Una abuela desamparada


Venía caminando desorientada desde el hospital. En su muñeca izquierda traía la pulsera de ingreso. Había acudido para que le hicieran una serie de pruebas por una hernia en su espalda. Apenas diez minutos a su paso la distanciaban de su vivienda. Cualquier adulto con el pleno uso de sus facultades motrices y emocionales no hubiera tardado más de cinco minutos.
La tarde noche estaba cayendo, la luz solar había desaparecido, pero ni la proximidad de su hogar ni el alumbrado eléctrico de la ciudad le servían de referencias. Había caminado por aquella zona cientos de veces a lo largo de su vida, sin embargo, aquel día se sentía perdida. De hecho, había escogido el trayecto más largo. Había olvidado que a la salida del hospital solamente tenía que cruzar a la acera de enfrente, y caminar por la calle A hasta la intersección con la calle B –donde ella reside­–. En aquel cruce de caminos giraría a su derecha hasta recorrer el tramo que desemboca hasta su núcleo residencial. El trasiego de las pruebas, las horas en el hospital y la edad, le impedían en aquellos momentos tomar las decisiones acertadas. Sus capacidades memorísticas estaban disminuidas.
En su soledad, de aquella tarde y tal vez de muchas otras jornadas, de pronto se encontró a un hombre y a una mujer que iban paseando. Con voz amable y tierna se dirigió a ellos preguntándoles si la podían orientar. Aquellos dos adultos se miraron y decidieron acompañarla al portal de su piso.
Se cogió del brazo de uno de ellos. Acomodaron el ritmo al caminar de aquella abuela que por edad perfectamente podía ser la de ellos. Durante el trayecto les fue contando cómo había transcurrido su día en el hospital. Había tenido la suerte, o eso ella contaba, de que algunos de sus sobrinos eran médicos y le habían adelantado los trámites. Les habló de un hijo, dedicado a la abogacía, que no había podido acompañarla por cómo están las cosas laborales y la situación socio económica. No podía desatender a los clientes, decía ella. Lo singular es que aquel letrado, según ella narraba, tenía su propio bufete.
Por su conversación y comentarios, era una mujer de su generación, y concretamente se sentía dentro de ese grupo que se había pasado buena parte de su vida luchando junto a su marido por superar las carencias, alcanzar un bienestar socioeconómico y eso que se llamó una posición social. Tenía el prejuicio de que ciertos profesionales, poco considerados por la miopía social, no eran sus vecinos.
Esta historia de vida que os acabo de presentar está ahí, formando parte de nuestro mundo. No hay que viajar a ningún otro país de cualquier continente para darse de cara con ella. Aunque seguramente en otra nación está ahora mismo sucediendo.
El materialismo está dañando a las personas, a las relaciones familiares, intergeneracionales, a la sociedad, a los países. Es verdad que Marx puso en su momento el dedo en la llaga para denunciar las injustas condiciones laborales y de vida. Pero tanta importancia se ha dado a lo material tanto por quienes supuestamente cogieron su bandera como por sus adversarios, y por los autómatas humanos que se dejan arrastrar por los mundos de banderas y siglas que aquellos y sus medios afines han diseñado, que el egoísmo y la ignorancia muestran realidades como la descrita.
¿Dónde queda el aprendizaje y cultivo de las relaciones padres e hijos? ¿Qué ha pasado para que los vínculos familiares se hayan deteriorado? ¿Hacia dónde miran las diferentes generaciones y, por tanto, el conjunto de la sociedad, cuando se están dando situaciones como las descritas? 

Comentarios

  1. Un escrito lleno de una realidad social de primera mano, digna de un periodista y escritor como tú, Manuel.
    Cada palabra del relato está impregnada de realidad, de dolor y olvido.
    He visto a muchos ancianos solos y desorientados por los pasillos de hospitales, aunque solo sea a consultas, he de decir que incluso yo, con mi destreza en el caminar y la comunicación me veo forzado a preguntar, no una, sino varias veces, es lógico pues que estas personas pasen por un auténtico calvario, lo más doloroso, solas. Hijos, nietos, o cualquier otro familiar, siempre hay un pero, una excusa, un... llévala tú que a mí me desespera, o la llevé yo la última vez... es la misma desesperación que sentirá un día, cuando el notario levante el acta del testamento.
    ¿Dónde queda el aprendizaje y cultivo de las relaciones padres e hijos?, queda en la lejanía del cariño por sus seres, agudizados en la más absoluta miseria de la materialidad y el egoísmo.
    ¿Qué ha pasado para que los vínculos familiares se hayan deteriorado?, los valores se han perdido, la educación es necesaria, pero sin valores y justicia, esta, está perdida.
    ¿Hacia dónde miran las diferentes generaciones y, por tanto, el conjunto de la sociedad, cuando se están dando situaciones como las descritas?, no hay mirada alguna, solo cemento, prisas y ganas de heredar una vida vendida barata, que al final saldrá demasiado cara.
    Me gustaría exponer mucho más, pero, ¿para que meter paja, si lo verdaderamente importante está en el relato y en las preguntas que nos expones?
    Espero que más gente participe de este gran artículo, el cambio comienza por el compromiso.
    Mi más sincera enhorabuena una vez más Manuel.
    Un gran y respetuoso abrazo.

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  2. Gracias Felipe José por tus reflexiones, experiencias y preguntas acerca de este y otros casos similares. Feliz jueves, un abrazo.

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  3. Muy buen post. Creo que los núcleos familiares se están volviendo cada vez más débiles con el tiempo gracias a la falta de valores, los papás están menos tiempo en casa y cuando están echan a perder a los hijos mal criándolos cuando los conscienten demasiado. Ojalá más gente se detuviera a pensar en esto.

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  4. Así es Orlando, lo curioso es que esta abuela sobre la que hablamos su hijo tiene que estar entre los 45 y 50 años. Y sus sobrinos igualmente.

    Desde luego, hoy en día, con las nuevas generaciones que están creciendo si en lugar de coeducar los padres a los hijos, se les atiborra de regalos materiales u horas de televisión como autómatas para que no les "molesten", entonces se produce la pérdida de los valores que nos indicas.

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    1. Si, es bastante curioso. Pudo ser que una nana haya tomado el papel de madre, que algo haya dañado la relación entre los dos (como una pelea muy fuerte) o simplemente porque el hijo es un pecho frío. Lo viví de cerca con mi bisabuela y los hermanos de mi abuela.

      Será más curioso ver cómo serán los nietos con el hijo cuando este llegue a esa etapa de la vida.

      Saludos!

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  5. Orlando, como nos adviertes en tu nueva aportación, es necesario desenquistar las situaciones creadas porque si no se convierte en una pugna intrafamiliar de profundas consecuencias, que al final acaba salpicando al resto de circunstancias de la vida. Saludos.

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  6. Qué real, Manuel. Los mayores son los grandes olvidados de la sociedad, parecen no importar a nadie. Conozco bien el tema porque mi padre está perdiendo la memoria a marchas forzadas y lo más fácil se le hace muy difícil.
    Me gustó mucho este relato.
    Un abrazo.

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  7. Arantza me alegro de que te guste este relato. Es una realidad que hay personas y familias, una parte de la sociedad, que está dejando a un lado a sus ancianos. Eso es grave porque supone obviar la ayuda que recibieron de ellos, o manifiestan también unos asuntos familiares no resueltos, y poner el éxito económico o el estatus social por encima del resto de razones vitales. Ellos algún día necesitarán ese cariño y atención.
    Feliz fin de semana Arantza.

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