Ni disfrazados


 Se escondía tras sus gafas de sol. Ya había salido a desayunar horas antes. Pero ahora, cuando el mediodía empezaba a ser tarde, volvía a salir y se detuvo frente a un escaparte de moda. Rúas, al levantar la cabeza, intuyó que era alguien conocida. Siguió atento a lo que él estaba haciendo y, sin embargo, la curiosidad periodística le hizo mirarla de nuevo. Era ella. La del seguro de vida público. Ella al saberse descubierta, con la cabeza mirando a otro sitio, salió pitando a la acera de enfrente. Se quitó de en medio como tantas veces. No era cuestión de género ni tampoco de titularidad pública o privada.
A aquella le pagaban hombres y mujeres con sus impuestos. Personas que luchaban a diario por ganarse el pan y salir adelante. Mientras ella se escaqueaba cada vez que su puesto de dirección se lo permitía, sus compañeros de ambos géneros bregaban y bregaban con sus obligaciones laborales. Y mientras jóvenes y adultos interinos, becarios o desempleados en la era de la ultra austeridad, de los recortes sobre recortes.
Tampoco era aquella una cuestión de que se contara con un seguro de vida público. Los había que contaban con el seguro de las stock options, de los sueldos millonarios al servicio del consejo de administración de turno, de las jubilaciones a medida. Mientras él era el ejecutivo de éxito, sus compañeros de ambos géneros bregaban  y bregaban con sus obligaciones laborales cada jornada. Y mientras adultos y jóvenes con contratos interinos o miserables, o desempleados en la era de la ultra austeridad, de los recortes sobre recortes.
El gran teatro del mundo, ¡cuánta estafa! A pesar de todo, había personas despiertas, concienciadas.

Comentarios

Entradas populares