El diálogo como conciencia reflexiva de lo real


El pasado 6 de junio concluyó el ciclo Encuentros para el diálogo, que hemos venido desarrollando en los últimos meses en el centro cívico Las Sirenas de Sevilla. Eugenio Silverio, que ha coordinado este ciclo, dio la última ponencia tertulia titulada “El diálogo como conciencia reflexiva de lo real”. Como bien sabéis los lectores del Rick´s Café, este foro de pensamiento, vivencias, inquietudes y tertulia, ha estado precedido del ciclo Filosofía para buscadores, del que también este blog ha mantenido informado a su comunidad lectora. Presentado por el catedrático César Moreno, durante dos horas el público asistente disfrutó con las reflexiones y sugerencias que Silverio realizó, y las preguntas y meditaciones que se desarrollaron en la tertulia complementaria. Paso ahora a sintetizaros las palabras de Eugenio Silverio durante aquella grata tarde de primavera.

Entraré en la idea de diálogo a través de un ángulo distinto (no se trata, en mi caso del diálogo, en sentido socrático, o contemporáneo-habermasiano). Es el diálogo en un cierto sentido ontológico. Un sentido sorprendente para algunos, extraño para otros, pero en fin, espero hacerlo fácil para todos (el público aquí es muy variado); pero trataré de exponer mi forma de entender la crisis de lo dialógico. Pues entiendo que la crisis del diálogo es la raíz de muchas otras crisis.

Soy consciente de que si algunos de los conceptos que presentaré aquí esta tarde os parecerán difíciles, será porque lo son. Mi intento, modesto, consistirá en hacéroslos más asequibles. Y no sé si lo lograré, pero hay que intentarlo. La claridad, decía Ortega, es la cortesía de los filósofos. Intentaré ser cortés.

Decía Thomas Jefferson: "Quién recibe una idea de mí, recibe instrucción sin disminuir la mía; igual que quién enciende su vela con la mía, recibe luz sin que yo quede a oscuras."

Sin egoísmo. El diálogo refleja el juego abierto fundamental de compartir las ideas (y desde mi perspectiva vital filosófica, veremos que en el diálogo se comparten muchas más cosas); el diálogo, decía, refleja el juego que no causa merma a ninguna de las partes involucradas, sino todo lo contrario. Dialogar es dar y recibir un sentido infinito. Esto del sentido infinito, se irá aclarando conforme vayamos desarrollando el tema… En filosofía las palabras suelen ser así, tremendas, pero detrás del aparato conceptual suele estar la claridad.

También esto lo decía el profesor Moreno[1], el otro día, cuando nos hablaba del concepto de “Otro” en Enmanuel Levinas… Llegar a un acuerdo o a un consenso no es la finalidad trascendental del concepto de diálogo que aquí expongo.

Desde mi perspectiva, dialogar es la posibilidad comunicativa de dar y recibir ese sentido infinito. No es que el diálogo no termine nunca, no es eso, sino que en ciertas condiciones y actitudes (de las que hablaré a continuación), en el diálogo se da la posibilidad de sentido infinito.

Y el primer incremento de sentido lo produce el des-engaño, el caer en la cuenta del error propio, del engaño propio (el de uno), y aceptarlo, pues si no hay aceptación real del error propio no hay “ganancia”, y, por ende, no hay diálogo.

“Ganancia” aquí es un sentimiento de apertura. La apertura es un gesto del espíritu, de la conciencia. Cuando acontece ese sentimiento de apertura, cuando sucede, pues nadie lo produce, sucede… se da el diálogo al que me refiero, no antes. Uno ―el ego enfrascado en discutir, en debatir, en rebatir― no hace nada. 
Sólo es dotado de escucha, y así se abre al sentido infinito del que hablabaa aquello que no es ego, que no es un yo que “razona y piensa”. El ego cree que razona y piensa, pero si no hay apertura, no razona ni piensa…

Cada una de las personas que toma parte en un diálogo así, gana, se enriquece, se ilumina si juega bien a dialogar, o sea, desde la apertura. Abrirse al sentido infinito es fácil teóricamente: es comprender que la luz está más allá de la guerra, de los contrarios… Es el primer paso: el comprender intelectualmente esto de la apertura, de abrirse, etc… Pero la apertura real es iluminación. Sencillamente. Uno está iluminado cuando se abre. Pero uno no abre nada, uno es abierto. Uno sólo pone una dosis de buena voluntad, un desear estar abierto al advenimiento de la Apertura…

En el diálogo todas las partes ganan, se enriquecen. Es la mejor inversión que uno pueda hacer en la  vida: dialogar con otros, desde la apertura. Esta escucha en apertura, ya lo hemos dicho, es la iluminación del diálogo.

El otro (mi interlocutor en el espacio del diálogo) es mi factor de crecimiento, mi necesario des-engañador, mi des-atascador, mi posible referencia de claridad fuera de mi sueño diario diurno. Pero a primera vista, así, como a ojo de buen cubero, el otro conforma mi visión dualística mural de la relación intersubjetiva.
El otro puede ser, y con frecuencia lo es, el “muro de mis lamentaciones”. También puede ser “el muro de sus lamentaciones”. Supone la diferencia radical óntica (no ontológica) de mi yoidad. El otro, o lo otro. No hay diferencia esencial. El otro puede ser mi marido, mi pareja, mi madre, mi amiga… Lo otro puede ser mi trabajo, mi hipoteca, mi país, mi entorno, mi comunidad de propietarios… En definitiva, bajo la categoría de “otro” ponemos todo lo que aparentemente es no-yo.

La posición significa una parcela perceptiva y cognitiva de la realidad, un espacio limitado de comprensión que se defiende como territorio o demarcación por cada yo en el campo de las relaciones personales. Literalmente es una o-posición, esto es, posición contra otras posiciones. Pero la posición como tal es ilusoria en cuanto territorio defendido. Ya lo veremos…

La posición (la de cada uno) sólo accede a lo real abierto (es decir, lo sorprendente, lo desconocido, lo creativo en las relaciones humanas, lo genuinamente humano); la posición de cada uno, decía, solo accede a eso (a lo real abierto) mediante su abrirse (el abrirse de la posición propia) al des-montaje, en su exponerse a otros enfoques, a otras perspectivas, en su dis-posición a la des-posición de sí. O sea, se accede a lo real abierto, (lo creativo, lo bello, lo desconocido…) si uno deja el hábito de ser la persona (cerrada) de siempre.

¿Qué es la otredad? La otredad es lo que aparentemente hace diferente al otro en mi percepción: el conjunto de notas no sólo diferenciales, distintivas y “objetivas” del otro como persona, sino que también esa otredad incluye mi valoración subjetiva del otro. La otredad es la imagen que hago de la propia relatividad personal del otro como persona-ego. Se viste así, habla así, es feo/fea, gordo/gorda, guapo/guapa, listo/lista, y, por lo tanto, me cae bien, mal, me resulta simpático, antipático, etc…

Pero distingamos entre otredad y alteridad. La alteridad es el Otro con mayúscula, lo sagrado y real del otro en su propia libertad, en su singularidad radical y trascendental; lo cual, a su vez, y en esencia, soy yo mismo (léase Emmanuel Levinas; de eso nos habló el profesor César Moreno en su magnífica conferencia).
En mi caso, la Alteridad, con mayúscula, es también el “Yo-soy-el-que-soy”, divino, libre que compartimos; nuestra Profunda Naturaleza Humana, la Consciencia Común Radical (o raigal, de raíz, así la llamo yo), la Naturaleza Perfecta del Tao, el Hombre de Luz iranio, El Adán Primordial que nos constituye a todos, sin excepción, como humanos sensibles y racionales y mucho más que eso.

Pero volvamos a lo de antes. Cada posición es un “castillo” fortificado. Una “posición-castro”, la llamo yo (castro significa “castillo”), una posición-castro es una fortificación, el cercado irrisorio de una idea de yo, en la que se acampa y se tiene por definida y definitiva. Y se defiende. ¡Y cómo se defiende! La madre de todas nuestras posiciones defensivas-ofensivas es la idea de supervivencia.

En el diálogo auténtico no hay principios a defender, sino verdades vitales a descubrir. Verdades vitales no son buenos argumentos lógicos, verdades vitales constituyen mi ser y el del otro. Lo que es no necesita defensa alguna, es. Indefensión, pero recta indefensión… Lo que es, lo real, lo verdadero, carece de defensas y argumentaciones. No teme. No puede mermarse. Por eso el principio del diálogo es la apertura al conocimiento sin límites, sin miedos, sin defensas, sin posiciones rígidas. Abierto al sentido infinito

Sólo un tender a la luz común fuera de los recovecos de la cueva, de la propia caverna, de la mente astuta y sabihonda que parece albergar todo conocimiento, que parece saberlo todo. Dialogar ―lo vio Platón― es la mejor forma de salir de la caverna. La primera condición para salir de la caverna es reconocer que estamos en la caverna, o sea, en la oscuridad, en la cerrazón. No hay más. Pero tampoco menos.

Y al ver eso, ver la relatividad de todo eso “aparentemente tan sólido, tan real”, que va y viene (los conceptos, los miedos, los deseos, las apariencias…, al ver cómo todo eso tiene permiso de circulación, entonces desde esa conciencia reflexiva, uno se desmarca del tráfico, del tráfago de cosas, sin censurarlo, sólo viendo el juego de esa totalidad, de ese to onta (las cosas ahí, lo que hay). Y el lugar ontológico de ese ver es por excelencia el diálogo como meditación. El diálogo como meditación, repito.

El diálogo es la música inteligente del sentido que da plenitud al encuentro expresivo entre seres pensantes y sentientes en busca de más verdad que la propia. Seres que invierten en sí mismos escuchando a otros, acompasándose y descompasándose con otros, en sus respuestas, en sus preguntas, en la complejidad del existir. Se toma el compás y se pierde el compás en el baile a veces trepidante de las ideas, de los pensamientos, de los sentimientos. El dialogo está cursado de estremecimientos, temblores, ahogos, sacudidas, gritos, silencios. Vibraciones, sensaciones, corporalidad… No sólo argumentos, inducciones, deducciones, razones y no razones…

Dialogar así es un vuelo del entendimiento por encima de sí mismo. Desde el punto de vista fenomenológico es un yo que vuela abierto hacia otros no para dominarlos, sino más bien con la intencionalidad paradójica de ser menos yo.
Un yo que depone armas conforme comprende dialogalmente el sentido infinito (del que hablaba al principio) es un yo en proceso de des-agresión: en el proceso de dialogar deconstruye el propio vicio de autoafirmarse, de ser el mismo de siempre. El aire que sostiene la amplitud y la dinámica de ese vuelo es la humildad como fuerza indescriptible, no de poquedad, sino de lucidez y de sensata asertividad.

La humildad real es la inteligencia de perder la importancia personal, de perder el lastre de lo personal.

El punto de cordura de esta inteligencia humilde ha visto que hay vida después de la importancia personal. Ha visto porque ha mirado, con cuidado, con atención, que no siendo tanto “yo”, uno también es, y lo es de verdad; que deponiendo armas, que rindiéndose en justa rendición, uno sin embargo es y permaneceen pura y suave asertividad. 

Entonces mirando quizá uno descubra que hay un ser del egouna conciencia que no dice compulsivamente “yo”, pero que es fortaleza sin afirmarse, que es no debilidad, y que sin duda es en la Vida misma como su individuación, como conciencia de sí de la vida, como subjetividad trascendental.

Y ha visto, porque ha mirado (primero está el mirar, luego el ver), y ha visto que este ser del ego, no es condicionado, ni limitado. Es simplemente libre. Es pura conciencia, no conciencia-de esto o de lo otro, no conciencia-de, como estructura propia de una mente intencional, es decir una mente que se refiere siempre a cosas, a algo externo a la propia conciencia… No. Esta inteligencia cordial es conciencia liberada de objeto, una alegría, una bondad sin objeto, sin referencias externas. Conciencia autoafectiva, la llamo yo. Des-posicionada de ego, y des-poseída de objetos. Un ver libre de todo condicionamiento… Es una vieja esperanza: la Verdad, el Espíritu, la Conciencia nos hará libres…

Ya voy terminando, leeré esta pequeña conclusión, y luego terminaré con un poema, que es también una oración de un fraile cristiano, un dominico. Me gusta la idea, pues este ciclo empezó con un poeta (Juan José Espinosa), y terminará con un poema…

Es un poema de Fra Giovanni Giocondo, que es parte de una carta a un amigo; el poema se llama “Un corazón agradecido”, y está fechado en el año 1513. Dice así:

Nada hay que pueda darte
que tú no tengas; pero es mucho, muchísimo, aquello que
aun no pudiendo darte, tú puedes alcanzar.
Ningún paraíso vendrá a nosotros si nuestros
corazones no hallan descanso en el presente.
¡Alcanza el paraíso!
No hay paz en el futuro que no esté
oculta en el instante presente.
¡Alcanza la paz!
La tristeza del mundo no es sino una sombra,
detrás de la cual y a nuestro alcance, está la dicha.
En la oscuridad hay claridad y gloria, si pudiéramos verlas;
y para ver basta con mirar.
Te imploro que mires.



[1] “Experiencia del extraño y pluralismo dialógico”, César Moreno.

Comentarios

  1. Magnífico resumen estimado Manuel de la conferencia de Eugenio Silverio “El diálogo como conciencia reflexiva de lo real”, que nos cautivó con su profunda reflexión, y que de nuevo, a través de tus palabras nos hace disfrutar de nuevo.
    Quiero agradecer profundamente a Eugenio desde este portal y a todos los que habéis colaborado en la realización de estas conferencias en “La casa de las Sirenas” por esa labor de divulgación de la cultura y el diálogo, tan necesaria y gratificante al mismo tiempo.
    Espero y deseo poder estar de nuevo con vosotros y disfrutar de vuestra presencia y palabras.
    Un cordial saludo.
    Fernando Moreno

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  2. Qué alegría Fernando leerte por aquí. Sigamos entre todos sumando para hacer nuestras circunstancias más armoniosas. Un abrazo para ti y tu pareja.

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