La consciencia desde la apertura


Este jueves 14 de marzo seguiremos el Ciclo Filosofía para buscadores que está impartiendo el filósofo Eugenio Silverio en el Centro Cívico Las Sirenas en Sevilla. Lo hará abordando la cuestión de la Simplicidad. Antes de que sigamos disfrutando escuchándole y con el debate complementario que enriquece a todos los asistentes, vamos a hacer una síntesis de la anterior ponencia que nos dio el pasado 7 de marzo, y de la que el Rick´s Café ha realizado esta crónica, cuyo tema central fue Consciencia.

Pese a ser un día de lluvias intensas como la mayor parte de la semana, la sala habilitada para el ciclo se fue llenando hasta completar su aforo, e incluso antes de que Eugenio Silverio hiciera su exposición, el personal del Centro Cívico Las Sirenas apuntó la posibilidad de trasladar la misma a su Sala Principal, algo que se vislumbra necesario para la disertación de este jueves, dada la concurrencia y el interés de la misma en el turno de preguntas y reflexiones. 

Siguiendo el estilo del ciclo, Eugenio Silverio comenzó realizando un resumen de lo tratado en las anteriores ponencias para facilitar la puesta en escena y la empatía con los oyentes. Y en esta ocasión, tomando como referencia la cultura de los sabios sufíes, recurrió a un bello y profundo cuento del que ahora recuperamos algunos de sus fragmentos claves:

“El buscador partió en busca de su tesoro. Andaba perdido por el mundo, y no sabía qué buscar. Buscaba felicidad, bienestar, placer, seguridad, trabajo, dinero, amistad, amor… Y, ciertamente, a veces encontraba algo de todo eso, pero pronto llegaba el fin de aquello que encontraba, y entonces tenía que seguir buscando más y más de lo mismo… Un círculo interminable y absurdo de búsquedas y movimientos se cerraba sobre él, un caminar sin sentido era su vida. Caminando así, un día comprendió algo importante. Y encontró un tesoro que no buscaba: encontró su propia ignorancia, la ignorancia respecto de sí mismo. Vio que ignoraba todo sobre sí mismo. Y deseó entonces conocerse, sonriendo a su enorme auto-desconocimiento. En adelante, el conocimiento de sí mismo guió sus pasos como un ideal. La búsqueda se orientó, y aunque su caminar era todavía errante e incierto, decidió seguir por la inesperada senda recién descubierta. Llegó luego a un espacio amplio, un claro en medio de las intrincadas cosas del mundo; y apareció un horizonte de nuevas posibilidades, nuevas rutas que recorrer. Era un lugar abierto desde el que podía ver un cielo despejado. Llamó a aquello la Apertura. Desde allí sintió que su corazón se abría a algo nuevo. Interiormente, aquella apertura era como un amor, una disposición fundamental, un estado de ánimo vital, para nada aburrido, que lo empujaba felizmente a seguir caminando, ataviado con sus mejores sonrisas. Interpretó que la Apertura era como un ir completo hacia el Sentido: las jornadas del buscador ya no eran las típicas y ansiosas jornadas de siempre. Ya andaba orientado. Intuía dónde podía estar el punto cardinal por el que el sol de su existencia se levantaba, vislumbraba el oriente de su vida, donde estaba su luz singular, única, como persona. Vio el sentido de su individualidad. Era como un amor dentro que lo atraía hacia su alma, el sí mismo individual que él verdaderamente era.

Lo que tiraba del buscador ya no estaba fuera. Y esto era inexplicable, pero, a la vez, gozoso. Sin un asomo de duda, el buscador se vio como llevado en pos de sí mismo. Era llevado no sabiendo muy bien cómo, tironeado felizmente por una fuerza que, paradójicamente, era él mismo. Y esa fuerza interior que lo llevaba no lo volvió pasivo, en absoluto, sino todo lo contrario, lo llevó a trabajar sobre sí mismo, a cuidar de sí… Pero constató que era éste un cuidado muy diferente y nada egocéntrico. Esta relación consigo mismo era como una “tierra nueva” por la que tenía que adentrarse. Comprendió desde sus entrañas que sin ese cuidado de sí no podría caminar hacia su nueva meta: el conocimiento de sí mismo. Y también vio claramente que ese cuidado de sí no podía hacerlo en solitario, que la relación con los demás era fundamental, pues su ir hacia sí mismo, cuidándose de ese especial modo, era un viaje que lo llevaba hacia el mundo, hacia sus semejantes, supuestamente hacia lo conocido...”

Este cuento, como toda buena fábula, sirve como lámpara para la vida propia y la convivencia. Al escuchar y leer con detenimiento este relato, al interiorizarlo, apreciamos una circunstancia de cualquiera desde su nacimiento y a lo largo de su trayectoria vital: ignoramos quiénes somos y hemos de descubrirnos. En ello, como dijeron Ortega y Marías, nos va la vida, porque precisamente vivir es hallar quién quieres ser y cómo quieres vivir. De ahí nacen las razones o proyectos vitales hacia los que la persona concreta se siente llamada. Esa señal es cada vocación vital e irrenunciable. Aunque la vocación, se ha difundido de manera incompleta adhiriéndola a la circunstancia intelectual y profesional, la vida nos enseña que hay tantas vocaciones como circunstancias vitales sienta la persona a diario la necesidad de vivirlas, ya que le va la vida en ello.

Eugenio Silverio se detuvo, a continuación, ante una de las circunstancias de cualquier ser humano: la relación interpersonal, dado que el otro está ahí en nuestra vida. En palabras de este pensador “uno es testigo del ser del otro, es decir, uno reconoce al otro, eso es consciencia en el sentido del cuidado de sí del que aquí se habla. Pero es sólo un aspecto de la cuestión.”

Silverio, conocedor riguroso de las fuentes de la ética antigua, de su retórica clásica y del pensamiento socrático de aquella época de ahí la referencia que hizo a los conceptos epiméleia heautou y cura sui, habló de la necesidad de adaptar esa consciencia y ese conocimiento de sí hacia nuestra persona, hacia el otro y hacia nuestro tiempo. A este respecto, Silverio comentó:

Estamos hoy en día situados en otras claves culturales, en un mundo con otras complejidades, otras perspectivas y connotaciones. Intentaré hacer ver, con este limitado análisis, cuál es este modo específico de cuidado de sí del que hablo, y que implica, no tanto el estar consciente, sino más bien el ser consciente, respecto de sí mismo en relación al otro, al prójimo. Como se puede apreciar en ésta última expresión (ser consciente respecto de sí mismo en relación al otro) hay una respectividad doble, pero que conforma una unidad indisoluble. Me explico: respectividad en cuanto a sí mismo y respectividad en relación al otro. La respectividad, es decir, la relación-a, es doble, pero se da al unísono, en una sola pieza, como una tela sin costuras. Esta relación a sí mismo y al otro es como un tejido (plexus) inconsútil, sin cortes ni divisiones.”

La matización que hizo de los verbos ser y estar es de suma importancia. Son matices posibles en español desde que Ortega y sus discípulos comenzaran a hacer sus descubrimientos y aportaciones a la Filosofía con una mirada generosa y universal, dispuestos a dar y recibir. Eso es lo que implica la relación de respectividad con el otro de la que nos habló Silverio. Y en ese vínculo entre semejantes, nos alertó de la necesidad imprescindible de prestar atención y cuidado al pensamiento que cada uno abriga, ya que si no somos conscientes de ello, nos dijo “uno puede tener los mejores sentimientos hacia los demás, intentar el altruismo, la solidaridad, etc., acciones e intenciones todas muy, pero que muy nobles, sin duda, pero sin ir a la fuente del cuidado de sí, todo puede malograrse.”

¿Por qué puede malograrse?

Silverio indicó que “uno puede llegar a ver, si se lo propone, que ese volcado hacia afuera es insuficiente, muy insuficiente, si el buscador, el pensador (usted y yo), no empieza por observarse a sí mismo y cuidar la raíz (la verdad o fuerza oculta) de su propio movimiento intencional, de donde parte el lance hacia el objeto fuera de sí.”

Como consecuencia de esa insuficiencia en nuestra relación recíproca con los demás, con los objetos y con el mundo, Silverio nos señaló que “a través de las ciencias cognitivas y conductuales hemos descubierto que la red de conceptos, la organización mental de nuestra percepción es con mucha frecuencia una red de pre-juicios. Hay, por lo tanto, mucho auto-engaño y auto-embrollo en esa red interna; mucho cliché, mucho lugar común, mucha idea formularia, mucho viejo condicionamiento sobre qué es esto y sobre qué lo otro; sobre qué es la realidad, el mundo, uno mismo, los demás, etc. Mucho pensamiento dóxico, es decir, basado en la mera opinión propia o la de los demás, en suma, pensamiento dóxico y tóxico. Esta forma mental de pensar, de navegar, a merced de las circunstancias, de las modas, del qué dirán, es la peor contaminación ambiental del planeta, un derivaje nefasto de la irresponsabilidad del pensador, del buscador, de todos nosotros (y metámonos todos).”

Para no caer en esa red de prejuicios y modas tóxicas, Silverio nos propuso “cuidar la calidad y el sentido del pensar y del decir.” Y nos recordó la célebre frase de Mahatma Gandhi “cuida tus pensamientos, porque se volverán palabras. Cuida tus palabras, porque se transformarán en actos. Cuida tus actos, porque se harán tus hábitos. Cuida tus hábitos, porque forjarán tu carácter. Cuida tu carácter, porque formará tu destino. Y tu destino será tu vida.” 

Toda vida personal lleva implícita unos hábitos o costumbres, que a su vez tienen unas implicaciones fenomenológicas y éticas sobre la consciencia. Con la particularidad de que nuestra consciencia actúa en la formación de esos hábitos y en que a diario los usemos.

Remató Silverio su exposición haciendo hincapié en uno de los temas de nuestro tiempo “hay un problema de diálogo entre uno mismo y el otro. Éste es el gran problema de la comunicación en el mundo tecno-científico. Pero, con ser muy relevante este problema de comunicación interpersonal, lo más grave es aquello que lo precede: no verse uno mismo, y no ser consciente de la propia ignorancia. Por lo tanto, uno no es tan pensador como parece, o quizá y mejor, uno es y piensa sólo cuando observa y escucha con atención lo que parece estar dentro y fuera de uno mismo.”

Comentarios

  1. Para tener una "Apertura", a mi modo de ver hay que des-aprender, tanto culturalmente como socialmente, así se podrá partir de cero, esto hará que nos re-descubramos a nosotros mismos.
    Esto ayuda a conocernos desde un punto de vista neutro y así podremos con el tiempo conocer a los demás, sin ello nunca habrá "verdaderas" razones ni proyectos vitales factibles o duraderos.
    No es lo mismo ser consciente, que estar consciente, lo primero ayuda a lo segundo, pero lo segundo es lo que nos abre todo un mundo de perspectivas respecto a uno mismo y como consecuencia hacia los demás.
    Es verdad lo que apunta Silverio, no por tener o querer buenas acciones, estas llegan como tales, pudiendo producir muchas veces el efecto contrario. La raíz de las mismas ha de ser el prisma del comienzo antes de la acción o el deseo, así podremos evitar esos pensamientos dóxicos o tóxicos.
    Siempre he dicho y apunto en uno de mis libros que, toda acción sea para bien o para mal, traerá consigo siempre una consecuencia, también para bien o para mal. De ahí la importancia del cuidado de las palabras, ya que muchas veces, estas se convertirán en actos e incluso modelos de partidas o inicios de algo, ya sea en uno mismo o en los demás.
    Solo quiero apuntar que este escrito, es solo un pensamiento propio y personal, del que soy solamente yo responsable.
    Gran trabajo una vez más por tu parte Manuel y los aportes tan agradables de tu parte y de Silverio.
    Un abrazo

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  2. Como señalas Felipe, es necesario desaprender determinados hábitos asimilados en las circunstancias culturales y sociales. Partiendo de corregir y superar ciertas costumbres aprendidas en la esfera interpersonal, familiar, o de las instituciones públicas y privadas de estudio, trabajo o meditación.
    Junto a lo que señalas de los propósitos de las acciones y sus consecuencias, añadiré en consonancia con lo que tú has expresado en algunos de tus poemas, que en ocasiones descubrimos que una persona puede hacer el bien ayudando a otra. Y, sin embargo, tiempo después quien ayudó necesitar una ayuda, y darse cuenta de que a quien ayudó, se olvida tenderle su mano.
    Un abrazo

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