El reencuentro


Disfrutamos de uno de los últimos días de temperatura más propia de la primavera que del ya iniciado otoño. Unos días después, la lluvia volvería para regar con su energía los campos, las cosechas, los parques, los bosques de las sierras y acumular agua en los pantanos. Nos encaminamos a primera hora de la mañana hacia el Castillo de las Guardas por la ruta de la Plata, encontrándonos durante el trayecto a ciclistas en solitario o en pequeños grupos. Aquella carretera se había convertido en una vía muy frecuentada por los amantes de aquel deporte.
Las grandes hectáreas de tierras aparecían a la vista de nuestros ojos a ambos lados. La sensación resulta muy agradable para cualquiera con sensibilidad que viva en una ciudad muy poblada y con gran presencia de construcciones. La contemplación de aquel paisaje limpia a la mente del cansancio. Que las pupilas puedan otear el horizonte sin encontrarse durante muchos kilómetros apenas terrenos urbanizados con la sucesión de edificios a diestra y siniestra, que los ojos puedan mirar el paisaje agrícola y la inmensidad del cielo, aportan un plus de descanso al cuerpo, la mente y el alma.
Fuimos haciendo el trayecto en agradable conversación hasta arribar a aquella población otrora minera, donde la naturaleza nos anunciaba desde unos kilómetros antes que habíamos entrado en terrenos de la Sierra, esa que desde este lado de la Península Ibérica une las provincias de Sevilla, Huelva y Badajoz, e inaugura las primeras estribaciones de Sierra Morena. Las encinas, los alcornocales, los pinos, algún camión transportando corcho, indicaban cómo cambia el paisaje en una extensión de kilómetros relativamente corta. De los llanos del valle del Guadalquivir al altiplano de Sierra Morena.
Cómo se vive el tiempo varía en los numerosos municipios de aquella ruta como ocurre en la mayoría de aquellos que han conservado esa capacidad y sensibilidad para vivir sin prisas ni estrés. Lo apreciamos en varios detalles; desde el tráfico por la carretera que los une hasta el que circula por las travesías de las poblaciones; en el silencio que se expande por la atmósfera y que se palpa por los sonidos de los animales que hacen del campo su hogar. En el trato humano de los hombres y mujeres de aquellas pequeñas urbes, habituados a dar los buenos días o las buenas tardes a cualquier desconocido.
Llegamos al Castillo y a la casa de ellos, lugar del reencuentro con ella y con aquel amigo que hizo su último viaje hace ya más de veinte años. Aquella barriada al pie de la carretera y rodeada de campo, había sido morada de familias de mineros en otros tiempos. Desde la década de los setenta, a un precio asequible se pudieron adquirir y reformar respetando sus estructuras. Se convirtieron en segunda residencia que se aprovechaba los fines de semanas, puentes y durante las vacaciones estivales.
Los techos conservaban las vigas de madera reparadas con nuevas traviesas. Ellos le habían dado su toque personal a cada rincón de la casa y del hermoso y amplio jardín. La cocina decorada en su pared principal con cerámica artesana de Triana, esa que como la de Talavera de la Reina procedía de las técnicas alfareras de la Edad Media. Se notaba el gusto y el estilo de Lola en detalles como las cortinillas hechas a mano y que servían como puertas de los muebles de la cocina. La chimenea del salón ya contaba con su leña para dar calor durante las jornadas de frío del otoño e invierno. Nada se había tocado en los últimos trece meses, desde que ella ya descansaba en el arriate del jardín a escaso metro y medio del hermoso Laurel de Indias donde reposaba Máximo. Allí estaban los dos sillones de oreja en paralelo en los que tantas horas de conversación o buen cine habían compartido, y como ella creía en la reencarnación seguro que su alma seguía presente.
Salimos al jardín, donde el gran árbol de Máximo con sus hermosas ramas y hojas daba sombra y hermosura a todo el vergel. A su izquierda, el arriate de Lola, ambos con flores que Laura su hija había colocado el día antes. Sendos textos, una intensa poesía y una prosa vivida y sentida coronaban aquel rincón en imaginario ángulo recto. Compartimos el silencio y el diálogo de unas emocionadas palabras. Se me vinieron a la mente la voz de Máximo, su figura joven con su pantalón vaquero y la camisa por fuera bien planchada. Recordé tantas horas de aprendizaje de la vida junto a Lola, esas que me regalaron una novela que había soñado con escribir durante casi veinte años y que ellos hicieron posible.
Estuvimos andando por las tierras adyacentes y saludamos a la vecina que sí vive junto a su familia durante todo el año cuando el pequeño y cariñoso perro nos hizo saber que ella estaba allí. Tras unos minutos de cercana conversación, cogimos el coche y bordeamos las tierras de una finca de ganado bravo, de cerdo ibérico y ovejas que estaba junto a aquel municipio. Ver a los cochinos comer o estar tumbados alegremente, a los toros pastar y escuchar a las ovejas balar, nos terminaba de transportar a aquel bello mundo rural. El verde de la hierba, el rojo intenso de las tierras, mostraban que las lluvias intensas de los dos últimos años habían regalado renovada vida a aquellas. Todos deseamos que este tercer año también sea bueno en precipitaciones, esas que llenan los pantanos, ayudan a regar las cosechas, limpian la atmósfera y no causan destrozos ambientales –esto ya algo más difícil para desgracia de todos en los tiempos que corren–.
Paramos a tomar una tapa, esa que se hace con la carne ibérica del terreno, y tras ese primer tentempié, retomamos el viaje en coche para llegar a Las Pajanosas al mediodía donde paramos a almorzar y proseguir con la tertulia. Una vez más estuvieron presentes los solo físicamente ausentes, ya que comimos en una venta donde solían hacerlo y hablamos de ellos. Pensé y sentí lo que en otras ocasiones recorriendo las rutas de España: en cualquier pueblo o ciudad es posible comer bien a buen precio. El trato casero, muy agradable.
Habían pasado trece meses desde que Lola había emprendido su particular vuelo. Para cada uno seguía presente cada día desde aquella madrugada de septiembre de 2012. Yo recuerdo que mientras Laura la acunaba en sus brazos, me estaba despertando en una isla de Canarias porque la faringitis me recordó que tenía que tomarme un paracetamol. Ha transcurrido un año y un mes, y cada uno se reencuentra contigo con las señales que nos mandas.

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