Trazos de color, vocación por la acuarela



        Esta exposición que comienza el lunes 18 de febrero y que se prolongará en un principio hasta el 1 de marzo, es fruto del trabajo personal e interpersonal de Pascual Mula González, Pedro Rodríguez Expósito y Antonio Suárez Pozuelo. Se celebrará en el Palacio de la Buhaira, una edificación neonazarí levantada sobre el solar de la antigua segunda edificación, y que actualmente es un Centro Cívico. El primer emplazamiento que se levantó, en aquella gran área de terrenos agrícolas extra muro de la Sevilla medieval, fue un Pabellón Almohade al sur de la alberca. Como era costumbre entre los pueblos islámicos, regados sus olivos, viñas y árboles frutales y exóticos por su avanzadísima e inteligente ingeniería de la época. Posteriormente, tras la Reconquista de la Ciudad en el siglo XIII, pasó a manos de Catalina de Ribera, perteneciente a una de las más antiguas estirpes de la nobleza española.
        El sitio es agradable, ya que es uno de esos lugares de tránsito entre uno de los distritos extra muro y una de las puertas de entrada a la Sevilla medieval, concretamente la de La Carne. Una de las carencias del Distrito Nervión es precisamente la ausencia de hermosos y saludables jardines, uno de los errores urbanísticos cometidos en la Sevilla del siglo XX. Y este lugar, esta Buhaira dentro de sus posibilidades palía en algo esa carencia.
Pero la pintura como toda Bella Arte y como todo buen hacer humano cuando se practica con amor, ilusión, sana predisposición y la constancia de los años, también ayuda a quien la contempla a paliar esas y otras carencias apuntadas antes. La belleza que nos pueden transmitir las acuarelas, la tranquilidad de la sala, la ayuda que nos prestan el edificio y los jardines exteriores frente a los ruidos y las aglomeraciones, invitan a ir a esta exposición de estos tres acuarelistas.
Imaginemos a estos tres pintores tras asumir a diario sus demás circunstancias y responsabilidades. La ida y la vuelta a sus ocupaciones profesionales con lo que ello conlleva; la vida familiar; el trato con los amigos más cercanos; la convivencia en sus barrios y los obstáculos que presenta nuestro tiempo. Y tras torear todo ello, dedicar una parte de sus vidas diarias a los pinceles, a la pintura a través de la acuarela. Esa técnica que como me apuntó hace ya más de una década alguien que sabe de la misma y de la pintura, Juan José Neva Gallego, es una de las más complicadas de trabajar.
Uno de los libros que más me ha hecho meditar en los últimos tiempos ha sido Cervantes, clave española. Es de esos textos que marcan por supuesto a quien lo escribe y a quien lo lee. En él ahonda Marías en la persona del Príncipe de las Letras. Cervantes, a una altura de su vida, entendió que era novelista, pero que si no se podía ganar la vida con ello, al menos no renunciaría a su sincera vocación. Tampoco le perdonaron eso los envidiosos de la época. Asumió su situación y prosiguió. Durante la lectura de ese ensayo, se me vino a la mente en muchos pasajes las cartas de Ortega a su padre –Ortega Munilla– refiriéndose al periodista, escritor y cervantista Francisco Navarro Ledesma. En las biografías de Cervantes y de Navarro Ledesma se muestra con claridad el sentido de la vida que Ortega y Marías dieron a sus Filosofías: vivir con vocaciones. Por eso fijaban su atención y su mirada sobre aquellas huellas reiteradas en la biografía. A través de ellas nos van indicando quién quiso ser, cómo quiso vivir.
Las acuarelas de Pascual Mula, Pedro Rodríguez y Antonio Suárez reflejan una llamada a la vida a partir de las vocaciones frente al utilitarismo y al materialismo tan en boga en el Mundo en el siglo XXI. Dejo a quien lea este artículo, esta pregunta, ¿qué consecuencias tiene ello para la vida personal y colectiva?

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