Verano y España

Eran las doce menos diez cuando los dos enfilaban el último tramo de Torneo en dirección al cruce con el Puente de la Barqueta. Iban caminando en paralelo al Guadalquivir que con su brisa ayudaba a suavizar las altas temperaturas del verano y suponía un aliado para quienes se atrevían a visitar la localidad paseando. Alcanzaron el paso de peatones, esperaron a que el semáforo se pusiera en verde para ellos y cruzaron. Situados ya en la esquina de la otra cera, el cicerone se detuvo y le indicó a ella que todo lo que estaba al otro lado del río, con edificios de diseño, era la Isla de la Cartuja, donde se había celebrado la Expo 92. Aquella sucesión de obras faraónicas transformó la urbe, la reinventó para darle los recursos básicos para afrontar el siglo veintiuno. Ahora dependía de las instituciones privadas y públicas, de su sociedad civil, de cada persona, intentar desarrollar toda la potencialidad que encerraba. Y ahí radicaba uno de los problemas decisivos a resolver porque Sevilla y parte de Andalucía, como otras zonas de España, venía cometiendo el error perpetuado de enfrascarse más en las cainitas y destructivas luchas de miras cortas, en lugar de unir inteligencias, sensibilidades, recursos, voluntades y consensos. ¿Dónde estaba el sentido de aquella esfera en tonos naranjas que representaba a la Tierra y que hacía girar su mascota Curro? ¿A dónde había quedado su intento de volver a formar parte de la Historia Universal aportando al resto del mundo y dejándose impregnar por los avances, por las riquezas de otras culturas, de otros estilos de vida?
MCR: Volver a amar (la catarsis)

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