Detalles de la vida cotidiana


Escuchaba hablar Rúas a dos mujeres en mitad de la cuarta década. Comentaban con sensibilidad y talento lo que suponía hoy la vida en aquel conjunto residencial con un hermoso parque donde se podía a la vez jugar y disfrutar de los arriates con flores, arbustos y otras plantas. Una de ellas se había criado en aquel recinto y años después había vuelto para instalarse en el piso que sus padres le facilitaron. La otra había llegado al vecindario junto a su familia en los últimos diez años. La más antigua coincidía con aquella en que las quejas fuera del sentido común y de la más mínima concordia vecinal siempre habían existido. La practicaba alguna gente que o bien sus hijos no bajaban allí a jugar porque tenían otros hábitos o jugaban en otros sitios. O bien, se quejaban porque son de ese tipo de individuos que se quejan por todo, no viven con alegría y les molesta que otros jugando a las canicas, al fútbol, a los patines o a cualquier otra cosa, muestren su alegría.
Rúas pensaba en aquella curiosa y sabrosa conversación porque coincidía plenamente con ellas en cómo estaban radiografiando la situación de aquel vecindario en nuestro tiempo y en cómo había sido hacía ya más de tres décadas. Era todo un símbolo ya que mostraba con claridad la capacidad o incapacidad para relacionarse de las personas entre sí. Nadie nacemos sabiendo nada, sin embargo, con ilusión, voluntad, sensibilidad y atención podemos aprender a relacionarnos o cualquier otra destreza y emoción. En cualquier circunstancia de la vida, podemos ser aprendiz, o bien docente. Lo que equivale a aceptar que estamos en ambos lados de la balanza, el de dar y el de recibir. Como Julián Marías nos advirtió hace ya décadas, en esa báscula medimos la calidad de las relaciones humanas de cualquier tipo. En ella podemos ponderar la calidad de la democracia o país que estamos construyendo. 

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