La cotidianeidad del mundo raro

Vida a través de la poesía, eso es lo que nos transmite María Luisa Mora Alameda con su libro El mundo raro, que ha recibido el prestigioso premio Rafael Morales 2012. Su vocación, su pasión, por los versos, que ha venido acunando desde su niñez, toreando las vicisitudes ignorante o maldiciente que se le han presentado por el camino, se nos vuelca en esta obra.
Puede comprobar, quien saboree esta lírica, la importancia de la vida cotidiana en las trayectorias de las personas, de las generaciones y de los pueblos. Su bella tierra toledana, disfruta de uno de los grandes maestros de la pintura: El Greco. Cualquiera podemos hacerlo cada vez que tengamos la oportunidad de visitar esa acogedora y elegante ciudad en la que los silencios de sus calles se entremezclan con los sonidos de las aguas del Tajo. Pues como aquel talento de los pinceles, Luisa Mora Alameda coge sus cien bolígrafos hasta sacar la música que encierra su alma y su mente, curtidos por la sapiencia de quien vive y convive.
Gustaba a otro pintor, Velázquez, de autorretratarse de vez en cuando en sus cuadros. A lo largo de El mundo raro, la poeta nacida en Yepes, se autorretrata en numerosos poemas, pero siempre con una mirada constructiva que otea el resto de circunstancias y personas de su mundo. La podemos ver emocionada recordando la primera vez que llegó a casa de sus padres, siendo una moza, aquel joven técnico de lavadoras para reparar la de la familia. Sintió tanta belleza en su mirada que desde entonces como los peregrinos le puso a su sendero el nombre de Santiago. Y no se quedó ahí. Cuando años después, de la unión de ambos, acabaría naciendo el más pequeño de la saga, elegirían aquel para su vástago. Alienta en sus versos a ése a seguir su ruta musical, viendo en él la prolongación de su vocación artística. Ambos tienen música en el fondo de sus personas, cada uno la muestra con su medio y sus elementos de expresión.
Late en estos versos como en los que ya os reseñé de El don de la batalla (Vitrubio) la figura ausente de Verónica. Y como en ese libro, se nos hace presente, revive. Y lanza un guiño a su otra hija, Marisa, sabedora de que ella también ha sufrido por la pérdida de la infancia y adolescencia compartidas, y por ver sufrir a sus progenitores.
El maestro Azorín desarrolló el don de inmortalizar con su pluma momentos y personajes de su tiempo con quienes trató o se cruzó por su vida, y darles la continuidad y la transición características de la novela y el cine clásicos. Como los poetas que recuerdan generaciones y generaciones, Luisa Mora tiene la capacidad de atrapar a alguien o alguna vivencia entre sus versos y poemas. Nos hace recordar a las abuelas que fregaban en las pilas compartidas. Nos emociona imaginando la lluvia caer por su figura. Nos conmueve escuchándola hablar de ese Dios sanador y amoroso en el que ella cree frente a la imagen dogmática de ciertos rigurosos doctores de la Iglesia, trayéndonos así al recuerdo los versos de San Teresa de Jesús o San Juan de la Cruz.
Luisa Mora, poeta, compañera, madre, amiga y vecina comprometida, ha aprendido a torear en el gran teatro del mundo desde su coherencia y arrestos. Ha asimilado eso tan difícil que es levantarse a sí misma cuando las circunstancias de la vida ponen pruebas complejas.
La edición de este libro es sencilla, delicada, acogedora. Ojalá alguna editorial competente y honesta se anime a que este justamente premiado poemario vea la luz y reciba un lugar especial en las estanterías de los escaparates de las buenas librerías. 

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