Cuando éramos niños

Iba cogida de la mano, aún le costaba soltarse para caminar sola. Tenía cierto temor a caerse aunque no le fuera a ocurrir nada, pero incluso una pequeña caída de apenas diez centímetros sobre su centro de gravedad le preocupaba a su intuición de bebé. La miró y se preguntó hasta qué punto aquel miedo nacía de ciertos mayores que la rodeaban. Tras hacerse aquella pregunta, cayó en la cuenta de inmediato en que cualquier persona sentía pavor ante las circunstancias de la vida. Ahora bien, el nivel y la gravedad del espanto variaban según cada hombre o mujer.
La chiquilla siguió andando con pasos cortos y firmes con la ayuda de aquel adulto. Ella posaba con fuerza sus pies para autoconvencerse de que no iba a resbalarse. Ante aquella manera de caminar él pensó que aquella chiquilla estaba empezando a meditar sobre los grados del riesgo. Tampoco se trataba de ser una insensata. Entonces a él se le vino a la mente una reflexión de un eminente sociólogo que podía ser el bisabuelo de aquella nena, Zygmunt Bauman, quien camino de los ochenta y ocho años continuaba cuestionándose cómo conciliar el riesgo y la libertad.
De pronto, ella sin mediar palabra ni movimiento que la estimulara, más allá de su libre decisión, comenzó a dar pasos rápidos. Su andar era como el de las hormigas cuando han cogido un trozo de comida y se dirigen decididas hacia el hormiguero porque han hallado lo que querían. Aquella ricitos se sintió segura y recorrió varios metros de manera impetuosa. Al llegar al borde del escalón se detuvo súbitamente y esperó a que le ayudara su familiar a bajar. Miró la puerta del contador del agua queriendo abrir su cerradura. Te acuerdas, querido lector, de cuándo eras así y todo te llamaba la atención. Habían pasado los años y la capacidad de sorpresa seguía apareciendo con la llegada de cualquier niño o generación a este mundo.
Los problemas venían después, cuando cada crío y generación no aprendía de los errores, de las carencias o de los vicios de las que le precedían. O bien, cuando aquellos habían asimilado cómo hacer bien determinadas razones y proyectos vitales y, sin embargo, las generaciones mayores con capacidad de decisión influyente les obstaculizaban o negaban la posibilidad de desarrollarlos. Se desencadenaba así la decadencia, los retrocesos, la pérdida de derechos que parecían alcanzados y que en cambio eran imposibles de ejercer porque se les negaba la asunción de las responsabilidades libremente asumidas.
Se miraron, y él se acordó de una mediocre política que hacía un día había mostrado su cara patética al afirmar que había llegado la hora del sacrificio de los políticos. Qué poco conocía aquella torpe estadista el sentido de las renuncias para ser una misma, para ser libre. Qué poco conocía la historia de la gente, de las empresas o de las instituciones sobre las que tenía que ejercer su labor de gestión gubernativa, y que cada mañana tenían que hacer esfuerzos para sacar adelante sus trayectorias. Qué poco conocía el pasado de su país o de ciertos políticos con altura y profundidad de miras como aquel diputado que al ser preguntado por qué viajaba en tercera desde su circunscripción hasta Madrid cuando iba al Congreso de los Diputados, contestó al periodista porque la mayoría de los españoles viajan en tercera.
Volvió a mirar a la pequeña que ahora posaba sus manos sobre la pared alicatada con imágenes mitológicas. Quería continuar su paseo, pero pedía la ayuda de él. Éste le propuso que ella siguiera caminando apoyándose con sus dos manitas en aquella. Al principio refunfuñó, pero luego ella se dio cuenta de que podía y le regaló una bella sonrisa.

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