Miguel Florián: “Y es que los padres (no solamente las madres) también gestamos (y nacemos) a nuestros hijos.”


El Rick´s Café entrevista al poeta Miguel Florián por la publicación de su libro Eleusis, Ediciones La Palma. Tras una larga carrera como docente de Filosofía  siempre acompañada por su vocación y brillantez hacia la literatura hecha versos y otros géneros, Florián ha alcanzado ese estado personal en el que la vida se observa y siente con sabiduría. Disfruta escribiendo, compartiendo una tertulia cinematográfica con los amigos, presentando libros de las nuevas generaciones, participando en ciclos donde se intenta fomentar el diálogo y el intercambio, contemplando el mar, acariciando las piedras.  
Cuando se agita el agua, los sueños se convierten en cenizas curiosamente fecunda, ¿por qué?
El agua quieta es un espejo y la memoria es otro espejo. Cuando nos asomamos al cristal del agua se corre el riesgo –como Narciso o Hylas- de abismarse en él y hacerse también agua (los espejos confundidos). Como el azogue, el agua posee el don de la movilidad, de la vida, de la generación. Las cenizas en el agua fructifican.
¿El don que detiene el tiempo y el espacio es el amor?
“Preguntar al amor es cosa rara, / es preguntar cerezas al cerezo”, escribió Pablo Neruda. Para una mirada atenta, para un alma quieta y serena, el espacio y el tiempo quedan suspendidos en la gracia del instante. Tal vez esa gracia sea el amor.
¿Cómo son los coros de voces externo e interno que te circundan? ¿Qué te dicen?
En la experiencia estética se origina una confusión entre el macrocosmos y el microcosmos, desvaneciéndose los límites, quedando abolida (adermia) la piel que nos distancia. No nos es posible entonces reconocer fronteras porque, efectivamente, quedaron suprimidas. Poseídos, sobrecogidos, nos embarga una dicha íntima y cálida.
Hablas en un poema del estigma transparente del padre, ¿cómo es ese estigma y cómo se supera?
Ese poema nace de un sueño. Lo que yo hago es no tanto describir lo soñado cuanto sugerirlo. Algo llevaba mi padre marcado en su frente (un estigma/enigma), un signo indescifrable para mí. Y me sonreía. Los sueños guardan un sentido inquietante, ellos nos comunican con arcanos primigenios.
¿Hasta qué punto es certidumbre el mundo en la niñez?
Es cierta en tanto que sigue ahí, presente, y nos habla. A lo largo de nuestra vida cargamos con nuestro pasado. Y la infancia, el despertar de la conciencia, es el hontanar primero de nuestras voces. Jean Tardieu escribió de sí mismo que era: Un homme qui feint de vieillir / emprisonné dans son enfance. ('Un hombre que simula envejecer / aprisionado en su infancia'). Me reconozco en esos versos del poeta francés. La infancia, proteica, se perpetúa; y en nosotros persiste la capacidad de admiración y extrañeza que la constituye. La experiencia estética, pienso, surge de una suerte de arco voltaico que se establece entre aquel pasado y el presente y, por un momento, nos enciende.
El poema “Nana”, ¿encierra cierto homenaje a Miguel Hernández?
No, no tiene nada que ver con el poema de Hernández. Es una nana triste esa que entrevé la muerte en los rizos del niño. El niño está henchido de destino. Ese poema tiene una relación más próxima con otro titulado “Canción de cuna” que escribí con ocasión del nacimiento de mi hijo Pablo y que aparece en el poemario Habitación 328 y otros poemas. Y es que los padres (no solamente las madres) también gestamos (y nacemos) a nuestros hijos.
¿Qué simboliza en tu poesía la piedra?
Es curioso que hayas reparado en su presencia. Las piedras aparecen con frecuencia en mis poemas, igual que los árboles. Soy un amante de los minerales y de los cristales. Jacques Monod sugiere que el cristal es una forma incipiente de vida porque tiene la capacidad de repetir un patrón genésico. Me gusta tocar las piedras, acariciarlas, sentir su gravedad sobre mis manos. Es tentador jugar con la palabra ‘literatura’. La mesa sobre la que ahora escribo está plagada de piedras (cuento diecinueve). Algo similar me ocurre con el tronco de los árboles. La piedra es un sistema cerrado (dicen) que se contrapone a sistemas abiertos (vivos). Sospecho una forma de humilde existencia recogida en las piedras. Cuando las acaricio me precipito a un ámbito remoto y desconocido, pero que siento propio. Para quien lo desconozca recomiendo encarecidamente la lectura de Piedras, el delicioso librito de Roger Caillois. Me demoro en las piedras, en su secreto. “Amad las piedras, que son formas puras” escribió Salvador Rueda. Sí, un algo (o un mucho) de pureza encuentro en ellas.
Dedicas un poema lleno de sensualidad a la ciudad turca de Esmirna, ¿qué de europea, de asiática y de cruce de culturas tiene esa urbe?
Esmirna (Izmir) es una ciudad que visité hace ya muchos años y me asombró. Efectivamente, en ciudades con esta uno cree escuchar voces múltiples, idiomas innumerables. En Esmirna nació uno de los poetas que más aprecio, Yorgos Seferis. Él fue siempre un enamorado de las piedras. Turquía, por otra parte, es un país fascinante. Todo se recoge en el seno de su suelo -estelas de culturas, ríos de tiempos-: Mesopotamia, Fenicia, Grecia, Bizancio, el imperio otomano… Cuántas voces nos han llegado de allí: Rumi, Hikmet, Berk y a quien prefiero entre todos los poetas turcos, Orhan Veli.
¡Qué importante la figura de la madre en la vida de una persona y de una familia!
Pues sí. La madre nos gesta, nos configura. Y después, ya fuera de su vientre, una suerte de finísimo cordón nos sigue atando a ella. La madre es sustrato nutricio, la hylé (‘mater’, para los romanos) donde nos edificamos. Siempre he sospechado que nuestra especie es radicalmente femenina y que el varón es un trasunto de la mujer. ”Sin madre no es posible nacer, sin madre no es posible morir (Hermann Hesse)”. El hombre, en su devenir, va de madre en madre (sólo que se enmascara como amante) y, al final, ella nos devolverá a nuestro origen incierto. Escribió León Felipe que, cuando muriera, regresaría a Castilla porque “allí está enterrada mi madre”.
Descríbenos la voz del mar, sus matices.
El mar concilia todas las voces. Lo más similar a la voz plural del mar es el silencio. Enmudecemos junto al mar. “El mar, y nada más”, dice Cernuda en un verso impecable.
¿Por qué es extraño reconocer la belleza entre los vivos?
Te refieres a unos versos que aparecen en el poema “Eleusis” que da título al poemario. Esos versos brotaron de la turbación que viví al ver un cuerpo inenarrable de mujer en una calle de Moscú. ¡Cómo es posible que el ideal de belleza se haya manifestado en un ser vivo! Esa emoción entronca con la cita de A. R. Ammons (“Busco las formas / a las que acuden las cosas”) que aparece en “Eleusis”. Sí, a veces, los ‘eidos’ platónicos (como los ángeles) buscan albergarse en la materia.
Sobre qué te gustaría hablar que no hayamos hablado.
La verdad es que no lo sé. Hemos hablado de todo. Y, es que al cabo, todo se encuentra tramado en la misma urdimbre.

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