Homenaje a la Residencia de Estudiantes

El periodista, pese a la insistencia de Marga para que se quedara en casa de ella, había optado por alojarse, como era habitual en sus viajes profesionales a la macro urbe madrileña, en la Residencia de Estudiantes. Desde su recuperación y con el inicio de una nueva etapa a principios de los años ochenta del siglo pasado, en sus estancias se alojaban becarios, investigadores, creadores, y técnicos del mundo de la cultura. Y, si había habitaciones libres y se tenían los contactos necesarios, como era el caso de él, podía ser uno de sus agradecidos huéspedes. Hacía tiempo que no se alojaba allí y sentía ilusión por reencontrarse con el Trasatlántico, con la Colina de los Chopos y el Jardín de las Adelfas de Zenobia y Juan Ramón, con el piano de Lorca… La Residencia de la Institución Libre de Enseñanza y del Consejo Superior de Investigaciones Científicas era un auténtico paraíso en pleno centro financiero, institucional y social de Madrid. Allí el silencio era artístico, humano y heroico como la historia de sus fundadores y sucesores. La calle Pinar era un oasis para los sentidos frente al espacio urbano que simbolizaban la comercial Serrano y la kilométrica vía empresarial y financiera de La Castellana. Si alguien se quería retirar durante un tiempo para recuperar la calma frente a las tensiones, el estrés, o la ansiedad; la Residencia era un destino propicio. De haber estado junto a un río grande o a poca distancia del mar, hubiera sido un balneario excepcional para sanar las heridas biológicas o biográficas. Allí la vida humana para nada se detenía, sencillamente iba a un ritmo diferente, sin pausas excesivas ni prisas malas consejeras. En una macro urbe, como se había convertido Madrid desde los años cincuenta del siglo anterior hasta la fecha, a la que se sumaban los núcleos municipales de su entorno autonómico que se habían constituido en algunos casos en auténticas ciudades de tamaño medio; la Residencia representaba un lugar exclusivo para que la persona volviera a reencontrarse con la dimensión de la vida personal.
La fina y profunda conversación, nacida entre quienes saben equilibrar el arte de escuchar y hablar, encontraba en sus salones, en sus dependencias, en sus jardines, el lugar para fomentarla y regalarla. Llegar a la Residencia al mediodía, o a primera hora de la tarde, era un privilegio para quien percibiera el contraste entre la algarabía de la juventud del cercano instituto Ramiro de Maeztu y el silencio de otrora adolescentes hechos ya hombres y mujeres entregados a la vida científica, al arte.
Manuel Carmona Rodríguez: Volver a amar (la catarsis)

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