Hombres y mujeres de Europa, uníos



En estos últimos años, llevamos vividos muchos acontecimientos principalmente a través de actos simbólicos como huelgas generales, sectoriales, manifestaciones, publicaciones en los medios de comunicación tradicionales y en las redes sociales, ayudas de manera institucional (recortadas drásticamente) y sobre todo ayudas por solidaridad familiar o vecinal, que demuestran claramente que los modelos de vida y convivencia instaurados tienen grandes fallas.
Recientemente, desde Estonia, personas bien informadas me apuntaban como la entrada del euro también allí estaba generando unos desequilibrios preocupantes. No es la moneda en sí, es la manera de aplicarla en la vida diaria. Se quería desde la Unión Monetaria unificar a todos aquellos países que se han ido sumando a la Unión Europea para facilitar las transacciones económicas de cualquier índole. La realidad es que se ha hecho sin forjar una cultura de vida, que es real que existe en algunos grupos de personas y entidades europeas, pero no existe ni en sus elites ni en gente que se ha dejado arrastrar por una forma de vida de consumismo desaforado. La elite y esa gente forman, empleando una expresión sociológica, filosófica y económica de Galbraith, sociedad opulenta. Lo curioso de esta realidad humana y social que Galbraith acertó a ver, es que su plasmación data de 1958. Han pasado ya más de cincuenta años de aquello.
       Recuerdo en un curso de Economía, concretamente de Econometría aplicado a los modelos de crecimiento, de mis estudios de Doctorado a finales de los noventa, como un bastante ignorante pero no necio estudiante como yo, al entender aquellos razonamientos matemáticos aplicados al mundo económico, vislumbraba muchas lagunas en aquellos planteamientos. Desde la óptica de uno de los ponentes del curso, se justificaba en que aquello había sido demostrado por un grupo de premios Nobel de Economía hacía muchos años. Sin embargo, desde entonces, cuestiones decisivas que me venía planteando años atrás durante mis estudios de licenciatura, siguieron latiendo con mayor vigor. Ahí estaban Ortega y Gasset y Julián Marías para seguir despertado a la persona que podemos ser. Lo curioso es que aquel curso de doctorado se realizaba en el Instituto Universitario Ortega y Gasset. Afortunadamente también habían personas como Charles Powell, entre otras, que ponían en crítica observación los procesos comunitarios y los déficit democráticos que en las instituciones y en la práctica diaria comunitaria se producían.
        Era obvio, y afortunadamente tenemos que estar contentos de haber disfrutado de ello, que en buena parte de Europa desde los años cincuenta se había ido formando y desarrollando el Estado del Bienestar. Tal era la sensación de complacencia y confortabilidad que parecía que ese modelo era lo soñado o el mejor de los mundos posibles, que diría el filósofo Leibniz en otro tiempo. Si los que entonces solamente éramos jóvenes con una vida por delante -y los miembros de otras generaciones mayores también tenían sus horizontes de futuro-, nos preocupaban evidencias que empezábamos a palpar, recurriendo a Marías diré ¿por qué no se evitó todo esto? ¿Qué se pudo hacer y no se hizo? Insisto, ¿por qué?
En los últimos dieciséis años a un joven alerta a las circunstancias de su tiempo, le llamaban la atención: los altos niveles de desempleo; las prejubilaciones en varios sectores -especialmente significativos los de las entidades financieras que se fusionaban-, los sueldos para la nueva generación que en otras monedas eran intercambiables por los ya históricos mil euristas. Sigamos con la enumeración, los precios cada vez más desorbitados de las viviendas de nueva construcción, las de segunda o más manos, y hasta los precios de los alquileres. Pero es que cuestiones básicas como las prendas de vestir, desde la ropa al calzado también sufrieron una hiperinflación.
Pero también a un joven con un poco de sensibilidad ante lo que estábamos viviendo desde mediados de los noventa, le llamaba la atención la crecida de egos que se tenían desde el ámbito de ciertas familias y personas. Eso de estudiar en la universidad, una auténtica delicia para quien tenga la vocación, empezó a producir un fenómeno que antes y después de ese periodo universitario, calificaré de egos etéreos. Y para seguir matizando, eso se producía desde familias de rancio abolengo hasta las más normales o modestas de la clase media. Afortunadamente y en honor a la verdad, no en todas.
Y la cuestión educativa tan unida a la profesional, pero no solamente a ella, también se podría extrapolar a quienes se formaban en las formaciones profesionales. En los últimos cuatro años, escuché decir convencidísimo a un profesor de esa área que además era empresario de la construcción, que los jóvenes de la formación profesional eran más maduros que los universitarios. Y, sobre todo, que el modelo económico que teníamos implantado hasta que las burbujas de buena parte del mundo estallaron, era bueno.
A la primera afirmación, recuerdo comentarle con prudencia pero con claridad que nunca había tenido inconveniente en que si el sabio era el administrativo o el agricultor, por citar dos ramas profesionales, que aquel se pusiera al frente del equipo. Ni todos los universitarios ni todos los técnicos profesionales ni todos los que tenían un oficio de siglos eran sabios ni inteligentes ni torpes.
De lo segundo, era obvio que aquellos planteamientos y actuaciones han provocado los desequilibrios que vivimos en el Mundo.
Sin embargo, había otras cuestiones que eran preocupantes. ¿Qué Ética practicaban cada uno? ¿Qué Filosofías de Vida estaban haciendo o pensaban hacer? En esas preguntas latían circunstancias decisivas de la vida personal, de cualquier hombre y mujer de cualquier generación. ¿Qué sentido tenían en sus vidas circunstancias decisivas como la pareja, la amistad, el aprendizaje entre maestro y discípulo, las relaciones intergeneracionales, la ciudad, el país?
Seguiremos preguntándonos y analizando, en verdad no lo hemos dejado de intentar desde que el Rick´s Café abrió sus puertas. Esta serie hay que abordarla. Es hija y hermana de las anteriores, pero toca darle unos matices. Como diría Ortega, se abre una ruta de navegación.


Comentarios

  1. Estoy de acuerdo en lo que ocurrió. Sin embargo siempre miramos a lo que otros han hecho , y aunque hay gente que tiene una cuota de responsabilidad mayor, porque su poder era mayor y su influencia en el resultado final también, la realidad es que pocos fueron capaces de mantenerse al margen de esa tendencia, que nos volvió a todos locos, y nos hizo vivir por encima de nuestras posibilidades.

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  2. Con todo el respeto del mundo, quiero dar mi opinión personal a Iván, respeto tu punto de vista, pero no lo comparto, no creo que se viviera por encima de nuestras posibilidades, al menos a la clase obrera, que conforma un porcentaje altísimo en España, y no son los mileuristas, son aquellos que trabajan diez horas y cobran un sueldo mínimo de 645,30 €, por lo tanto dudo que toda esa gente pueda vivir por encima de sus ya escasas posibilidades, solo quería dar mi apunte,u opinión personal en eso.
    En cuanto al escrito de Manuel, una vez más, me dejas sin palabras, excelente. Respecto a las preguntas que te haces en el...sin ética, sin filosofía de vida y su sinsentido en sus vidas, es poco probable que lleguemos a saber algo más que NADA, porque muchas de esas opulentas vidas no se detienen a pensar en ello, solo en el como conseguir más, sin importar a veces el como.
    Un abrazo

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  3. Queridos Iván y Felipe: gracias por enriquecer el blog con vuestros comentarios y participación. Por motivos personales hasta este momento no he tenido ocasión de leerlos. Creo que en España tanto quienes cobran ese mísero sueldo mínimo, como el aún más mísero de las ayudas a desempleados (420 €), y los mil euristas, forman parte de lo que Ortega y Marías llamaron la España real. Esos hombres y mujeres que salen cada día soñando una vida digna para ellos y sus familiares, amigos. Considero que es tiempo de tender puentes entre unos y otros, entre pequeños y medianos empresarios, esos autónomos y cooperativistas que luchan a diario por vivir con sus honrados y esforzados empleos. También es el momento de que se abra un nuevo tiempo en España y Europa en el que cuestiones decisivas y básicas de la vida personal, interpersonal e intergeneracional, estén tan presentes como el pan en la mesa: aprender a desarrollar una buena educación sentimental; las relaciones de amistad, de vecindario, cívicas tienen que plantearse como motores de esos cambios personales y sociales. Un abrazo para ambos.

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  4. “Para mí el poder definitivo consiste en ser capaz de crear los resultados que uno más desea, generando al mismo tiempo valores que interesen a otros. Es la capacidad para cambiar la propia vida, dar forma a las propias percepciones y conseguir que las cosas funcionen a favor y no en contra de uno mismo. EL poder verdadero se comparte, no se impone (…) Es el don de gobernar el propio reino individual hasta obtener exactamente los resultados que uno desea”.
    Anthony Robbins, en “El poder sin límites”

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  5. Compartir desde la bondad y generosidad es sinónimo de nobleza humana.

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