Crónica desde la Sierra



Miramos a un lado y a otro de la autovía y el verde es el color dominante. La naturaleza está llena de vitalidad. La vida va a otro ritmo más sano, humano y asumible. Abandonamos ese mundo de estrés y nerviosismo en que se han convertido las macro urbes tanto en sus ambientes profesionales como de ocio y consumo.
Cualquier día se expande en la serranía. Se puede escuchar con regocijo el canto de cualquier ave. Se puede extasiar cualquiera con el mugido de la cabaña de toros bravos de la ganadería próxima. Las horas transcurren sin otra velocidad que la que marcan el ritmo de las comidas que piden los cuerpos, la tertulia variada y profunda, y el silencio que envuelve al entorno. La leña fomenta con su calor la convivencia del hogar. El gato espera en el jardín, sentado sobre la hierba bajo la sombra del pino, su ración de jugosos restos de comida.
        En la casa de campo que se halla a continuación en el punto limítrofe norte, una familia disfruta de la comida en el porche. Se comienza a consolidar allí un fenómeno que ha aparecido en la vida española en el último lustro: un reguero silencioso de personas, parejas o familias que han decido vivir en casas de campo o en otros parajes naturales para dejar atrás la contaminación vital de los grandes municipios.
En 2009, durante mi asistencia a unas jornadas profesionales sobre Espacios Sociales de Innovación, que se desarrollaron en aquel otoño en Málaga, recuerdo haber escuchado a uno de los ponentes hablarnos sobre ese cambio personal, interpersonal con repercusiones sobre la vida cotidiana y la trayectoria profesional que se estaba produciendo. Eso estaba obligando a las compañías de telecomunicaciones, que hasta entonces habían mantenido una mirada miope y de desprecio a las solicitudes de servicios profesionales y personales para esas personas y familias, a reconsiderar sus prepotentes y cortos planteamientos. Servicios como la banda ancha para poder enviar documentos de trabajo muy pesados, o disponer de una nube en la red a modo de base de datos, empezaban a poder ser disfrutados por aquellas personas y entidades que los solicitaban. Todavía hay mucho camino por recorrer en esas áreas como en otras.
 ¿Cómo afecta positivamente la posibilidad de desarrollar buena parte de la tarea profesional desde el hogar propio? Desde el punto de vista económico ayuda a reducir costes en el consumo de gasolina, en no tener la necesidad de mantener unos gastos constantes de otra oficina, en no tener que gastar en cuestiones culinarias como el desayuno, el almuerzo o cualquier café o picoteo a otras horas del día.
Desde el punto de vista personal, permite evitar el cansancio de los desplazamientos rutinarios que se realizan a diario para ir y volver de casa al puesto de trabajo. Ganamos tiempo y descanso, por tanto, nuestra capacidad de manejar el día y las circunstancias cotidianas que tenemos que afrontar reciben un plus de energía, claridad mental y sensibilidad para encarar cada tarea. Pero también, disponer de mayor amplitud de miras para organizar la conciliación de la trayectoria laboral con la personal. Las relaciones interpersonales, intergeneracionales y familiares se hacen más cercanas. Eso repercute para bien en la vida de una pareja o de una familia.
También hay que ser conscientes de que hay que mejorar en la cuestión de la convivencia cívica, por ejemplo, en detalles como que a las reuniones del vecindario acudan todos los implicados. Y se puede mejorar el trabajo que se decida hacer o disponer de los recursos necesarios para que las circunstancias comunes, una vez afrontadas, se cumplan.  
        Desde la perspectiva del viaje a la ciudad de un tamaño medio o grande más cercana, nos permite dotar a esa experiencia de una alegría e ilusión que a veces vamos perdiendo por la rutina de vivir en aquella. Se convierte en una especie de viaje excursión. Sabemos para qué queremos ir con lo que sacamos mayor rendimiento o jugo a esa visita.
        No olvidemos que la mayor parte de la historia de la humanidad, hombres y mujeres, los pueblos, han vivido mayoritariamente en las zonas rurales, de sierra o costera, frente a una minoría que lo hacía en las ciudades. El gran cambio se produjo entre el último tercio del siglo XIX y todo el siglo XX, cuando se invirtió la situación.
        Hoy en día disponemos de la oportunidad de sensatamente ir revertiendo la situación, abandonando ese modelo de vida macrourbano en el que la persona pierde su lugar central y decisivo de la vida cotidiana. Disponemos de otros espacios, de infraestructuras, de medios de transporte, de redes tecnológicas. Y, por supuesto, los descubrimientos realmente valiosos al servicio de las personas y los colectivos que podamos ir haciendo. Toca ir cambiando de mentalidad y, por tanto, de manera de vivir y convivir.  

Comentarios

  1. Como siempre, una vez más, hipnotizado ante la coherencia de tus palabras, sabes ya de sobra mi opinión en cuanto a la vida en urbe o en campo, pero no dejo de asentir con la cabeza mientras te leo, claro que se gana en salud, claro que seríamos más productivos trabajando en este entorno desde casa, pero no solo eso, estaríamos más sanos, tanto física como mentalmente, nuestra mente estaría más despierta y desbordada de ideas, grandes ideas, que muchas veces entre los ruidos y las prisas de la ciudad nunca llegan a aflorar... ¿seríamos más felices?, bueno, eso depende, para poder vivir en estos sitios, ha de gustarte, eso es primordial, un urbanita que detesta la montaña o solo la tolera rara vez y bajo unas determinadas comodidades desde luego se abstenga, por otro lado a mí me pasa a la inversa, la ciudad para solo estrictamente necesario. Respecto a la comunicación con tu entorno, mucho más sano y abierto en pueblos alejados de la ciudad que en las ciudades, donde puedes encontrarte con 100 vecinos diferentes y en años que llevas ahí viviendo solo te saludas y de milagro con media docena. Ya una vez comenté, la hora y media que se "pierde" en acudir al trabajo si vives en montaña, luego la recuperas por meses y años en salud y vida.

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  2. Felipe, se nota hasta en la limpieza de las calles y avenidas. En los pequeños municipios o en los pueblos, el cuidado por todos los elementos urbanísticos en la mayoría de los casos -alguna excepción habrá- llega a ser propia de una visión artesanal y artística de la vida. Julián Marías se maravilla como las mujeres en los pueblos de Andalucía aplicando organización y limpieza a la casa, y con unas sencillas macetas bien cuidadas hacían de las casas y de su entorno "urbano" auténticas delicias que contemplar y, por tanto, vivir.

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    1. Sabes que así es, así pienso y espero así morir, en el arrullo del canto de la naturaleza en todo su esplendor, donde la brisa te habla, la hierba te mece y la tranquilidad te hace descubrir la verdadera paz y lo insulso del conteo del tiempo. Un abrazo y enhorabuena por deleitarnos una vez más con esa visión tan acertada que tienes.

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