tres vecinos, a los que saludé, y se tomaron su cafecito con buen rollo y a su aire. Ni se les notaba su presencia. Se marcharon al terminar y yo continué con mis notas de trabajo. Pues al ratillo, aparece un grupo de seis mujeres de entorno cuarenta años, año arriba año abajo, con un hombre. Desde que entraron en el salón de la cafetería se hicieron notar. Vozarrones que iban y venían, sucediéndose las unas a las otras. Incluso aunque con voz también grave él, la suya era la más baja. Presentí que aquel grupo no iba a parar. Parecía que estaban en pleno espectáculo de masas, como si en lugar de haber quedado para disfrutar de la buena tertulia y un café a la hora de la merienda, acabasen de salir de un concierto de los Beatles en plena efervescencia de la banda de Liverpool, cuando ellas se tiraban de los pelos y gritaban encolerizadas.
        Ante aquella descripción que nos hacía Rúas con su talante de reportero auténtico, no pudimos más que esbozar alguna que otra carcajada de complicidad. Y comenzamos a preguntarnos ¿por qué se están produciendo ese tipo de comportamientos? Históricamente, a la mujer en el plano personal y colectivo se le ha otorgado un lugar de excelencia en el cultivo y en la práctica de la sensibilidad, de la educación exquisita y profunda. Sus actos y comportamientos iban ligados a la dulzura en el trato, lo cual también solía ir ligado a la fortaleza de carácter para tomar decisiones inteligentes y necesarias.
        En plena tertulia con Rúas y Perenne por aquel acontecimiento, lanzamos la siguiente pregunta, ¿se han contagiado de las toscas maneras de los hombres en el trato? Y tras ella una serie de cuestiones nos fueron yendo y viniendo a los tres: ¿para qué sirven la educación desde la escuela a la universidad, en el hogar familiar, si gritan como si fueran seres encolerizados? ¿Se comportan de igual manera en sus ocupaciones profesionales o en sus hogares?
        Pero el anecdotario de Rúas, con graves consecuencias para las relaciones interpersonales y para la calidad de vida ciudadana, no quedaba ahí. Continuó con su narración de los acontecimientos –antes de irme del lugar para evitar la incomodidad, comenzaron a graznar acerca de los wasap. Wasap iba, wasap venía.
Y es que a aquel hombre y a aquellas seis mujeres el sentido de la libertad les llegaba para eso. Se sentían libres y maduros porque podían mandar wasap a fulanito y menganita. Años y meses antes, se habían sentido libres porque ya podían mandar sms. Convenimos Rúas, Perenne y un servidor, en que la mujer y el hombre del Paleolítico, aquellos que se comunicaban con sonidos rudimentarios, con lenguas primitivas, con bellas obras de arte como las de Altamira, tenían un sentido de la libertad, de la comunicación y de la convivencia más inteligente, sensible y maduro que aquel septeto. Tras hacernos esa reflexión, volvimos a preguntarnos, ¿es esto progreso? ¿Qué progreso?
-Involución, contestamos al unísono.
        Y claro, Perenne siempre preocupado por las consecuencias sobre la salud que tienen esos comportamientos absurdos, ahondaba en la repercusión para la laringe, la faringe y los oídos que semejantes vozarrones que se suceden alocadamente tienen para quienes así se comportan o para quienes los sufren.  
Terció Perenne en la conversación y nos puso sobre la pista de lo que le había ocurrido a él el día anterior, cuando tuvo que desplazarse al entierro de una mujer casi centenaria en una localidad cercana. Estaba todo el mundo que había ido a acompañar a la familia de la fallecida en el interior de la iglesia escuchando la misa por la difunta, con los únicos sonidos de duelo del campanario y la voz del cura, cuando ambos sonidos normales eran cortados por las voces de un par de hombres en la puerta del templo, hablando sobre otros asuntos. Pero aquellos dos platicantes continuaron con su puesta en escena posteriormente, en el cementerio, cuando ya estaban dando sepultura a la abuela.  
De haber estado sonando el órgano de la capilla, señaló Perenne, todavía se habría escuchado a los dos sujetos. Tras escuchar su vivencia, convenimos los tres en que esto de la sensibilidad no es cuestión de géneros. Es cuestión de personas, de hombres y mujeres que aprenden ese camino. Y de otros que lo abandonaron hace tiempo, si es que alguna vez anduvieron por él. Por tanto, que hemos de tener muleta y capote profundos para promover lo primero, y torear lo segundo. Es cuestión de ser persona y de ser cívico.
Así transcurrió la tarde noche entre Rúas, Perenne y un servidor, saboreando la buena tertulia, las sabrosas viandas y el rico vino. ¡Qué gocéis de este otoñal fin de semana! Os lo merecéis…

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