Del infierno del desamor al paraíso amoroso


        Sinceridad eso es lo primero que podemos afirmar del poemario Animales perdidos de Vicente Muñoz Álvarez, que ha editado Baile del Sol. Vicente no se esconde en nadie ni en nada para hablarnos de un desamor que hubo en su vida y cuánto le costó superarlo. Desde el prólogo que le ha escrito José Ángel Barrueco apreciamos que se trata de un poeta que antes de nada es persona, un hombre que ha querido amar y ser amado y, que una relación que no cuajó, le causó unos cambios duros en su vida. Y, sin embargo, no se rindió, a pesar de que había días que resultaban muy complicados. Su sendero duró varios años. Para el prologuista, de la ya extensa obra de Vicente Muñoz, se trata de su poemario más maduro. Además, nuestro poeta cultiva el relato corto, la novela y el ensayo. Se trata, por tanto, de alguien para quien la vida se concibe y vive cada jornada con la escritura como vocación auténtica. De hecho, como nos cuenta en los versos de Animales perdidos, en aquellos años en los que el desamor era la más preocupante circunstancia de su trayectoria cotidiana –aunque no la única–, los versos y la literatura se convirtieron en recursos sanadores. Y junto a la magia sanadora de la palabra, el cariño y el apoyo de aquellos familiares y amigos que dieron el paso al frente para arroparle.
        Vemos a través de esta obra que hay hombres de nuestro tiempo para quienes la pareja, una feliz relación sentimental con una mujer, es una razón vital decisiva en su devenir cotidiano. No conciben cada jornada desde el amanecer hasta que llega la hora de descansar con la luna de fondo sin poder compartir una relación amorosa que merezca la pena. Quieren vivir amando y siendo amados. Al recibir Animales perdidos e ir leyendo con detenimiento y gusto sus páginas, desde la del prologuista hasta los poemas de Vicente, pasando por las ilustraciones de Julia D. Velázquez, uno vuelve a sentir y pensar la importancia del tema abordado aquí. Un asunto que quien reseña este poemario ha tratado también en la novela Volver a amar (la catarsis). Por tanto, que siendo una realidad importante de cualquier tiempo, en esta época nuestra se ha convertido en una vivencia determinante. Una vivencia que quiere ser compartida con plenitud diaria con la mujer amada. No es fácil, se producen intentos y no fructifican. Cuando es así, por mucho que duela, lo mejor es la ruptura. Y de ésa nace Animales perdidos. Pero Vicente ni como persona ni como poeta se quedó ahí. Caminó, echó a andar, aunque le costara la misma vida. Se sintió secó, se sintió pájaro enjaulado. Compartió con sus clientes y proveedores, con cualquier hombre y mujer de este país, los dolores, las preocupaciones e injusticias de la crisis –la innombrable, como la llamó el periodista Daniel Martín Gómez­–. Y claro, al dolor emocional se sumaba la dolencia profesional, económica y ciudadana. Y cada una de ellas está presente en este poemario.
        Apreciamos a lo largo de Animales perdidos, la presencia de escritores que a Vicente le han ejercido una especial influencia como Thomas Bernhard, Nick Drake, Burroughs, Lowry, a quienes rinde su particular homenaje.
Resulta llamativo como mientras en la primera y tercera parte, Vicente titula cada poema; en la segunda, no lo hace, dando la sensación de ser un poema continuo. Y cuando está a punto de abandonar el Purgatorio y de arribar en el Cielo, en ese viaje de transición nos recuerda de que “la vida te lo devuelve todo”.
        A lo largo de Animales perdidos constatamos como la geografía sentimental que describieron los filósofos Ortega y Gasset y Julián Marías se hace una vez más presente. Se trata, siguiendo a nuestros dos pensadores, de una circunstancia de nuestra realidad amorosa. La misma árida terraza, el otrora desértico balcón, se convierte en un paraíso, en un huerto. Lo que cambia es la realidad de la persona que lo vive y cómo ella o ellas lo viven. Cuando se llega a esa vivienda, en la que nunca imaginó vivir, roto por la desolación, las paredes y sus estancias se sienten como vacías, feas, insulsas, sin vida. En cambio, cuando se ha hecho la catarsis sentimental, y surge la presencia femenina, ese hogar se convierte en un paraíso terrenal. La entrada en el paraíso no es fácil ni sencilla, porque supone superar el pasado con su lastre. Sin embargo, de la mano de los versos, de la música libremente elegida, de las personas imprescindibles y de la capacidad de madurar, se superan las vacilaciones cuando aparece la nueva mujer. Es una aparición no prevista, “extraña”. Echa la vista atrás y valora con más conciencia el presente cotidiano. Cualquier detalle y vivencia adquiere ahora su plenitud y hermosura: dos cepillos de dientes en el cuarto de baño; un abrazo frente al sol de poniente; un baño en Finisterre; un pequeño huerto común; las noches estrelladas que hacen sentir la libertad y recargar las energías y los sentimientos.
Celebremos la publicación que ha hecho la editorial canaria Baile del Sol de Animales perdidos. Una edición cuidada, elegante, sencilla, que apuesta por los detalles artesanales; el diseño de su cubierta, sus ilustraciones, la maquetación cuidada de los poemas, … 

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