Treinta y dos años después

Supongo que porque lo último que escuché fueron tus gemidos cuando aquella madrugada comenzaba y transitaba, que lo que menos recuerdo es tu voz. Sin embargo, pasaron los años, uno tras otro, y nunca olvidé el cúmulo de vivencias que compartí junto a ti. Las risas, los viajes por la ciudad o por otras provincias andaluzas, los fines de semana familiares.
La recogida del colegio al mediodía, como aquella de un célebre día de febrero de grato recuerdo para el pueblo español tras una tarde y noche anterior de transitores en que la mayoría estaba muy preocupada porque sabía lo que estaba en juego. Qué poco les duró a aquellos a quienes decían representar el miedo y las preocupaciones vividas aquella larga tarde, noche y madrugada, visto y vivido lo vivido desde entonces y hasta hoy. Está claro que todo lo que merece la pena hay que intentar hacerlo cada día, y estar ojo avizor.  
O caminar por el barrio cogido por una de tus inmensas manos o bien subido en tus hombros. Dos reprimendas merecidas por no haberme portado bien. O cuando al final de cada semana me dabas una moneda para ir ahorrando para una bicicleta nueva a cambio de hacer bien los deberes, aprender y traer buenas notas. Suma tras suma, cuando abrimos aquella hucha, allí estaba el ahorro para la bici roja.
Pasaron ya más de tres décadas, y hoy te seguimos todos recordando como entonces: con amor y respeto. 

Comentarios

  1. Maravillosos recuerdos, es hermoso poder atesorarlos. Muy bien redactado, interesante y emotivo, me recordaste parte de mi vida. Un saludo.

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