La excelencia de los parajes rurales



Mis ocupaciones y circunstancias en los últimos años me están permitiendo conocer con cercanía y sumo interés las realidades de las tierras de España y sus ciudadanos. Hoy me voy a detener en los parajes naturales españoles, auténticas delicias para nuestros sentidos, cuyo vigor favorece nuestra salud emocional. Esa atención personal viene motivada por dos evidencias que cualquiera de nosotros puede extraer observándolos. La primera es su belleza y buena salud. Su buen cuidado, lleno de amor y atención por quienes a diario les prestan sus inteligentes saberes y aprendizajes para que las tierras de labor, los bosques, los ríos y las serranías no solamente conserven sus cualidades, sino también se potencien. Si cuidamos nuestra tierra, ella se encargará de recompensarnos.
La segunda, se nos presenta como consecuencia de la dejadez que presentan los jardines y arboledas públicos de las grandes ciudades. En el caso de Sevilla, desde donde escribo este artículo, resulta llamativa esa falta de compromiso de los estamentos políticos y de las administraciones y entidades privadas responsables de su mantenimiento y conservación. Se llama a las mismas, y la respuesta real es que nadie ni ninguna de las instituciones cumplen con esas responsabilidades. Al menos quien esto os escribe se niega a permitir que esto continúe, de ahí esta y otras reflexiones, y actos como las sucesivas llamadas. Es obvio que se necesita que tú, que nosotros, nos impliquemos en la exigencia de que el cuidado de esas arboledas, zonas ajardinadas y parques, se lleve a cabo de manera cotidiana. Afecta a la belleza de nuestros barrios, de nuestra ciudad. Como no es un fenómeno aislado de un solo municipio, ya que está ocurriendo en otras grandes urbes, es la consecuencia de la falta de sentido común y sensibilidad de quienes tienen que velar por las mismas. Y si no lo hacen, que la ciudadanía obligue a hacerlo, ya que también afecta a la salud emocional de cada uno y del conjunto. No es igual vivir en un sitio en el que cualquiera puede gozar de su belleza, que hacerlo en un lugar que transmite deterioro, suciedad y fealdad. Además lo más externo –y pocas otras realidades son más exteriores que las propias calles, plazas o avenidas, de una localidad–, refleja el estado de lo más profundo.
Propongo un sencillo ejercicio personal, interpersonal y cívico para que cada persona lo coteje por sí misma y saque sus propias conclusiones. Siéntate delante de un campo cultivado, con sus tierras bien rotuladas, con los arbustos o plantas de las cosechas verdes y con sus frutos creciendo o madurando.
Cógete una línea de tren de cercanía y adéntrate en una red de municipios de tu provincia en las que una parte importante de la actividad económica gire alrededor del sector agrícola, ganadero y agroalimentario. Esas personas y entidades miman con esmero sus paisajes.
No queda ahí la cosa. Olvídate durante el fin de semana del trabajo, y cógete tu auto en compañía y adentraros por esas carreteras que conducen a la Sierra más cercana. Poneros la música que os guste de fondo, y sencillamente con cuidado –sobre todo el conductor– circulad oteando esos paisajes. Esa sucesión de medias montañas que suben y bajan en armoniosa concatenación, están llenas de vida con olivos, encinas, robles, alcornoques o pinares. Mirad de reojo a las especies animales que pastan, beben, descansan o hacen ejercicio en esos espacios naturales. Ovejas, vacas, toros bravos, cabras… nos transmiten la sensación de que habitan en un paraíso. Hay dos programas de televisión, el más antiguo Tierra y mar; el más nuevo, El escarabajo verde, que también velan y fomentan esa concienciación.
Si en cambio, junto a tu pareja o un amigo, decidís tomar rumbo hacia la costa, qué deciros que no hayáis sentido andando descalzos por la arena o sentados sintiendo como el Sol de invierno os acaricia mientras en la lontananza se sucede el oleaje marino.
      ¿Qué diferencias notas en cambio cuando lo que ves es una sucesión de bloques y bloques de hormigón?
Seguramente sientas una pérdida de tu libertad de acción y emocional, porque esas paredes dificultan dos actos básicos de cualquier persona. Uno poder mirar a la lontananza. El otro, respirar aire limpio. La falta de ese espacio abierto y lleno de vitalidad es una imagen real de la carencia de horizontes que se le cierran o abren a cualquiera cada jornada. Insisto, vete al centro de tu ciudad –especialmente si vives en una capital de provincia– y comprueba el estado de conservación de los jardines y arboledas de la urbe en los lugares de visitas turísticas, respecto a los de los barrios. Es una consecuencia de la época que estamos viviendo. Solamente se preocupan de unas mínimas variables, pero dejan al margen a la mayoría. El centro es solo un punto geográfico. En cambio, los alrededores, los puntos de conexión y sus rutas y hasta los puntos más alejados, representan la mayoría del entramado urbano. Esa obviedad se refuerza aún más si les sumanos los paisajes rurales. Entonces, nos queda claro que el ejemplo está en el cuidado que se hace en la mayoría de las zonas agrícolas, ganaderas y marineras que cuidan su entorno siguiendo métodos artesanales.

Comentarios

  1. Excelente, gratificante radiografía y muestra de lo importante de nuestras zona rurales, campos, valles, montañas, todo. Soy un enamorado de esa belleza que describes, des los olores de la hierba fresca, los hongos, los árboles, de todo, no imagino mi mundo sin todo ello. Remanso de paz para mi mente y mi salud, hace años me decían, ¿te merece la pena una hora de viaje para ir y otra para volver del trabajo?, solo le pregunté, ¿qué tal duermes? y los vecinos, ¿mucho ruido?,me contestó, ¡Va!, ni me hables, es insoportable, solo le dije que lo que el gana en tiempo, yo lo ganaba en salud.
    Así que SALUD amigo, un placer leerte una vez más, esta vez me has enganchado de bien.

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  2. Estoy totalmente de acuerdo contigo. Acostumbramos a viajar lejos para ver parajes que hemos visto en reportajes, y no conocemos los paraisos que tenemos cerca de nosotros.
    Un saludo PTB

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  3. Muy buena. He vivido en sitios grades y en pueblos pequeños y la principal diferencia que yo he visto, está en la mentalidad de sus gentes, quizá por eso en los sitios pequeños se cuida más el entorno, porque son más conscientes de lo que tienen. Un saludos #PTB.

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  4. Como dice Felipe, hasta en el dormir lo notamos, porque se duerme a pierna suelta y se levanta uno revitalizado. Mariano, los árabes hace casi mil años nos dieron una lección construyendo jardines en el interior de los edificios y con sus cultivos rurales en terrazas. Sonia como bien dices, en los pequeños municipios se valora la riqueza del entorno. Feliz jueves a los tres.

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