Un libro clave para nuestro tiempo, 1


A Eugenio Silverio-Lucía

He hablado en otras ocasiones de esta obra. Después de mucho meditar, de escuchar a personas que escuchan, y también de prestar atención a aquellos que les cuesta escuchar o a los que rara vez lo hacen, he llegado al convencimiento de que estamos ante un texto decisivo para leerlo y asimilarlo. Os estoy hablando de Cartas de un joven español de Ortega y Gasset. La lectura como sabéis implica pausa, acercarse al autor y a los temas que nos propone. Dejarse penetrar por él. En este caso, por las ilusiones, preocupaciones, razones vitales y circunstancias de Ortega. Pero también de sus interlocutores: su padre, madre, hermanos, su novia y luego pareja, Navarro Ledesma, Unamuno…
Dentro de un año, en 2014, se cumplirá un siglo de su primer libro, con el que nos presentó su Filosofía de la Razón Vital: Meditaciones del Quijote. Será también el año del primer centenario del nacimiento de Julián Marías. Hace tiempo propuse al compañero y discípulo de ambos, el filósofo Francesco de Nigris, un programa de trabajo en equipo, del que dependemos de otros para hacerlo posible. Para acercarnos a la persona y a la obra de Ortega, esta recopilación de cartas es básica. Le conoceremos y veremos germinar a través de ellas lo que irá siendo el desarrollo de la Filosofía de la Razón Vital. Pero no solo eso, como siempre nos advertía Julián Marías, Ortega abrió algo decisivo para la persona y los pueblos, la búsqueda de uno mismo y del otro, del camino vocacional de la vida propia, interpersonal y colectiva. Hasta entonces, se habían hecho aproximaciones valiosas, acercamientos y hallazgos, sin embargo, Ortega da un giro de timón único. El hispanista Harold Raley ya lo certificó hace tiempo. En el estudio del Universo, Galileo Galilei realizó otro de esos giros.
Las primeras cartas, una breve recopilación, nos acercan al Ortega adolescente que estudia junto a uno de sus hermanos en el colegio jesuita del Palo de Málaga. Su experiencia allí, en la que ya manifiesta talento y sensibilidad para captar lo que le resulta interesante y valioso de lo que está viviendo y lo que no, puede ser un sendero de incalculable riqueza para asomarnos a esa realidad que son las relaciones entre adolescentes y adultos: entre profesores y estudiantes, entre padres e hijos, entre instituciones y asociaciones en que unos y otros participan. ¿Qué nos puede aportar todo ello si lo intentamos? Dando un paso más al frente, ¿qué podemos avanzar si lo hacemos bien? Os dejo ahí las preguntas, y seguimos.
Dirá Ortega años después, cuando ya era un filósofo y escritor reconocido, en el Mediterráneo de Málaga fui emperador en una gota de luz. ¡Qué piropo hacia aquella majestuosa mar, aquella luz y ciudad! Su autoestima, a pesar de los reveses de la vida, también era buena, fuerte como el junco. La luz, que sus amigos y maestros pensadores habían invocado desde los clásicos griegos: la cueva de Platón. Años después, en su lecho de muerte, ante el hecho decisivo último al que cualquier persona nos enfrentamos, dirá quiero concentrarme para vivir este momento y ver la luz.
Sigamos, la mayoría de las misivas están escritas siendo ya un adulto, licenciado y con una beca de ampliación de estudios. Por tanto, autosuficiente para vivir. ¿Qué está pasando hoy en España que como diría recientemente el filósofo Eugenio Silverio no es país para jóvenes? Tampoco es solo un problema español, aunque en nuestro país sea muy acuciante.
Como nos comentaba José Luis Molinuevo en una charla ponencia a un grupo de doctorando en el año 1999, el motivo principal por el que Ortega solicita la beca para el país alemán es porque en aquel momento de la historia las mejores bibliotecas de Filosofía y Humanidades estaban en Alemania. Era consciente de que allí vivían algunos de los más valiosos estudiosos de la Filosofía e incluso varias de las mejores mentes filosóficas. Sin embargo, ha intuido primero, y luego descubierto, que resultaba insuficiente. Los respeta, aprecia y trabaja con ellos. Los admira públicamente. Pero hay que dar un paso más. Él lo dio. Y lo hace de una manera ejemplar, compartiendo y bajando a la plazuela pública. No solo al periódico, tuvo la fortuna circunstancial de nacer y vivir sus primeros años en la sede del periódico El Imparcial, que dirigía su padre. Cuando vayáis a Madrid y os acerquéis a la Puerta de Alcalá, allí veréis una placa que lo recuerda. Participaba junto a sus hermanos desde niños, primero como observador, luego como uno más, en las tertulias del periódico. Otra clave de la persona Ortega para nosotros y nuestra vida: aprendió a convivir con el otro, usando una metáfora taurina: él bajaba a la arena cada jornada. Era catedrático y filósofo, sin lugar a dudas. Pero era persona, se mezclaba con otras, con la gente. Les escuchaba.
Por eso, con el dolor en el alma, cuando vive a caballo entre España, Portugal y Alemania, tras la Guerra Civil, y una vez se ha asegurado de que su vida y la de su esposa no corren peligro en nuestro país, cuando decide no ejercer su cátedra en un régimen con el que coexiste en rechazo mutuo, disfrutaba paseando por los mercados de abastos y las calles comerciales junto a Marías conversando. Así gozaban de la vitalidad indecente de los placeros españoles. Vitalidad indecente porque era increíble que aquellos hombres y mujeres que se habían visto envueltos en una injusta e indigna Guerra Civil por los intereses maniqueos de una minoría, tuvieran el tesón, el coraje y la decencia de sacar sus vidas adelante y hacerlo con esa alegría ejemplar y contagiosa. ¿A qué nos recuerda todo esto en nuestro tiempo no solo en España también en el resto del mundo?
Mañana más, mientras tanto, queridos lectores seguís disfrutando de la vida a pesar de los obstáculos que se nos presentan. Torería. 

Comentarios

  1. Excelente artículo, Manuel, muy interesante, además. Me gusta mucho Ortega, aunque no he leído toda su obra, pero ya lo iré haciendo. Muchas gracias por compartirlo.

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  2. Gracias Myriam, merece la pena leerle y a Julián Marías. Feliz semana.

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