¿Cómo facilitar la vida y la convivencia?



        Me encuentro con Rúas de manera espontánea en la calle. Él tenía el día libre en el periódico; yo venía de atender ciertos asuntos profesionales. Él ha aprovechado para acercarse al nuevo Museo Mudéjar de la ciudad, que la semana pasada se ha inaugurado. Veo que mientras llego a su altura, él se despide de un hombre. Tras saludarnos, me comenta que es un buen vecino suyo, de profesión arquitecto. Aquel varón se jubiló hará año y medio, aunque de vez en cuando echa una mano a su hija que continúa con el estudio. Me comenta Rúas que se han encontrado en el interior del Museo y han compartido la visita. Aquel profesional de la arquitectura le ha apuntado que se ha hecho una rehabilitación acertada del edificio. Una vez completada la visita, han estado un rato charlando sobre varios asuntos con aquel edificio rehabilitado de trasfondo.
Aquel palacio fue concebido como complemento a la iglesia gótica mudéjar que está junto a él. Ya que el mercado paralelo es una construcción muy posterior del siglo XVII, que había tenido sucesivas obras de mejora o de incluso reconstrucción desde entonces y hasta finales del siglo veinte.
        Aquella conversación de origen histórico arquitectónico fue desarrollándose hacia cómo había ido evolucionando la vida personal, familiar y ciudadana de la ciudad desde la Edad Media hasta nuestro tiempo. Según me comentaba Rúas, aquel arquitecto tenía una visión humanística de su oficio y del urbanismo. Para aquel hombre se habían perdido una serie de posibilidades de mejorar la vida, la convivencia y las actividades de cualquier índole desde los años sesenta en adelante. Por aquella época, como en la mayoría de las  urbes españolas de tamaño medio y grande, cuyos orígenes radicaban en la Edad Media, se destruyó buena parte del legado urbanístico español. Cuando Rúas me hizo aquel apunte, recordé un libro del también arquitecto Fernando Chueca Goitia La destrucción del legado urbanístico español. Este ensayo en los albores de la transición democrática, de 1977, tendría que ser una obra de lectura habitual para cualquiera.
        Se hizo el silencio entre Rúas y yo, acompañados por la tranquilidad que envolvía a aquel conjunto urbanístico. Pensé, como en multitud de ocasiones anteriores, que la vida se concebía entonces yendo de un lado a otro caminando, montados sobre animales o en algún coche o carruaje tirado por animales. Desde el siglo XX habían sido sustituidos por los automóviles, en menor medida por los autobuses de gestión pública. También por la opción de los taxis y en el último lustro por el servicio de bicicletas. Y de pronto, nos brotó una pregunta común ¿qué consecuencias estaba teniendo el uso excesivo de los automóviles para desplazamientos hacia todo aquel extensísimo espacio urbano? Se puede extrapolar a la mayoría de las ciudades.
        Tenía sentido que cualquier vecino o familia que allí viviera, pudiera acceder hasta él. También los servicios de gestión pública o privada que tuvieran que dar sus atenciones a quien lo requiriese –sanitarios, sociales, seguridad, …–. Era lógico que para la carga y descarga de las mercancías se facilitase su tránsito. Pero, a partir de ahí, ¿qué sentido tenía llegar a los cascos medievales europeos en coche propio para el resto de actividades? Ya fuera para cualquier vecino de un barrio periférico, o para una familia de un municipio de los alrededores, incluso para viajeros y turistas. Frente a todos esos usos permitidos y habituales existían modelos de desplazamiento alternativos más sensatos para favorecer a diario desde el tránsito personal y ciudadano hasta las actividades socioeconómicas. Rehusar a aprenderlos, a asimilarlos, a crear la conciencia personal y colectiva para ponerlos en marcha de manera habitual, está suponiendo en nuestro tiempo dar la espalda a vivir mejor. Está implicando perder posibilidades de reducir el consumo de energías como el petróleo y sus derivados. Y con ello de aminorar el impacto medioambiental y para la salud que aquellos tienen. Pero también el compartir los recursos colectivos de una ciudad, provincia, región o país de manera más coherente, inteligente, sensible y honesta. 
Empezar a tomar esas posibles vías diferentes y que son muy antiguas, ya que supone combinar diferentes modos de transporte grupal (autobuses, trenes, tranvías, metro) con el paseo y la bicicleta, nos permitirán dedicar las millonarias cantidades de los carburantes a otras partidas tanto de la economía doméstica como nacional. Y, sobre todo, retomar la conciencia con algo muy básico, con una vieja costumbre, que salvo para minorías, ha quedado muy aparcada por la mayoría de la gente. Os hablamos queridos lectores de los tiempos y los ritmos vitales. Entrar en sintonía con la pausa, dejar a un lado las prisas malas consejeras. ¿Cuánto de positivo y beneficioso para ti, para nosotros, para la mayoría puede conllevar asumir cotidianamente esa postura? Mientras caminamos, podemos ir pensando sobre cualquier asunto. Podemos incluso relajarnos entre una tarea y otra, facilitando que esa relajación nos ayude a tener mejor ánimo y predisposición para el siguiente quehacer. Nos puede facilitar el disfrute de cualquier bello detalle; un atardecer hermoso, la alegría de los chiquillos volviendo de sus horas de estudio, el reencuentro con la pareja, una cita con nuestros mayores. Imagínate tú, hombre o mujer que estás ahí, como podemos cambiar para mejor la vida propia y en común con sencillos gestos. ¿Quieres intentarlo? ¿Te ilusiona hacerlo?

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