La historia en nuestras manos (y 2)

Si ayer hablábamos de la obra de Peters, sugiriéndola; hoy lo vamos a hacer de otro original que refleja la España y el Mundo de su tiempo: finales del siglo XVIII y los primeros veinte años del siglo XIX. Estamos ante otro periodo decisivo de la historia. En realidad todos lo son, ahora bien en determinados momentos o fases se producen una concatenación de hechos y la confluencia de varias generaciones que provocan una nueva altura y profundidad de los tiempos. Esa a la que nos referimos es una de ella. Tienen lugar la Revolución Americana en los Estados Unidos y la Revolución Francesa de 1789, la Guerra de España contra el invasor napoleónico y posteriormente la sucesiva ruptura oficial, legal y administrativa de los países americanos con España ya que los vínculos humanos y culturales –los más decisivos–, por fortuna continuaron.
Hace ya años, en el verano de 1995, alentado por el profesor José Luis Sastre, quien en las ceremonias académicas de la universidad aparecía con sus medallas en el pecho cual general de la intelectualidad, ganadas todas ellas a partir de su brillante vocación por la investigación y docencia, me alentó a indagar en los prerrománticos sevillanos. Aún recuerdo la fotografía en blanco y negro en su despacho conversando con Menéndez Pidal. Se trataba de conocer más de cerca a los Lista, Marchena, Reinoso, Blanco White, … todos ellos en mayor o menor medida maestros entre otros de Gustavo Adolfo Bécquer. Así que aquel estío, después de las tardes de café y las noches de martini con los amigos y las damiselas, me encaminaba por las mañanas a la biblioteca de la Casa de la Provincia. El marco inspiraba y atraía. Junto a ese triángulo tan lleno de vivencias y mezcla de culturas que son la Catedral, los Alcázares y el Archivo de Indias, y una placa de mármol con las palabras del maestro Cervantes hablando de la Giganta. El pub Flaherty, el irlandés pionero en la ciudad, lugar de encuentro de interesantes historias con las Erasmus, a escasos metros. Lo que se dice todo a mano.
La biblioteca de la Diputación con suelos y anaqueles de madera, de esos que al pisar suenan, de esos que al abrirlos para coger un texto sientes la nobleza de los materiales. La mayoría de los días estábamos la bibliotecaria y un servidor con lo cual el ambiente de investigación estaba creado. Se escuchaba el silencio roto levemente por el zureo de las palomas de la plaza o las que entraban al patio del convento anexo. El siguiente lugar de mis andanzas fue en la propia sede de la Diputación de Sevilla, cerca del primer lugar, donde ya pude comprobar la eficiencia con la que se comportan los burócratas, sobre todo cuando alguien que va a trabajar les sorprende a diario hablando con el hijo para decirle que saque las lentejas de la nevera, o con la amiga para comentarle el último modelito que se ha regalado, o cómo se lo había pasado durante sus vacaciones. Yo indagando sobre los prerrománticos y allí delante de mí el vuelva usted mañana de Larra. La cosa iba bien.
  Pues cruzando informaciones sobre el terreno llegué al lugar que me esperaba: los fondos históricos de la Biblioteca de la Universidad de Sevilla. Os aseguro que ya a finales del siglo veinte en esta España nuestra había mucha información que filtrar y cruzar si de verdad se quería llegar al meollo de la cuestión. Fue entonces cuando descubrí una realidad alarmante, el conjunto de bibliotecas de las facultades de la Universidad de Sevilla –la segunda del país por número de docentes y discentes– era un auténtico reino de taifas. Por citaros uno de sus ejemplos más ilustrativo, en la Facultad de Geografía e Historia cada Departamento tenía su biblioteca particular y cada una de ellas su horario, de tal manera que si querías consultar en cualquiera de ellas, tenías que ir al tablón de anuncio del departamento en cuestión y anotar fechas y horas. ¡Vivan la libertad y el acceso a la cultura! Cada vez me sentía más en el papel de Jean Valjean en las Tullerías.
Tras salir de aquella suma de emboscadas, pude tener entre mis manos el Libro de Actas de la Academia de Buenas Letras de Sevilla. Papel pergamino del siglo XVIII y comienzos del XIX, tinta de calidad, letra manual cursiva y firmas artísticas al final de cada sesión. Aquellos hombres se jugaron la vida por contribuir a la liberación de España del invasor napoleónico. Pusieron su libertad personal al servicio de la libertad colectiva. Entregaron los conocimientos que tenían a la gente del pueblo que se quiso instruir –dicho de la formación o educación en la época–. Emprendieron acciones para superar las dificultades de alimentación y asistencia médica a las personas y familias necesitadas. Y, sin embargo, qué paso tras la derrota de las tropas de Napoleón. Eso ya vosotros lo sabéis. Llegó la oscuridad de Fernando VII y su corte, a pesar de que la soberanía nacional en las sucesivas constituciones residía en el pueblo español. Ellos quedaron excluidos de las tomas de decisión o se vieron obligados a emigrar. ¿A qué nos recuerda todo esto?

Comentarios

Entradas populares