Medea, con la experiencia de Atalaya

Los dos minutos de ovación cerrada con la que buena parte del público puesto en pie reconoció la puesta en escena que Atalaya hizo de Medea, sintetizan lo que se vivió anoche en el Teatro romano de Itálica. El aforo estaba casi lleno. Era consciente la gente que iba a ver una interpretación madura y sin fisuras. Son muchos los años que han transcurrido desde que esta compañía rompiera y sorprendiera con esta obra, y ahora han cambiado los actores, fruto de todo el tránsito intergeneracional, pero se mantiene el equipo de dirección y la filosofía de trabajo. Se nota que hace tiempo que Atalaya además de compañía es escuela de intérpretes.
En una noche fresca, más otoñal que de finales de verano, en que las nubes rosáceas y una brisa agradable se hicieron presente, como los ecos de una guitarra flamenca acompañando a un coro cantando sevillanas a unos doscientos metros del escenario, -es lo que ocurre cuando se combinan la magia de un escenario abierto como el de Itálica, el silencio de la noche y la variedad de formas de divertirse-, disfrutaron los espectadores de una intensa puesta en escena respetando una versión sintetizada de Medea. Magnífica la interpretación de Silvia Garzón en el papel de la heroína, sabiendo transmitir esa combinación de mujer bruja capaz de gozar traicionando a su padre, y de sufrir cuando Jasón por quien traicionó a los suyos, la abandona a ella y sus hijos por su pasión y próxima boda con Creusa. Enlace que no se llegará a producir porque la intervención de Medea cual Ave Fénix luciférico lo impedirá.
Hay tantos elementos en la obra que dan para pensar, y todos ellos de actualidad, que vamos a ir haciéndolo queridos lectores del Rick´s Café, gustándonos sabiendo que el domingo va avanzando y qué mejor manera de encarar el lunes que con algo que nos plazca.
Los extranjeros, y esa absurda tendencia de los gerifaltes, sobre todo de aquellos que detentan el poder desde el absolutismo de marginar y excluir a quien no ha nacido en esa tierra. Hoy en día, han pasado más de veinticinco siglos, y lo podemos ver reflejado en los inmigrantes que son deportados al llegar a Europa, América o Asia, o bien son recluidos en los centros de internamiento habilitados para ello. El egoísmo, la avaricia, la falta de humanidad del poderoso en posesiones o en ejercer la vara de mando, y pobre y ruin en el desarrollo de una política de integración de los otros. Contra ello se revela una Medea, proclive además a tomar decisiones sin que nadie le tosa. Como decía un amigo coruñés que nos acompañaba, hay un guiño de Atalaya a Federico García Lorca y su universal La casa de Bernarda Alba. Referencia ésta que nos trae otro tema al debate, la existencia de un matriarcado igual de poderoso que el patriarcado desde aquellos tiempos remotos. Frente a esa visión miope de las fronteras y de las relaciones interpersonales, familiares y sociales, abogamos una vez más por aquella filosofía del trato humano de Ortega y Marías, que apoyaba ver las fronteras geográficas y personales como puntos de encuentro. En ellas se producen los injertos, la osmosis, ese fenómeno que enriquece a los hombres y mujeres que practican ese modus vivendi.
Por cierto un estilo de vida retratado con elegancia por Atalaya a través de una acertada elección del vestuario, de los elementos arquitectónicos complementarios a los propios del teatro, a una muy trabajada selección musical y a una inteligente luminotecnia. Algunas de las sombras de los intérpretes sobre los muros del escenario dignas de ser captadas por la mirada de un sabio fotógrafo para un buen libro catálogo del espectáculo.
Ha concluido con la última de las tres representaciones de Medea este ciclo que se inició en agosto con Lisístrata. Puede estar contenta la Consejería de Cultura, Educación y Deportes, organizadora, de los logros artísticos y de público. Toca ahora darle continuidad en el resto de Andalucía, España y Europa, como comentaremos en la entrevista que en estos días publicará el Rick´s Café al director de teatro José Manuel Mudarra. Es obligación que lo bueno continúe. Si los políticos que tienen las competencias cedidas por el pueblo no cumplen con esa posibilidad real, será cuestión de exigirles que lo hagan. Y es que con el buen teatro, como con cualquier buena manifestación del arte y la cultura, se está promoviendo la educación y la participación de la ciudadanía, y se genera riqueza y puestos de trabajo. Si no lo hacen es porque no saben o es porque no están dispuestos a que la democracia madure.

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