Elogio al niño gitano



Estaba allí junto a su madre, en el día de víspera dedicado a Todos los Santos. Ha alcanzado los cuatro años. Su tos reincidente salía de su garganta, pero parecía no importarle. Más sinceras y fuertes eran sus palabras nacidas del cariño del alma: señora, flores frescas para su casa.
Aquella frase como otras la ha aprendido de su madre y de su padre, vendedores ambulantes. Está aprendiendo las realidades de la vida desde su niñez. Y aquella mañana, que para él había comenzado casi de madrugada, le habían levantado para reanudar una tarea que se ha vuelto cotidiana. Mientras otros niños de su generación estaban gozando de la fiesta de Halloween en sus escuelas y guarderías, él estaba allí en la puerta de una panadería ayudando a sus progenitores a ganarse el pan diario. La juventud les llevó a afrontar el nacimiento de su hijo y, posteriormente, a sacarle adelante.
        Han pasado los años y las décadas, y en cuadros humanos y cívicos como éste se ven las miserias de la Transición y de un modelo de mundo en el que estamos inmersos. Desde los sucesivos gobiernos nacionales a locales, desde los supuestos planes de integración europeos, realidades como la de aquella familia se repetían. Evidentemente, la pasión desbordante de la juventud inexperta les había llevado a alumbrar la criatura. ¿Cuántas parejas de su entorno habían visto antes que ellos vivir la misma situación? ¿Antes de concebirlo, hasta qué punto eran conscientes del paso que iban a dar? ¿Habían meditado sobre las vicisitudes que otros ya estaban afrontando?
El hijo, el tierno y maravilloso hijo, había llegado. Se había encontrado con la vida, y desde su noble y cándida infancia está viendo lidiar el toro de la vida al pie de la arena del pavimento de las calles de la ciudad. Está aprendiendo el valor de la solidaridad, del trabajo y del compromiso sin que ningún profesor de guardería, colegio público, concertado o privado se lo enseñe. No tiene a mano ningún manual escolar ni una propuesta didáctica de papel ni digital. Cuando precisamente aquella mañana, como muchas otras, a esa hora tenía que estar compartiendo el calor, los alborotos y los juegos de los chiquillos en las aulas. Para él, las fichas de los métodos infantiles han sido reemplazadas por el cotidiano caballete de cajas de plástico sobre el que despliegan sus mayores una tabla de madera en la que presentan cubos con ramos de flores. Otros días, otros productos, según los mercados ambulantes vayan demandando. Seguro que ni aquellos veinteañeros cabezas de familia ni obviamente el chiquillo han leído La lucha por la vida de Pío Baroja y, sin embargo, cada jornada ellos tres afrontan esos capítulos de su vida dignos de la literatura.
Se acerca hasta la madre y al niño un hombre que podía ser el padre de ella, el abuelo de él. La imagen, la tos y la voz del niño le han prendido como chispa en sus entrañas. Se ha acordado de que él también es abuelo. Y les compra un ramo de flores. Las dificultades de este tiempo, de cualquier tiempo, se pueden vencer si cada persona pone de su parte y comparte.  

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