Memoria del tiempo

Como os anunciaba ayer, voy a reseñaros Memoria del tiempo (Alhulia) de Antonio Fernández Ferrer. Es hermoso desde su cubierta, con ese grabado que nos anuncia el mundo íntimo del poeta y cantautor con sus guitarras española y eléctrica, con su piano, con ese universo interpersonal que fue creando junto a los amigos y hermanos de Manifiesto Canción del Sur. Tiene fuerza desde su cuerpo por la elegancia del diseño editorial. Y conforme nos adentramos en el prólogo de Fernando González Lucini sentimos que esa energía crece, se expande. Leemos a Lucini y visualizamos el encuentro musical y humano con Antonio a través del común amigo Juan de Loxa. Cuando momentos así se producen, la magia se hace presente. Es un prólogo y podría ser el arranque de un documental o de una película por la emotividad con que Lucini nos narra ese instante de sus vidas, que en el fondo son las trayectorias vitales de varias generaciones, esas que aún hoy siguen clamando por el amor y la libertad.
Está la obra estructurada en tres partes, Versos en la madrugada, Memoria del tiempo y Veladas ironías. Y a su vez cada una de ellas está vertebrada a partir de una microestructura a forma de libreto en el que se da la siguiente secuencia: poema de un poeta clásico (arranca con Borges y Ángel González), serie de poemas sobre vivencias personales, interpersonales y colectivas, un nuevo poema de otro escritor (Pavese), nuevos poemas de Antonio y sus haikus.
Aborda Antonio, como nos comentaba en la entrevista de ayer, las emociones del pasado y del presente, invitándonos a expresarlas sin ambages. A pesar del dolor que ellas puedan encerrar, en su liberación encontraremos el ungüento. Nos revela sus preocupaciones, sus sueños e inquietudes. Se nos muestra transparente. Le podemos ver como a Velázquez en Las Meninas autorretratándose en Cercano a lo sublime. Nos mete en su mundo poético y personal, nos avisa de que septiembre es un mes que le inspira.
Recupera algunos poemas y canciones que ha ido publicando a lo largo de su fecundo camino lírico, como es el caso de Perfumando amaneceres. Rememora a su amigo Carlos Cano, al que podemos imaginar cantando a la soledad. Y en ella hace revisión de su vida y de la de los suyos. El futuro es el día a día. Le preocupa a Antonio la indiferencia con que cierta gente vive en nuestro tiempo ante los problemas comunes.
Apreciamos su invocación constante a otros poetas, lo que nos abre una vez más su universo de lecturas. Si arrancaba con Borges y González, continúa con Pavese, Cano, Noboru, Basho y Buson, entre otros. En ello muestra su capacidad para recibir los injertos de los otros, de beber de otras fuentes y compartir con ellas ilusiones, proyectos y preocupaciones vitales.
Si queréis pasear por Granada, os recomiendo hacerlo leyendo sus poemas Granada 1962 y Rincones granadinos. En ellos radiografía la niñez de esa generación de niños que ahora son abuelos y han alcanzado la sexta década. Vemos su barrio, las casas de vecinos, los olores de esos patios, los sabores de esos fogones maternales.
Se implica una vez más con esas injusticias humanas y sociales como es la realidad de las madres y niños inmigrantes que llegan a las costas de Motril jugándose la vida desde sus países de origen atravesando el Estrecho.
Hay no solo música en los versos de Antonio Fernández, hay imágenes que invitan como os decía al principio a hacer cine o documental con sus poemas. Todo es cuestión de que nos lo propongamos junto a ese culo inquieto de Lucini y otros, quede ahí la invitación. Y antes de deciros hasta mañana, queridos lectores del Rick´s Café os dejo con su poema Relato de una quimera.
Al entreabrir los ojos
una resplandeciente
y densa luz blanca
fue apoderándose
de sus pupilas dilatadas;
los tímidos jadeos desacompasados
de su respiración
le delataban una incipiente ansiedad
y nerviosismo,
el intenso dolor de su espalda
le impedía emitir sonido alguno…

El índice de su mano izquierda
no cesaba de señalar las alturas,
relatando lo que las palabras silenciaban.

La soledad le acompañaba nuevamente,
como predestinada compañera de viaje…

Es la última vez que duermo en la litera de arriba,
acertó a balbucear
mientras se incorporaba del frío suelo.

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