Pintores impulsivos, ¿por qué?




Es esta cuestión antigua. Lo es tanto, que sería curioso indagar sobre desde cuándo se tienen noticias de ella. Pero, no entrando en detalle certero sobre ella, vamos a analizar por qué determinadas personas se dedican a pintar nombres, garabatos, dibujos y otros símbolos en bancos públicos o en los asientos de los autobuses. Es evidente que la mayoría de las ocasiones lo realizan niños y chiquillas que se encuentran en tránsito entre su niñez y su adolescencia. Pero no son los únicos, más de un adulto o de dos también se ocupa de hacerlos. Por tanto, nos tenemos que cuestionar qué les lleva a realizarlos. Tan extendido está este uso en diferentes ciudades de nuestro país, ciertamente no en todas, que al no tratarse de una realidad exclusiva de nuestra época, sino que también ha ocurrido en otros momentos de nuestra historia reciente, nos hemos de preguntar hasta qué punto se trata de una vigencia o de un uso socialmente consentido. Podríamos decir, dada la reincidencia y persistencia que tiene desde hace al menos cuarenta años, que se trata de una chiquillería consentida.
         Claro que llegado a este punto, el del planteamiento de ese hecho, nos hemos de plantear por qué lo permiten los padres, las familias, los amigos, los vecinos y las instituciones sociales que regulan la convivencia y han de contribuir al mantenimiento y buen uso de los recursos comunes. Es obvio que los bancos de cualquier jardín, parque, o plazuela pública, pertenecen a cualquier hombre y mujer de cualquier país. Por tanto, que cuando alguien pinta sobre ellos, está repercutiendo sobre el buen uso o no de eso que es de todos.
        En los últimos años, en una iniciativa interesante, algunos municipios han permitido y fomentado que los grafiteros y artistas de la calle hayan realizado sus creaciones artísticas en lugares tan curiosos como los contenedores de aluminio para los residuos de vidrio. O también en las fachadas de ciertos edificios de viviendas. Personalmente, me pareció una iniciativa sugerente, inteligente, porque permitía a esas personas desarrollar sus talentos y sensibilidades creativas, su ilusión y vocación por ese camino pictórico. Con sus obras han contribuido a embellecer y a ofrecer una perspectiva fresca, sugerente, de esos recursos y espacios urbanos, públicos y privados. Además, intuyo que contribuyó a fomentar un diálogo entre los jóvenes artistas, las administraciones públicas, los servicios sociales, las entidades vecinales y las instituciones políticas, que se embarcaron en ese proyecto, en esa aventura. Es un camino a seguir explorando con paciencia, con gusto, con intercambio coherente y honrado de experiencias y de posibilidades.
        Llegado a este punto de esta reflexión, me veo, te veo a ti lector, en la obligación de intentar enlazar ambas realidades presentadas. ¿Qué coincidencias se dan entre ambos fenómenos? Hace años, allá por el curso académico 1993-94, en la materia de Estructura del lenguaje, el profesor Garrote nos explicaba con argumentos y datos serios que menos del 3% de los términos que empleaba la juventud pasaba a formar parte del habla de una comunidad lingüística; es decir, que solo una minoría de palabras era asimilada por la ciudadanía y sus instituciones posteriormente para su uso cotidiano.
        Como vengo mostrando en este artículo, se trata de una cuestión personal, a lo sumo interpersonal, esto de las pintadas. Pero que después cobra una inusitada manifestación en los espacios públicos. Por consiguiente, que ha de ser atendida desde el plano personal al plano de la administración pública, pasando por el foro de lo político y de las familias.
Dentro del orbe político, habría que ver qué se ha hecho desde 1978 hasta la fecha para encauzar esa realidad, esos comportamientos. Seguramente más de una o de dos leyes y sucesivos reglamentos para desarrollar la normativa. Palabras, palabras, que quedan muchas veces en papel mojado, porque la realidad de los comportamientos cotidianos nos muestra a diario su inutilidad. Y ésta nace en que no se va al origen de los hechos, a las actitudes, a los comportamientos, a las circunstancias que lleva a la persona concreta a actuar así o dejar de hacerlo. El Parlamento español, como la mayoría de los parlamentos del mundo, ha adolecido desde su constitución por contar con demasiados legalistas, con demasiados licenciados en Derecho. Parece que aquellos tenían patente de corso para representar a la soberanía nacional, y que en su capacidad de promover leyes iba a estar la solución de los problemas nacionales. Visto lo visto, tanto en nuestro país como en otros de la esfera occidental, es obvio que no. Es más, somos conscientes de la degradación en que ha caído la vida política con sus consecuencias para la vida ciudadana debido al yerro promovido por la partitocracia para hacer y deshacer leyes cuando ha accedido a la poltrona del poder ejecutivo y legislativo.
        En el plano de la administración, está claro que hay funcionarios públicos o personal de empresas privadas contratados por la Administración competente, responsables de la supervisión y del mantenimiento de los espacios y recursos de todos. ¿Cómo lo hacen? Ellos también tienen su parte alícuota en que estos episodios no se produzcan y de evitarlos cuando los observan o tienen noticias de ellos. ¿Realizan procesos de seguimiento?
         En el plano de las familias, ¿qué está ocurriendo para que el padre y la madre consientan que su descendiente haga esas pintadas? Y aquí entramos en una circunstancia decisiva en la vida de las personas, las relaciones entre hijos y sus progenitores. ¿Son conscientes los mayores de que sus hijos lo hacen? Si lo son, ¿por qué lo consienten? Tras esos comportamientos puede haber un problema, un vacío de comunicación entre padres e hijos. ¿Por qué no se produce esa buena comunicación? Comunicarse implica compartir, convivir, transmitir inquietudes, curiosidades, ilusiones de unos a otros. Comunicarse ayuda a decirnos cómo queremos vivir y cómo no. A partir de ahí será posible o no ver las posibilidades de desarrollo de los proyectos personales, ser conscientes de con qué recursos contamos.

Comentarios

  1. Gracias por la cita, Manolo. Ya ni me acordaba...
    En cuanto a la antigüedad de los grafiti, pues son de toda la vida. Los más famosos, los pompeyanos:
    http://www.historiaclasica.com/2007/09/graffittis-en-pompeya.html
    Saludos.

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  2. Gracias por la aportación sobre los pompeyanos. Un abrazo.

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