Caníbal, una película diferente


Carlos y Alexandra en la sastrería de él. 

Este film de Manuel Martín Cuenca, con Antonio de la Torre y Olimpia Melinte en los papeles principales, y una valiosa actuación de María Alfonsa, destaca por el guión puesto en escena y la combinación de tres elementos que construyen la trama y su desarrollo: los diálogos cortos e intensos, los silencios y los sonidos ambientes. Todo ello obliga a los actores a un ejercicio de interpretación en el que tienen que hablarnos a través de sus rostros, de sus ojos y movimientos corporales, y lo logran con brillantez. A Antonio de la Torre ya el público español le conoce porque su carrera ha dado un gran impulso en la última década, ahora tenemos que celebrar el descubrimiento de la actriz rumana Olimpia Melinte. Y por supuesto aplaudir el papel de madre loba solitaria que encarna María Alfonsa Rosso.
El ritmo de la cinta lo marca sin lugar a dudas el estilo personal de Manuel Martín Cuenca y su equipo de rodaje, y desde el comienzo van dejando su huella con un arranque lleno de fuerza en la gasolinera a las afueras de la ciudad. La madrugada anuncia con sus no sonidos que algo va a pasar. El plano abierto en la distancia recuerda a la soledad de los personajes pintados por Edward Hopper. Y de ahí tras unos minutos en los que la tensión va in crescendo conforme avanzan los segundos, el primer gran impacto, el primer gran cambio de ritmo. En eso recuerda a Hitchcock. Tras ello, el espectador se pregunta si todo el grupo de artistas y la propia trama  de Caníbal van a mantener esa expectación, inquietud y emotividad. Quien esto escribe y el público asistente a esta sesión cerrada para la prensa afirmamos que lo alcanzan con excelencia.
Carlos, el reputado sastre granadino que interpreta Antonio de la Torre, perpetra con seguridad sus actos perversos. Tal vez el único punto que queda en el aire, al menos para mí, es por qué no usa guantes cuando va a abrir los coches de sus víctimas. Y entra en escena la figura de Alexandra, una bella y sensual masajista rumana recién llegada a la ciudad y vecina de él. Comienza la transformación de Carlos, siempre puesta en duda por su propia trayectoria y por las palabras de su madre que no le ve compartiendo su vida con una mujer. En ese detalle se esconde toda la historia familiar que poco a poco se nos va a ir revelando a través de los diálogos entre madre e hijo, mediante sus silencios y las relaciones profesionales y sociales que ellos mantienen en la sastrería. Aparece así ese universo que Lorca retratara a través de sus obras teatrales, y que transcurrido casi un siglo permanece casi inalterable. La presencia de la iglesia y de las cofradías como un poder establecido en Granada y en la mayor parte de España. El clasismo imperante que se instauró a finales del siglo diecinueve y continúa vigente. Los protocolos en las relaciones interpersonales y sociales.
Juega Manuel Martín Cuenca y su equipo con el valor de los paisajes y de los sonidos. Ellos se convierten en coprotagonistas de la historia. No es de extrañar que se le haya concedido el premio de fotografía en el Festival de San Sebastián. Aparecen las puertas de maderas con sus aldabas cuyos sonidos son inconfundibles, el crujido de esas al abrirlas o cerrarlas. Los pasillos largos y estrechos de las viviendas de construcción antigua tan característicos de la arquitectura de los centros de nuestras ciudades medievales. En ellos se sienten la ausencia de vida o la soledad de los personajes. El salón principal de la casa donde un solitario Carlos come cada jornada, o el de la vivienda de su madre en el que la escena siendo del siglo XXI podría representar perfectamente tanto a la España de posguerra que tanto hemos visto en el cine de Saura y Berlanga, como en la de los años setenta y ochenta en películas de Garci o Armendáriz. En esos momentos de la cinta estamos viendo a su vez lo mejor de la literatura española del siglo XX. El sonido de los campanarios, o la torrencial lluvia o el soplido intenso del viento en plena Sierra Nevada son inconfundibles, constituyen parte de la banda sonora de Caníbal.
Un canibalismo que se ceba sobre las mujeres y hombres desvalidos –las parejas de ellas– a quienes Carlos decide atacar de manera sorpresiva y eficaz. En ello podemos ver otra de las cuestiones planteadas en la historia: la excesiva compartimentación de esta sociedad provoca episodios como esos. Y que con la entrada en escena de las dos hermanas gemelas, Alexandra y Nina, pone el grito en el cielo por el trato que en España, Europa y el Mundo se le está dando a los inmigrantes. Olimpia borda el doble papel, su dominio del lenguaje no verbal llama la atención, y refleja ese mundo cortocircuitado con el que se encuentran las personas de otros países que van a uno de acogida para ganarse la vida porque en los suyos de origen no les es posible. Se ven lejos de sus relaciones familiares y sociales. Por ello son más vulnerables. Carecen de esos olores, sabores y paisajes a los que están acostumbrados desde su niñez, por eso el noble esfuerzo que hacen por intentar integrarse. Matices como la invitación al masaje, o la cena que prepara Nina a Carlos, muestran ese deseo y esa necesidad de ella, que en el fondo es un universal de cualquier inmigrante por darse a conocer y compartir su mundo y circunstancias.
Desde el pasado viernes vosotros podéis disfrutar de Caníbal en las salas de España. Anotadla en vuestras agendas porque la gozaréis y además contribuiréis a la industria del cine en nuestro país.

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