Dulcamara, versos entre continentes


A través de este poemario, David González Lobo se desvela. Quita el velo de sus emociones, pensamientos, inquietudes y sueños, haciendo un notable ejercicio práctico del concepto griego aletheia. El poeta mira al mundo desde su perspectiva, de dentro a afuera y va combinando ambas posiciones. Ha bebido en maestros de las dos orillas del Atlántico, en Rubén Darío, César Vallejo, Gorostiza, Montejo, Juan de la Cruz, Juan Ramón Jiménez, el Romancero, Cernuda, Pessoa, Góngora o Quevedo.
Dulcamara (Ediciones en Huida) es el fruto maduro a treinta años escribiendo. Está estructurado en tres partes, Éxodo que trata de su partida de Venezuela. Poemas mediterráneos que representan las dudas del viaje. Y la flor del café que es una vuelta a la infancia y a la adolescencia. Destaca por la mirada inocente que ha conservado desde su niñez a pesar de haber ya superado la cuarta década.
Imaginamos a David contemplando el mundo que va a dejar, mirando al paisaje y siendo consciente de que está obligado a partir, que la vida le empuja a hacerlo. Ha de beber las aguas del río que simbolizan la trayectoria propia, frente a las aguas maternas propias de su fecundación y nacimiento. Aún así en su marcha le contempla su hermana. Le vemos como una especie de Moisés del siglo XXI viviendo su propio éxodo. Tras recorrer su sendero, siente que ha encontrado su tierra y planta su tienda. Siente suyos el río y la mar, el árbol y goza del diálogo.
Si la primera parte arrancaba con versos de Arvelo Larriva y Carlos Vitale, y todo el poemario con una cita de César Vallejo, la segunda la inicia con la lírica de Octavio Paz y Rilke. Sentado bajo un arbusto medita acerca de la vida y sus circunstancias. Da de comer a personas y animales hambrientos. Pinta con sus versos escenas cotidianas en las que aparecen personas de diferentes edades y generaciones gozando de un jardín en el que hay aves, gatos y perros. Puede sentir el lector el gozo de la naturaleza, los olores a manzanilla silvestre, lavanda y eucalipto. Y también la alegría cotidiana frente al dolor y las preocupaciones sentado junto a la chimenea, o andando entre pinos mientras siente la brisa sobre su figura.
Conforme va llegando al final de la segunda parte y comienza la tercera, David González aborda la cuestión de las etapas de la vida, y medita acerca de una realidad: uno es joven y uno es viejo, uno es todos. Por ello se autorretrata desde la niñez en compañía de su familia y mundo, pero también a cómo ha variado aquella visión de sus circunstancias siendo ya adulto. El arroyo, los patios con cabras y plantas, su padre con el pañuelo o el naranjo, adquieren un nuevo sentido. Esos versos nos recuerdan al poema Reminiscencias de Juan Ramón Jiménez, cuando el poeta regresó a su Moguer natal y contrastaba su perspectiva infantil de su pueblo con la que había madurado con el paso de las vivencias. Y aparece aquí otra imagen potente de la poesía de David González al presentarnos todo ese viaje personal a través de una barca que nos transporta a la mitología artúrica. Empiezan a aparecer dragones, luciérnagas y el pájaro carpintero. La lírica se hace cine en versos como éste:
La luna
iba río abajo.
Y el tan sólo pedía
que le dictaran
una rosa.
Cuando vosotros queridos lectores del Rick´s Café leáis este poemario, habremos tenido la alegría de haberle escuchado esos versos a David y a sus acompañantes en la presentación.

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