Europa contra los corruptores


Hay una antigua frase que dice el vuelo de una mariposa en Oriente puede ocasionar una tormenta en Occidente. Y este efecto es lo que está provocando la irrupción de nuevo del plutócrata y corruptor Berlusconi con su intención de presentarse a las elecciones italianas. Desde que anunciara su pretensión a finales de la semana pasada, una serie de efectos se han desencadenado: la dimisión del Primer Ministro de Italia, Mario Monti, tecnócrata que había accedido al frente del poder ejecutivo italiano tras el consenso entre el resto de mandatarios europeos, la Comisión Europea y las fuerzas políticas italianas. Pero lo que desde el fin de semana se esperaba y anunciaba, la subida peligrosa una vez más de las primas de riesgo española e italiana, no se haya hecho esperar y así está ocurriendo. Lo valioso de este caso es ver cómo han reaccionado los especuladores que están detrás de esas decisiones que provocan la subida o la bajada de las primas de riesgo. Es evidente que Berlusconi, otrora cómplice de esos tiburones de las finanzas, ha dejado de ser un aliado y su sombra se aprecia como una amenaza para la estabilidad de la economía italiana y española. Y al serlo de la tercera y cuarta economías europeas, para el resto de la Unión Europea.
        Ahora bien, el pretendido regreso de Berlusconi a la escena política, que en el fondo es un intento suyo y de sus cómplices por alargar las dos causas judiciales que tiene abiertas, una por abuso de poder y otra por prostitución de menores, además del recurso que presentó a la sentencia firme condenatoria por el caso Mediaset, exige que tanto en Italia como en el resto de Europa se alcen medidas ejemplares y definitivas que eviten la acción pretendida por Berlusconi o por cualquier otro que actúe siguiendo los mismos métodos. Si la Unión Europea exige a los países a los que presta dinero a través del Banco Central Europeo una serie de medidas para compensar esos préstamos; la Unión Europea tiene la obligación política, jurídica y moral de entrar de lleno en situaciones de este tipo que dañan gravemente la salud democrática en el seno de Europa.
La evasión de impuestos, las estafas al fisco y el blanqueo de dinero, motivos por los que Berlusconi ya ha sido condenado a una multa de diez millones de euros, y a una inhabilitación a cinco años de cargos públicos –que posteriormente fue rebajada a un año por la aplicación de la ley del Indulto de 2006 que el propio Berlusconi promovió–, son delitos que la Unión Europea se ha marcado como prioridades a superar y erradicar desde la entrada en vigor del Tratado de Lisboa. Es más, para personajes de la infame catadura ética como Berlusconi, quien fue condenado en 2011 a pagar una multa de 560 millones de euros por haber comprado a un juez cuando adquirió el grupo editorial Mondadori en 1990, la pena de inhabilitación de cargos públicos tendría que ser de por vida. Es evidente que Berlusconi tiene asumida esa condición de ladrón de guante blanco, dispuesto a la menor oportunidad que monte o se le presente, para seguir actuando de la misma manera. Por tanto, el daño que ha causado o causará con sus acciones no será reparado ni evitado hasta que se le deje sin margen de acción. Y los tribunales italianos y europeos tienen hoy en día los recursos jurídicos necesarios para hacerlo posible. El pueblo italiano y el resto de ciudadanos de Europa tienen la obligación cívica de hacer que la Justicia caiga sobre plutócratas como Berlusconi para ir erradicando la corrupción de su vida cotidiana.
    Hechos como los que en este artículo os estoy comentando, fueron denunciados por varios intelectuales europeos desde comienzos de los años noventa del siglo pasado, apenas hace veinte años. Por ejemplo, el sociólogo francés Alain Minc en su lúcido ensayo La borrachera democrática, Temas de hoy, denunciaba que la triada que representaba y vertebraba la soberanía nacional, poder legislativo, poder judicial y poder ejecutivo venía siendo sustituida desde los años ochenta en Occidente por la triada corrupta de medios de comunicación, líderes de partidos políticos populistas y jueces vendidos a sus compradores. La realidad de nuestro tiempo ha demostrado que aquellos análisis de Minc realizados a partir de un coherente y honesto estudio de lo que estaba pasando entonces, se han cumplido. Como consecuencia de ello, los pueblos de Europa se vienen manifestando de forma clara contra los abusos de poder que se vienen cometiendo y que atentan contra el equilibrio socio económico y contra los principios éticos de la convivencia ciudadana. Por no haber escuchado a Minc y a otros, y haber permitido medrar y campar a sus anchas a personajes como Berlusconi, o a los que nos referíamos en el artículo de ayer, ha ocurrido lo que estamos viviendo. Por tanto, todos tenemos la obligación de aprender de lo vivido para evitar que se reproduzca en el futuro. Es hora de que hombres y mujeres de Europa exijan a los representantes públicos que cumplan con su compromiso de erradicar la corrupción y los daños que ésta causa en la vida de millones de personas. Si no es así, están deslegitimados para ejercer la función política y, por tanto, han de ser destituidos. Porque quien no actúa contra el delincuente se vuelve por acción u omisión en su cómplice. 

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