Manrique a través de Taro


        El pasado domingo la soberbia serie documental Imprescindibles, en la 2 de TVE, nos obsequiaba con la difusión del documental Taro, el eco de Manrique. Por cierto, que si algún pero hemos de poner a este espacio semanal que es Imprescindibles, está el horario, ya que comienza a las 23:55 y concluye una hora después. Los asiduos a la 2 desde hace décadas, sabemos que ésta por norma habitual nos proporciona calidad, ahora bien los programadores de la casa tienen que hacer ciertos ajustes. También será sano que tú, hombre y mujer de este país llamado España, te impliques visualizando más la 2 para que contribuyamos a dar un vuelco a la programación de la 1 y de otras televisiones generalistas.
        El equipo del cineasta canario Miguel G. Morales en Taro, el eco de Manrique rinde un sentido, lúcido y penetrante homenaje a ese genial y polifacético artista que fue César Manrique. Morales y su gente han bebido de fuentes audiovisuales de máximo talento y sensibilidad, y se nota que su creatividad conecta con quienes tenemos la alegría de verles desarrollar su trabajo. La manera de arrancar de Taro, … nos recuerda a Giuseppe Tornatore y su clásica Cinema paradiso. Pero los guiños a otros creadores eternos continúan a lo largo del mismo, y la sucesión de fotogramas con la que prosigue el discurso narrativo del arranque, lleno de fuerza y vitalidad, nos remite al mejor Andy Warhol. Y todo ello desde el interior de Manrique, porque el comprometido artista nacido en la isla de Lanzarote, se sale de la pantalla para sentirlo el telespectador dentro de sí mismo o a su vera. Esto, damas y caballeros, es muy difícil de lograr. Para ello es menester desarrollar unas especiales dosis de sensibilidad y mantener la constancia de los años de trabajo. Morales y el equipo de producción y rodaje logran algo que Julián Marías hace varias décadas nos anunció en su magistral serie de artículos y ensayos sobre el Séptimo Arte, recogidos con el encabezamiento de Visto y oído. Nos alertaba Marías que el cine tenía la capacidad de volver a ver y sentir a los actores que ya habían fallecido. Pues en este audiovisual, Morales y compañía lo logran con la figura de Manrique.
        A Manrique le dolían Lanzarote, Canarias, España y el Mundo. Por eso, en este nuevo año de luchas personales y cívicas por los derechos, año posterior al bicentenario de la Pepa, buena manera de homenajear al sordo aragonés de Goya, cronista de la España y del Mundo de su tiempo, sería concederle el reconocimiento que merecen a Taro y Manrique. Porque César hizo de su isla y de sus paisanos –la gente más sencilla y honesta con quienes conectó desde sus inicios– una lucha común. Una disputa que llevó más allá de las fronteras de esta isla canaria para trascender a otras zonas de nuestro país y de la Tierra. A Manrique le pasaba como al poeta Juan Ramón Jiménez. Le encantaba tratar y rodearse de niños, abuelas, agricultores, albañiles y cualquier persona que fuera de frente. Y como Juan Ramón, no sentía aprecio ni admiración hacia los que frecuentaban los casinos con ánimos usureros y arcaicos. Por ello, Manrique de la mano de su gente y de otras personalidades de su tiempo llevó una cruzada contra la especulación urbanística y financiera que afectaba tanto a la riqueza medioambiental de Lanzarote y restantes islas como a las formas de vida.
        Se nota ese carácter universal que desarrolló Manrique a lo largo de su trayectoria vital con la presencia, entre otros, de su amigo del alma el alemán Frei Otto, arquitecto que bebió de la fuente sabia del lanzaroteño. Por eso el equipo del rodaje juega con la mezcla de escenas que muestran al propio artista junto a sus paisanos poniendo cortapisas y frenos a construcciones propias del capitalismo más feroz y consumista, característica de la sociedad opulenta y de masas. Y a continuación, una sencilla carretera nacional bien asfaltada  con bellísima naturaleza a ambos márgenes, o los acantilados oceánicos que a cualquiera de nosotros nos curan el alma o lo enaltecen.
        Vemos y sentimos en Taro, el eco de Manrique, la arrolladora personalidad de César. Un hombre lleno de luz, cuya energía poderosa transcendía de sus pupilas y se irradiaba por todo su rostro que se le iluminaba para impulsar su ánimo y su acción y los de los suyos. Manrique vivió con coherencia e ilusión, de ahí nacía su sonrisa. Y esa se fundía con la sencillez de sus paisanos para dar batalla al dolor de la insensatez que promovían otros con aires de falsa grandeza. 

Comentarios

Entradas populares