Paisaje, arquitectura y emociones


Con barba de una semana, su pantalón vaquero azul con los bolsillos deshechos por el diseñador, y una camisa gris marfil de cuello mao, tomó rumbó a algún lugar de la ciudad. Se dejaría llevar por su intuición. Comenzó a recorrer la avenida de Torneo a la altura del Puente de la Barqueta. Miró de reojo a aquel y sintió que esa especie de canasto, con sus tirantes rojas cuerdas y dos pórticos triangulares, simbolizaba la puerta de salida a una relación extinguida y su pasarela el sendero que conducía a un futuro amor. Si sus tirantes hubieran sido los de un arpa, un buen músico podía interpretar una melodía serena, revitalizante, en aquel momento. Prosiguió el paseo dejando a su paso el Monasterio de San Clemente destinado hoy en día a eventos culturales varios, un bar de tapas y comidas mexicano, y otros locales destinados a diversos servicios. A su derecha, en pleno paseo, lindando con el final de la acera y el comienzo de la vía de servicio, se encontraba una fila de naranjos. Era finales de primavera, anunciándose la llegada del verano, y aunque ya no se podía oler el azahar con el vigor propio de finales de marzo a mediados de abril, el aroma de sus verdes hojas aún se percibía. Era un olor agradable, que transmitía una dosis extra de fuerza al ánimo y al cuerpo del caminante. La sensación de libertad que estaba notando era de mayor amplitud y profundidad a la que había venido viviendo desde el día de la ruptura. Ahora le era factible empezar una nueva experiencia, del tipo que fuera, sin temor a que los resquemores, el dolor, o las preocupaciones del pasado, aún no hubieran sanado. Cuando hubo llegado a la altura de la calle Baños, se detuvo antes de adentrarse a cruzarla. Hizo un leve giro hacia su diestra y comenzó a mirar hacia el otro lado de aquella avenida. Contemplaba la alameda de árboles que en la otra acera daban cobijo a transeúntes y ciclistas que por allí transitaban. Justo en paralelo a aquel paseo, en un nivel más bajo a la muralla contrafuerte construida, se encontraba una de las dos vías de la ribera del río. Aquel paseo fluvial era una gozada al que paseantes, corredores, ciclistas y otras gentes a diario acudían para vivir momentos en los que encontrar la relajación. Frente al estrés de la vida contemporánea, el Guadalquivir, su vegetación y naturaleza, se ofrecían para proporcionar su ungüento a aquellos.

Manuel Carmona Rodríguez: Volver a amar (la catarsis)

Comentarios

Entradas populares