Primavera junto a la Giralda



Él le comentó que en sus tiempos de estudiante en los viajes en tren desde Madrid le encantaba llegar a la altura de aquella meseta. Aquellos parajes le hacían sentir que estaba llegando a Andalucía, a casa. Contemplar aquellos paisajes con miles de olivos, arboleda diversa, las fincas rotuladas y limpias, la tierra roja, le transmitían alegría y le hacían meditar absorto en la vida que encerraban. A veces, había pensado que muchos de aquellos árboles eran centenarios y seguían allí de pie, conservando su prestancia, aportando aceitunas o aceite, su sombra y cobijo, y haciendo más hermoso el trayecto a los viajeros que pasaban por aquellos lugares. Mientras que cuando tomaba el tren para regresar a la capital de España, ya sentado en su plaza, buscaba con sus ojos la última visión de La Giralda. La torre simbolizaba desde aquella época su presencia en la ciudad, el tomar tierra y reencontrarse con familiares y amigos. En buena medida, aquellas fotografías, que él había almacenado en su memoria del alminar durante sus años en Madrid, eran retazos de su vida. Cada imagen estaba vinculada a una serie de recuerdos, de vivencias. Y La Giralda era la albacea de un melancólico hasta pronto en días de frío, de lluvia, de calor incipiente, o de una primavera naciendo.
Manuel Carmona Rodríguez: Volver a amar (la catarsis). Ed. Atlantis

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