Homenaje al excluido


Una voz llegó hasta sus oídos. A unos veinte metros a su izquierda, en un plano perpendicular más bajo en plena zona de descanso de las escalinatas que conducían al paseo fluvial, atisbó la presencia de un hombre del África subsahariana junto a la balconada de granito. Su complexión física era atlética y alcanzaba el metro ochenta. Vestido con un pantalón azul tipo mono de trabajo y una camisa celeste con las mangas recogidas, tenía una gorra verde de trapo que le cubría su rapada testa. Había superado los cuarenta por poco. Miraba al frente, sin un rumbo cierto o solamente al alcance de su personal brújula espiritual. Hablaba emitiendo palabras y frases que transitaban entre su lengua africana materna y el inglés. Cuando comunicaba sus reflexiones y sentimientos en el idioma anglosajón, Pablo podía escucharle hablar sobre su visión del mundo y de los problemas que le acechaban. A menos de diez metros de aquel varón solitario se encontraba un grupo de cinco indigentes que compartían cervezas, pitillos y vivencias. Aquella escena era curiosa, llamativa, para cualquiera que se detuviera a analizarla con cierta frecuencia como era el caso del periodista. Reflejaba varias maneras de vivir la exclusión social; la del hombre negro que había llegado a aquel lejano país ibérico desde su tierra natal por senderos peligrosísimos que solamente él y quienes los habían recorrido podían sentir qué conllevaban. Y la que simbolizaba aquella reunión de hombres y mujeres nativas de España que, por sus decisiones vitales y por las circunstancias sociales e institucionales, vivían inmersos en esa filosofía marginal diaria. Pablo estuvo contemplando aquellas estampas durante un rato. Se preguntaba por las experiencias y los círculos que habían llevado a todos esos seres humanos a aquel estado vital. Se cuestionaba qué otros motivos, además de la barrera idiomática, habían provocado que el africano viviera su marginación prácticamente en soledad. Su figura, sus ademanes, sus palabras, hacían sentir que vivía en un mundo aún más aparte, más lejano y, sin embargo, que a pesar de sus carencias laborales, económicas, materiales, de familiares o amigos, aquel había hallado al menos una capacidad de expresarse que le aportaba una serenidad que solamente él y unos expertos sensibles podían valorar y entender. Había llegado hasta allí y sentía que en aquel lugar, en aquel rincón, tenía su particular sitio cotidiano. Aquellos dos cuadros de seres humanos con vidas marginales, que se podían pintar por separado o unidos, contrastaban con los que ofrecían los centenares de hombres y mujeres que echaban la tarde noche en pleno paseo fluvial y sus instalaciones. Iban caminando, corriendo, charlando en compañía, patinando, en bicicleta, o compartiendo el rato con sus nietos. Eran personas con unas trayectorias biográficas propias de quienes con sus historias y condiciones sí habían podido acceder y mantener un bienestar dentro de unos parámetros acordes con las normas y las costumbres sociales establecidas. Allí iba cada sujeto con mayor o menor frecuencia a liberarse del peso de las rutinas y a encontrarse con el ungüento que le proporcionaban la naturaleza, el cielo o la tertulia con quien se compartía.

Manuel Carmona Rodríguez: Volver a amar (la catarsis)

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