Vivir para contarla (2)


Voy en esta segunda reseña sobre la autobiografía de García Márquez a dar una serie de pinceladas sobre el contexto personal, intergeneracional e histórico que la obra encierra. La extensión de la misma, casi quinientas páginas, y la interesante base documental narrada para entender la Colombia desde mediados del siglo veinte hasta nuestros días, hacen posible que haya optado por dedicar dos aportaciones críticas al libro.
Descubrimos leyéndolo como la vocación de escritor le nació antes que la de periodista, como consecuencia de una serie de circunstancias que explican que ese fenómeno de revelación personal se produjera tras un proceso. Como señalé en la reseña inicial, el talante narrativo y cuentista que aprendió de su abuelo y de su madre fue la primera semilla. A esa se suma, durante su etapa como bachiller en el internado del Liceo, la tertulia literaria que fundó junto a un grupo de sus compañeros y con la ayuda del maestro Carlos Julio Calderón. En esa época de sus vidas, porque Gabo tiene presente en todo momento a sus amigos de aquel centro –de hecho en uno de los muchos gestos que le honran, señala como Álvaro Ruiz, uno de ellos, le ha ayudado a recordar aquel periodo de sus trayectorias–.
Será unos años después cuando se libere de sus reticencias y prejuicios hacia el periodismo, y poco a poco vaya descubriendo el que para él sería el mejor oficio del mundo. Ese quehacer periodístico cuyo único propósito será mostrar la veracidad acerca de los acontecimientos publicados y sobre los comportamientos humanos, grupales e institucionales que sacaron a la luz, como García Márquez reconoce, le permitió ir aprendiendo a dominar la técnica narrativa del reportaje tan necesaria para dotar al relato literario de la fuerza e intensidad necesarias.
Comenzó sus publicaciones con sus cuentos a caballo entre la fábula y la realidad. Y el interés que despertó en ciertos periodistas e intelectuales, le sirvió de puerta de entrada para darse cuenta de la riqueza de la vida como reportero. Se nos presenta ante nosotros al cronista sencillo y admirador de sus amigos redactores: Eduardo Zalamea, Álvaro Cepeda, Alfonso Fuenmayor, Elvira Mendoza, Manuel Clemente Zabala, Gustavo Ibarra, Germán Vargas, Rojas Herazo, José Salgar y la saga de los Cano.
Pero también al hombre que quiere a aquellos intelectuales y artistas que no van de divos y se muestran con la sencillez cotidiana porque precisamente en ello radica vivir y hacerlo con esas inquietudes y sensibilidades: León de Greif, Vicens Vives, Arturo Alape, Jorge Guillén y su esposa, Ramón Vinyes. Y el poeta Álvaro Mutis, quien es una persona imprescindible para entender el paso hacia delante de muchos de aquellos gracias a su labor auténtica y generosa de mecenazgo desde su puesto de relaciones públicas en la empresa petrolífera ESSO.
En todo aquel escenario humano, Colombia se nos hace presente, la Colombia cuyos dos partidos principales, el Conservador y el Liberal, a su vez divididos en varias facciones diversas –a qué nos recuerda esto–, se desangra por la falta de honradez de unos y otros, quienes ponían sus intereses personales o grupales minoritarios en detrimento de los del resto del pueblo colombiano. En esa circunstancia de Vivir para contarla, al menos un servidor encuentra algo muy sintomático y simbólico. Colombia como el resto de países sudamericanos se habían independizado de la llamada madre patria, España, en el siglo XIX y, sin embargo, los usos y costumbres, los hábitos más injustos y rancios, no se habían cortado. El problema ya no era de la antigua patria de origen, era de los criollos de allá. Se compartían, y no me refiero ahora a los lazos ya afortunadamente eternos como la maravillosa lengua común –el castellano o español–. Si no al caciquismo, al maniqueísmo partidista, a los intereses creados de unos pocos que laceran las posibilidades de vidas de varias generaciones.
¿Qué hacer para superar esos vicios, esas creencias inhumanas? Honradez y coherencia, amor al prójimo y a los otros dignos de ser tomados como ejemplos de vida, como los que se respiran en estas páginas, nos pueden ayudar a afrontar las circunstancias de nuestro tiempo. Y tener una pareja que comparta ese sendero de vida en común. García Márquez superó la visión machista establecida en la Colombia en la que se crió, admiró y compartió lo básico con sus queridas putas tristes, y halló el equilibrio en la sensibilidad de su mujer Mercedes Barcha.

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